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CORDOBA.- Los románticos del golf se reconocen de una sola mirada y todavía quedan varios en nuestro país, pese a la irrupción de la tecnología y sus pruebas de laboratorio. En el Ángel Cabrera Classic, que comenzó ayer en Valle del Golf (ver aparte), se reunieron algunos de esta raza especial por gestión del Pato Cabrera, el anfitrión del torneo. Uno de ellos es Ricardo González, que a los 44 años hace un culto de su perdurabilidad en el Tour Europeo, en donde obtuvo cuatro títulos. En 2013 no ganó, pero disfrutó de un gran año y se aseguró la 16° temporada consecutiva en el Viejo Continente. El 2° puesto en el campo escocés de Gleneagles fue clave para perpetuar su carrera en la elite.
"La pérdida de mi mamá el año pasado, y de mi papá y mi suegro en 2013, me dolieron un montón. Sufrí y me distraje de mi juego por el lógico compromiso de tener que cuidarlos. Pero después de la muerte de estas personas tan queridas me liberé un poco y empecé a pegar mucho mejor. Volvieron los birdies y la confianza", comenta Ricardo, nacido en Pueblo Libertador, departamento de Esquina, Corrientes, aunque criado desde el año de vida en Villa Gobernador Gálvez, en el Gran Rosario.
En Puan, provincia de Buenos Aires, adquirió un campo de ensueño, donde pretende realizar un sitio de alto rendimiento. Está pegado al predio donde se hace la Fiesta Nacional de la Cebada Cervecera, unido por una cancha de golf: 9 hoyos en el predio y 9 hoyos en su campo.
-Es tu trabajo, pero. ¿te cansa viajar todo el tiempo durante tantos años?
-Viajo desde 1989. Me acostumbré a esta vida, aunque cada año vas recapacitando. Hace dos años juraba que a los 45 me iba a retirar porque me había agarrado esa melancolía de quedarme más en casa con mi familia. Cuando volví a pegar mejor me volvieron las ganas de estar dentro de una cancha en donde sea: en Europa, en Asia, con frío o con calor. Estando ahí adentro es como meterme en una jaula adonde pertenezco. Eso es lo que quiero para 2014.
-¿Qué países te faltan conocer?
-Japón y algo de Centroamérica. Después, viajé por todo el mundo. Cuando me dieron los primeros palos, lo único que quería era ir a Buenos Aires y significaba tocar el cielo con las manos, era un sueño. De chico estaba enloquecido porque iba a jugar una preclasificación del Abierto. Hoy miro para atrás y me parece un abismo de diferencia. Yo no sabía que existían Jack Nicklaus ni Seve Ballesteros, no tenía información de este deporte. Mi Tiger en ese momento era Quique Soto o Armando Saavedra, a quienes les imitaba el swing.
-¿Cómo viviste tu infancia?
-Vengo de lo más bajo que hay. No teníamos agua, ni termotanque, ni televisión. Mi viejo robaba del frigorífico donde trabajaba y traía un pedazo de entraña metido en las botas y en sus pantalones para poder comer. Mis tres hermanos varones y mis viejos dormíamos juntos, sólo nos separaba un ropero y el baño estaba afuera. Nuestra intimidad se reducía a un espacio de cinco por cinco, aunque había ese amor de familia tan especial. Mi barrio siempre fue de lo más humilde, pero era tranquilo; ahora se degeneró todo con los episodios de violencia.
-¿Por qué no te instalaste en Europa una vez que te consolidaste en el tour?
-Porque lo más duro es que tu familia se encamine y se encolumne a la vida del golfista. Me toca encontrarme con personalidades de las más encumbradas y mi familia viene de abajo. Se complica lograr un balance, un equilibrio entre las dos partes. Al mismo tiempo, cuando voy a visitar a mis hermanos o a mis amigos del barrio tengo que vestirme con otro estilo de ropa. Hoy no están las cosas para ir vestido de la mejor manera y con el mejor auto.
-¿Con qué personalidades jugaste y cómo se entabla la relación?
-Es muy raro porque la admiración debería partir de nosotros hacia los actores, y se da al revés. Jugué con Hugh Grant, Sean Connery, Kevin Costner, Don Johnson, Danny Glover, entre muchos otros, y a veces te llenan de elogios: "¡Qué buena sacada de búnker que hiciste!" o "¿cómo la metiste desde ahí?", te comentan. Rafa Nadal me elogió la manera en que le pegué con el driver. Todo, en vez de que yo les diga: "Che, ¡qué buena película que filmaste".
-¿Y con los jeques que frecuentan los torneos por invitación de los sponsors?
-En una Copa Dunhill, en Escocia, a un jeque árabe lo invité a mi cabaña y le cociné milanesas; también estaba Daniel Vancsik. Es gente que se maneja a un nivel altísimo, pero a la vez es muy abierta. Descubren en nosotros mucha naturalidad y sencillez; es lo que valoran. Soy un agradecido de todo lo que me dio el golf, jamás me imaginé este tipo de vida


