Hace 40 años se aprendió de la lección de Holanda

Claudio Mauri
Claudio Mauri LA NACION
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8 de julio de 2014  • 20:26

SAN PABLO.- No por breve, el historial entre Argentina y Holanda deja de ser significativo. Tiene más valor que si se hubieran enfrentado repetidamente durante un siglo. Ocho encuentros en 40 años alcanzaron para dejar huella, marcas indelebles, recuerdos inolvidables. Para nuestro fútbol todo comenzó con un golpe durísimo, de esos que llevan a un fuerte replanteo, a revisar lo que se venía haciendo. Fue una lección en toda regla. Marcó un antes y después en el devenir del seleccionado. En el Mundial de 1974, la Argentina todavía no tenía ninguna copa en sus vitrinas, pero sí presumía de su historia, de su condición de país productor de grandes jugadores. De que el fútbol fuera parte de su cultura, de su identidad nacional.

Unos antecedentes que en el Mundial de Alemania no tenía Holanda, que sin embargo se empezaba a dar conocer al planeta en el nivel de clubes con un formidable Ajax, tricampeón a principios de la década del setenta de la por entonces Copa de Europa. En un mundo aún todavía lejos de la globalización y en plena Guerra Fría, la Argentina empezó a tomar nota de aquel Ajax cuando disputó las finales (en Avellaneda y Amsterdam) de la Copa Intercontinental que le ganó a Independiente. Quizá nunca nos enteramos debidamente de que se estaba llevando adelante una revolución futbolística que se trasplantó al seleccionado Oranje, con Johan Cruyff de líder en ambas formaciones.

Antes del Mundial 74, en un amistoso en Rotterdam, la Argentina había tenido un serio aviso con una derrota 4-1. Sin embargo, Víctor Rodríguez, uno de los tres técnicos que tenía el equipo, no se preocupó en exceso: "El resultado fue mentiroso. Queremos la revancha". La tendría, y sería mucho peor. Ya en la competencia de la FIFA, en Gelsenkirchen, la paliza recibida fue colosal, no sólo por la rotundidad del 4-0, sino por la impotencia de la Argentina, que veía pasar camisetas naranjas como si fueran aviones. Lo único que podía hacer era pedir clemencia. Ya en desventaja, Carnevali demoraba los saques de arco para que el aluvión holandés no se le viniera de vuelta encima.

Los testimonios de varios jugadores que disputaron ese partido fueron por demás elocuentes. Dijo Quique Wolff: "Nos pasaron por arriba, literalmente. Nos dieron un baile increíble, una verdadera lección de fútbol". Dijo Carlos Babington: "El mayor error táctico que tuvimos fue el miedo. El miedo a perder, el miedo al papelón. Nunca creímos en nuestras fuerzas. Todos fuimos culpables".

Ya no cabía más hacerse los distraídos. La Argentina seguía teniendo buenos futbolistas, pero faltaba preparación, jerarquizar el trabajo del seleccionado, dotarlo de un proyecto integral entre dirigentes, cuerpo técnico y jugadores. A Alemania se había ido con un triunvirato de entrenadores que ni siquiera compartían una misma idea futbolística.

Los sucesivos fracasos en los mundiales de 1958, 62, 66 y 74 desmentían la creencia de que éramos los mejores sin corona. Ser sede del Mundial 1978 y la designación de César Menotti convirtieron al seleccionado en "la prioridad N° 1". Empezaron a llegar los momentos de mayor prestigio internacional, los hechos se correspondían más con el viejo orgullo. Hoy, la Argentina vuelve a encontrarse con Holanda, un rival del que hace 40 años hubo que aprender a fuerza de humillación.

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