Río 2016-hockey: todavía hay más hambre de los Leones rumbo al sueño dorado

El aplastante 5-2 sobre Alemania no conforma al seleccionado masculino de hockey, que ya se aseguró como mínimo la medalla plateada y quiere consagrarse mañana ante Bélgica
Gastón Saiz
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17 de agosto de 2016  

Después de ganarle al bicampeón olímpico, una celebración más no es apenas un sueño
Después de ganarle al bicampeón olímpico, una celebración más no es apenas un sueño Fuente: EFE

RÍO DE JANEIRO.– “¡No terminó el torneo, no terminó el torneo! ¡Tenemos que seguir, nos rompimos el alma para estar acá! ¡Son ocho partidos! ¡No entreguen el torneo, tenemos que ir por la de oro!” Los espartanos miraban cautivados la arenga del líder de la voz cascada, Chapa Retegui , y poco después se fundían en un abrazo, todavía más convencidos. ¿De dónde nace este suceso de los Leones? ¿Cómo se explica el aplastante 5-2 sobre Alemania, para saltar a la final del hockey sobre césped y buscar mañana el oro ante Bélgica?

La primera razón es el fuego tan intenso que fluye en sus cuerpos, como el ardor del pebetero olímpico durante estas dos semanas. Es gente segura de lo que hace, que juega con el corazón en la mano. Que es inconformista por naturaleza. Es el talento más el trabajo, pero también brotan valores como la solidaridad, la humildad, el empeño por superarse, las ganas de trascender. Jugadores que hoy se sienten capaces de cualquier empresa, como reducir al bicampeón olímpico a su mínima expresión. Hay garra, sí, pero también planes cumplidos de manera rigurosa, al punto de dejar a los alemanes y sus pergaminos a la altura de un club de hockey de barrio, desbordados en todos los sectores y castigados con los córners cortos de Gonzalo Peillat , uno de esos milagros del deporte argentino que aparecen de tanto en tanto encarnados en un atleta. Fueron tres goles del Acha, uno de Joaquín Menini , otro de Lucas Vila . Pudieron ser más, ante un conjunto que en su desesperación quitó a su arquero a 12 minutos del final y recurrió a un jugador-volante para custodiar las inmediaciones del arco.

No todo es pasión; hay interminables entrenamientos en doble y triple turno, giras por el interior y exterior restándoles horas a las familias, en algunos casos con flamantes esposas y bebés recién nacidos. También, un análisis microscópico de cada rival y una búsqueda constante por reinventarse. “Me estoy rompiendo la cabeza para ver cómo le podemos ganar a Alemania”, le confesaba Retegui a LA NACION el lunes al mediodía. Evidentemente encontró la fórmula, acompañado por la labor cognitiva de los jugadores, preparados para desmenuzar virtudes y defectos de los oponentes de turno e intercambiar ideas con el cuerpo técnico.

Se combinó todo: el deseo de triunfar, una preparación técnico-física a conciencia y el tránsito por estos Juegos sin adoptar el típico rol del atleta fascinado por el entorno. En cualquier caso, el disfrute no pasa por la fascinación del ambiente olímpico, sino por el progreso hacia la recompensa que vinieron a buscar. “A diferencia de Londres 2012, vivimos estos Juegos como otro torneo de hockey: del hotel al entrenamiento, al gimnasio, a volver al hotel y así. No fuimos a ver ningún deporte, y no es que el entrenador no nos haya dejado, sino que fue decisión nuestra. Estamos más profesionales y le podemos hacer partido a cualquiera”, explicaba Agustín Mazzilli , para interpretar mejor la filosofía de este equipo en tierra brasileña.

Estos Leones hambrientos que ahora buscan la última presa son el resultado de una nueva era en el hockey masculino. Se formaron en clubes desde los cuatro o cinco años de edad bajo la tutela de entrenadores que actuaron como sus padres hockísticos, pero muchos de esos cachorros, luego, fueron captados y embarcados en procesos sólidos de los seleccionados como juveniles. Como aquel grupo que se consagró en el Mundial Junior de Rotterdam 2005, dirigidos por Pablo Lombi (Ibarra, Callioni, Lucas Vila, Matías Rey, Brunet, Rossi, Juan Martín López y Saladino). También, como aquellos subcampeones mundiales en Hobart 2001 conducidos por Alejandro Verga y Emanuel Roggero (Lucas Rey, Gilardi y Paredes), más varios valores fundamentales de distintas camadas: el arquero Juan Manuel Vivaldi (Banco Provincia), el fantasista de Lomas Athletic, Agustín Mazzilli, y esa máquina de arrastrar córners que es Peillat, proveniente de Mitre. La mayoría de ellos tuvo experiencias en ligas europeas, lugar propicio para hacer alguna diferencia económica, aunque siempre hubo un sí para reincorporarse a la selección, en la que se aprovechó el presupuesto del Enard para giras y equipamiento. Sólo lamentaron este año la pérdida de la sede para ser anfitriones del Champions Trophy, ya que la Confederación Argentina de Hockey no cumplió con el pago de una deuda. Ese certamen cancelado les quitó rodaje competitivo, pero lo compensaron después con un Seis Naciones en Valencia ante otros equipos olímpicos.

Se modificó el mapa del hockey argentino a nivel selecciones: una conjunción de jugadoras notables y buenas mentes desde la conducción ( Sergio Vigil , Gabriel Minadeo , Carlos Retegui) alargó el protagonismo de las Leonas en el tiempo y se cosecharon cuatro medallas olímpicas consecutivas, entre 2000 y 2012. Ahora es el momento de la rama masculina, que hoy encuentra su punto máximo de cocción. Igual, cuidado: el futuro inmediato exigirá una suerte de reciclado, ya que este plantel finalista orilla los 30 años de promedio. Mientras tanto, prevalece esa convicción granítica de los espartanos que los mueve a imposibles: “El secreto de este equipo es la confianza que tiene cada jugador en sí mismo y del que tiene al lado”, relata Manuel Brunet , para describir esta empresa de funcionamiento horizontal, sin un líder saliente dentro de la cancha, pero sí arropados por la abrumadora figura del Chapa, admirador de Cholo Simeone y que ya había convertido en plateadas a las Leonas en Londres 2012.

La historia no será completa sin que se entregue hasta el último aliento en el último capítulo. Esa arenga íntima de los Leones hablaba de los “huevos de oro” del equipo y la certeza de que la final no cayó del cielo. Faltan 60 minutos y un juramento de alcanzar lo más alto.

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