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Desde que el fútbol se acercó más al negocio, los clubes fueron descendiendo cada uno de los escalones que conducen a la calamidad económica. Pretender despreciar la incidencia del dinero sería como imaginar un partido sin una pelota. Entre las variadas consecuencias que provoca este estrangulamiento económico-financiero está la gran dispersión futbolística, entendida como el nivel de juego y la capacidad de sus intérpretes. Cuesta mucho encontrar un hilo conductor que conecte todas las partes. Si los clubes ya no sólo venden a sus figuras, sino también a los que asoman y prometen, entonces la competencia interna se resiente más de lo aconsejable, aunque dentro de lo inevitable por los balances que apremian.
Creemos que lo mejor de nuestro fútbol se expresa en Europa, pero en la Copa América nos quedamos sin esa comprobación porque los contratos están hechos para satisfacer a los dueños de los clubes de España e Italia y no al seleccionado. El que paga, manda; el que más tiene, mejor dispone.
¿Qué nos queda acá, para el consumo interno? La imperecedera ilusión de algún alumbramiento individual dentro de la desesperanza del desabastecimiento. Y el hincha, puesto más en consumidor ocasional que en seguidor pasional. Entonces, elige. Prefiere llenar el Monumental para ser testigo de los últimos toques de Francescoli y sólo se junta en unos pocos miles para disfrutar de la sociedad que arman Aimar y Saviola para desarmar a Instituto. Boca-Independiente es un clásico que completa la Bombonera en una definición de campeonato, pero deja muchos lugares vacíos si el torneo apenas despunta. No cabe pedirle fidelidad y constancia al hincha-ciudadano con un presupuesto tan precario e inestable como el de los planteles de fútbol.
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Tenemos un fúbol de cabotaje, que cuando se mide internacionalmente, como en la Copa América, nos devuelve una imagen mediocre? Tenemos lo que nos queda, que por lo general no es lo mejor. Boca es un producto que ya superó las más diversas pruebas de calidad. Empezó junio con la rúbrica del bicampeonato y ahora arrancó agosto con una contundente goleada a Independiente. En el medio, la base de seis jugadores que nutrió al seleccionado se consumió en impotencias varias. Los que dentro de nuestras fronteras funcionan con piloto automático, en Paraguay parecían a la deriva.
Y acá también les surgió una amenaza de desestabilización, que por ahora no está corporizada en ningún rival, sino en el signo que siempre cierra el círculo del fútbol: el dinero. Mauricio Macri no consiguió imponer su idea de transformar a los clubes en sociedades anónimas, pero igual pretende aplicar algunos normas de regulación típicas de los empresarios en épocas de recesión globalizada: más productividad por menor retribución. Y los jugadores, por lo visto ante Independiente, ensayaron una protesta al estilo proletariado japonés: en vez de huelga o trabajo a desgano, hiperactividad y concentración para conseguir un alto índice de rendimiento, reflejado en el 3 a 0.
Ahora, aquellos que no satisficieron las expectativas en el seleccionado afrontarán un nuevo examen internacional. Mañana los espera Barcelona. Es cierto, un amistoso no trae las tensiones de una competencia oficial. Y ponerse la camiseta de glorias recientes condiciona menos que la que carga frustraciones aún frescas.
Boca sigue siendo la máxima medida vernácula, pero afuera no sabemos a qué altura colocar el listón. En los dos amistosos del seleccionado que se avecinan con Brasil estarán los que juegan en el exterior. Quizá esos partidos ayuden a entender un poco mejor la realidad de nuestro fútbol.


