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¿De dónde sacaba el tiempo para brindarse por entero por los demás? ¿De dónde sacaba esa vitalidad envidiable? ¿De dónde surgía tamaña generosidad, caballerosidad, tanto afecto recíproco con cualquier conocido con que se cruzara? Juan Sauro, a no dudarlo, era uno de los célebres "imprescindibles" a los que hacía referencia Bertolt Brecht, esos que luchan toda la vida. Apasionado, puntilloso, profesional. Espejo para quien quisiera reflejarse sin temor a errarle.
Tenía 87 años. Fue, sin dudas, el periodista que más hizo por la difusión del polo. Desde el corazón, durante más de medio siglo, nada menos que el tiempo que se desempeñó como jefe de prensa de la Asociación Argentina de Polo. Viendo pasar presidentes, viendo pasar compañeros. Pero por sobre todo, sin pasar él inadvertido para nadie. Todos tienen un recuerdo de Juan, al cual despidieron con dolor, presentes o a la distancia, ayer en el Memorial.
Sauro, el hombre de la voz cascada y de la elegancia a toda hora, del buen humor y las rabietas pasajeras, el hombre que siempre se acordaba de lo que todos olvidábamos, cosechó amigos en distintos ámbitos. Trabajó en varios medios, además de la AAP: Crónica, Tiempo Argentino, Télam, radio Rivadavia, Cablevisión, Centauros. También fue asesor en la Junta Nacional de Granos. Por sus retinas pasaron los mejores polistas de todos los tiempos; donde rodara una bocha, ahí estaba él. Incluso cuando apareció casi mágicamente en la final de Palermo 2012.
Supo transmitir el amor por la profesión. El mismo amor que reflejaba cada vez que hablaba de su familia, de sus afectos. Hace unos años, agasajado en un acto en la Rural, recibió un libro firmado y dedicado por jugadores y amigos que guardó como un tesoro. Emocionado. Las páginas, con certeza, fueron escasas para equiparar el don de gente de alguien sencillamente inolvidable.


