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Creo que no se lo imaginó. Don León Arslanian, ministro de Justicia de Buenos Aires, firmó un decreto que astilló, definitivamente, la historia más romántica del fútbol: los tablones en la canchas; será desde el 1° de enero de 2006, en el área de su dominio y para equipos de primera.
La medida no es caprichosa. Mucho menos, casual. La FIFA advirtió, desde hace tiempo, que ya es hora de que la madera le dejara lugar al cemento; la AFA tomó nota. Por ahora, en la Capital sigue de carpeta en carpeta; entre sellos y firmas; nadie se anima, como en la provincia de Buenos Aires, a darle forma a la advertencia que llegó desde los escritorios de Zurich, sede de la Federación Internacional de Fútbol Asociado.
No sé qué decisión es más estimulante: el decreto firmado por don León Arslanian -sostiene entendibles razones de seguridad- o las idas y venidas en la Capital. De algo estoy seguro: se diluye gran parte del folklore futbolero.
Se extrañarán aquellos viajes a La Plata para encontrarse en 1 y 57 -la ubicación sellada a fuego en los relatos de radio y TV- con los tablones de la inigualable cancha de Estudiantes; esas tribunas no muy altas que, con un solo golpe de vista, desde cualquier lugar, trasladan al hincha a un rincón del bosque, bien verde, que la rodea. Y de pronto, en el inventario de momentos irrepetibles, quedan por ahí aquellas noches de la Copa Libertadores, con partidos de hacha y tiza, bajo una luz mortecina, en un día de semana de cualquier invierno.
Irremediablemente, tarde o temprano, el cemento avanzará sobre la Capital; es inevitable. Tanto como imaginarse la calle Humboldt, cerca de Avenida Corrientes, sin los tablones de la cancha de Atlanta; o un poco más allá, en Caballito, sin madera a Ferro Carril Oeste. Creo que no habrá olvido. ¿Acaso la gloriosa cancha de San Lorenzo, de la Avenida La Plata, desapareció del imaginario futbolero?
Podría ir más atrás. No parece muy prudente ni oportuno; tampoco se encabeza un movimiento revisionista. Eso sí: recordaré que aquellos que andamos por el mundo periodístico recogimos alguna experiencia: de la máquina de escribir a la computadora. Primero, un cambio traumático; después, la eficiencia de la tecnología. Hoy, no daríamos un paso atrás.
Creo que a estas alturas debería aceptar, sin rodeos, el decreto firmado por don León Arslanian; después de todo, su decisión tiene una base razonable: la problemática de la seguridad y la lógica de que los tiempos cambian. Me tomaré una licencia: iré a los modernos y más cómodos estadios; sin embargo, en algún rincón de mi espíritu futbolero añoraré un tablón...


