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Si caminar un rato por la Capital con 40 grados de sensación térmica es lo más parecido a un calvario , ¿cómo definir lo que es nadar, pedalear y correr por más de ocho horas por caminos rodeados de campos de lava en los que la temperatura supera los 43 grados? Una respuesta aproximada podría dar Martín Sturla, quien el 10 de octubre pasado alcanzó el top ten en el Ironman de Hawai, considerado el triatlón más exigente del mundo.
"Es algo muy difícil de explicar. Hay que estar ahí. Hay una mística especial, se dice que la isla te da energía, te la quita? Ya el solo hecho de correr como profesional esa carrera es como estar nominado al Oscar?", dice Sturla, de 35 años, uno de los tantos atletas argentinos que, gracias a un trabajo silencioso, sostenido en la pasión y el sacrificio, alcanzaron logros resonantes.
Este año, además, conquistó el triatlón de Brasil. Allí es considerado poco menos que indiscutido: desde 2001 nadie logró batir su récord de 8 horas, 11 minutos y 10 segundos.
Jugador de waterpolo en su adolescencia, Sturla recuerda su primer contacto con esta disciplina. "A los 16 años, Sebastián, un compañero de waterpolo, me invitó a correr un triatlón. ?¿Un quéee?, ¿qué porquería es ésa?´ Nos inscribimos en uno en Ramallo. Fue en 1991; no me lo olvido más. Horrible. En natación no anduve tan mal, pero en bici me pasaban todos, parecía que iba marcha atrás, y en el trote estaba destruido. ¿Sabés cómo terminé? Ultimo", cuenta entre risas, mientras saborea un plato repleto de ñoquis con salsa filetto, la "entrada" antes de una buena porción de pollo con ensalada de lechuga, tomate y cebolla.
Tras la frustrante experiencia de adolescente, Sturla se encontró ante un nuevo desafío. "Después de aquello se me desató una ira interna, en el buen sentido, y a partir de ahí empecé a entrenarme, a correr? a los 18 años le di prioridad al triatlón".
La bisagra fue 1999. Llegó al triatlón de Porto Seguro con la idea de despedirse de un deporte que no le reportaba dinero y que encima le quitaba tiempo para estudiar educación física y trabajar como guardavidas. Pero Brasil le deparó la primera de sus sorpresas. "Sin darme cuenta me vi entre los mejores. Llegué a estar tercero, y al final terminé sexto. Un muy buen resultado". Inesperado, como lo que vendría tiempo después.
Llegar a Hawai le permitió medirse con los mejores. "Los americanos son buenos. Y los alemanes, tremendos. Este año llegué delante de dos campeones del mundo", cuenta orgulloso.
Lejos de las imágenes que la palabra Ironman (hombre de acero) podría generar, el de Sturla es más bien el aspecto de un voleibolista, o de un tenista, al estilo Del Potro. Su metro noventa y sus ochenta y tres kilos disimulan muy bien su arma principal: la fuerza mental.
"Un gran porcentaje está en la cabeza. Muchas veces la carrera no sale como lo planeaste y no debés desesperarte. Es muy larga y podés corregir errores con un plan de contingencia. Hay que ser el rey de la paciencia", dice con seriedad académica.
La disciplina y el esfuerzo no fueron en vano. A 30 años del primer Ironman en la mítica isla, el 10° lugar de Martín Sturla pintó de celeste y blanco un paisaje paradisíaco y volcánico.


