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Impresionante, conmovedor. Las caras que evidencian años de tristezas y privaciones son ahora pura alegría gracias a la metamorfosis que sólo puede generar la pasión del fútbol. No hay distinciones en el delirio xeneize; las manos que salen del auto último modelo se aprietan bien fuerte con las que desbordan una camioneta Chevrolet 67, llena de delirio popular. La caravana de los hinchas de Boca en la llegada del plantel a la Argentina con la Copa Europeo-Sudamericana bajo el brazo es mucho más que un recibimiento al campeón; es, sin dudas, una de las demostraciones más contundentes de las ganas y la necesidad que tiene la gente de disfrutar a fondo de las alegrías tan esquivas.
Son las 9.30 y la autopista Riccheri comienza a vestirse de azul y oro. El tema se hace más lento porque las radios dicen que el vuelo 940 proveniente de San Pablo está retrasado y llegará a las 11.45. Se sabe que el equipo abordará el ómnibus en la pista del aeropuerto de Ezeiza y saldrá por un portón lateral. El primer puente camino a la Capital Federal es la trinchera elegida; se llena de a poco, suenan los primeros petardos. La gente se multiplica como por arte de magia.
Pasa una ambulancia y por el altavoz se escucha una catarata de "Dale Booo" que contagia a todos. Empiezan los bailes al ritmo de los bombos; suena una murga renegada y purga todo mal; parece un ritual. A un policía se le escapa el bracito hacia arriba y entona en voz baja lo que todos cantan a los gritos. Alguien se lamenta y se va porque no llega al trabajo, pero se entera de que Boca ya está cerca, brinda una buena excusa vía celular y se queda.
Aparece el Flecha Bus, custodiado por varias motos de la policía, más algunos patrulleros; detrás lo sigue otro con los familiares del plantel. Carlos Bianchi y Mauricio Macri están al frente. La manos del director técnico no paran de moverse; se para, se sienta, agradece. No lo puede creer. El ómnibus avanza a paso de hombre en medio de un mar de gente con un río de lágrimas. La emoción aflora como nunca.
Los jugadores se pegan a los vidrios. Hernán Medina se toma la cabeza y se muerde los labios; Marcelo Delgado mueve la cabeza, como negando la veracidad de lo que está viendo. Daniel Faggiani cambia roles y le saca fotos a los hinchas. Sebastián Battaglia y Julio Marchant filman todo con cámaras diminutas que deben haber comprado en Japón.
Pasan los kilómetros; se suma más gente. Se mira hacia adelante y sólo se ve azul y amarillo. Un motociclista le ofrece una peluca multicolor a Carlos Ischia, que se toca la pelada y se ríe. Fernando Pandolfi ve a alguien con una remera de los Rolling Stones que le gusta y se la pide; los vidrios herméticos del transporte impiden un cambio mano a mano por una de Boca. La Copa ahora está en manos de Juan Román Riquelme, que tiene un gorrito playero. El ómnibus tiene aire acondicionado, pero tanto movimiento interno hace que los jugadores se sientan acalorados y casi todos quedan con el torso desnudo. Martín Palermo juega con los hinchas haciendo morisquetas.
Pasan por el Obelisco, Avenida del Libertador, Alem y Plaza de Mayo, cada vez más acompañados. Llegan al hotel Los Dos Chinos, en Constitución, donde se concentrarán para el partido con San Lorenzo. Las miles de personas que los esperan casi desbordan las vallas de contención; hay gente subida a lugares imposibles. Todos cantan que ésta es "la Copa que perdieron las gallinas". Por $ 1 se pueden comprar carteles gigantes que dicen: "Hijo, no te preocupes, la Copa ya la trajo papá", con una gallina mirando el escudo de Boca.
La gente quiere ver a sus ídolos, que ya están dentro del hotel; "¡Y Boca dónde está, y Boca dónde está!" canta el público. En un momento se comenta que el plantel saldrá a un balcón para saludar, pero finalmente sólo se asoman Jorge Bermúdez y Mauricio Serna. Más allá de que durante la caravana el plantel tuvo un ida y vuelta increíble con los hinchas, tanta pasión merecía un poco más; hubiera sido un cierre ideal ver a los jugadores ofreciéndoles el triunfo a aquellos que dejaron todo para estar ahí.
Pero eso parece no importarles demasiado a los hinchas, que siguen estoicos su vigilia. Un hombre de 30 años, que aparenta mucho más y que derrocha humildad, mira el cielo con lágrimas. "Gracias por esta alegría", dice, y en su voz se escuchan las de todos los demás.

