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Bernard Hopkins (70kg. 824) estaba erguido como una cobra, con el zumbido de la lengua a la espera del momento justo para atacar. Aplicó el veneno con una estocada de precisión quirúrgica sobre el hígado del rival. Vacío de oxígeno, Oscar de la Hoya (70kg. 400) tardó dos segundos en desmoronarse. Se revolcó, gesticuló su dolor, mientras la multitud en el MGM Grand cubría el cielo de Las Vegas con aullidos de asombro.
El Golden Boy se colocó de rodillas, el rostro hundido entre los brazos, que se extendieron paralelos al suelo, apoyados desde los codos hasta los guantes. Su cuerpo dibujó una figura extraña, como la de alguien orando en un templo. Imploró al dios del dolor, golpeó el piso varias veces, impotente. Frustrado porque el orgullo lo había dejado solo y sin un ápice de fuerza para recuperarse a tiempo. Médicos y allegados intentaban asistirlo. De la Hoya volvía en sí del sufrimiento físico, pero ahora lo aquejaba el dolor que infligen las cenizas de la gloria.
El hombre que nunca les hizo asco a los retos, un enamorado de los riesgos, recibía la primera derrota por KO de su carrera, convertido en amarga víctima de la ley del más fuerte. Sobre uno de los costados, como un equilibrista, Hopkins gritaba, parado en las sogas, y construía con los brazos cruzados en equis su gesto característico: el del verdugo ("The Executioner", tal es su apodo).
Con pasado de pandillas y calles hirvientes en Filadelfia, doctor en mañas sobre el ring, ignorado durante gran parte de su carrera, Hopkins abrazaba todos los cinturones del peso mediano en juego, los de las cuatro entidades mundiales más importantes (AMB, CMB, FIB y OMB). El hombre que pulverizó el récord de Carlos Monzón en cantidad de defensas consecutivas en la categoría mediano y que, sin duda, confirmó a los 39 años ser el mejor boxeador peso por peso del momento, frenó en ese inolvidable noveno round las ínfulas de uno de los más valiosos pugilistas de la historia.
Tal vez el futuro indique, mediante las estadísticas, que no se trató de la función final de De la Hoya sobre un ring. Sin embargo, los síntomas mostrados en sus últimas apariciones, en ese trayecto inundado por la ambición de escalar categorías, de incremento físico más allá de su naturaleza innata, fueron inequívocas señales de decadencia.
La notable velocidad de manos fue su único argumento, acompañado de una actitud inicial de convertirse en dueño del ring (ocurrió sólo en los primeros tres rounds). Pero esos destellos pour la gallerie no inquietaron. Es más, con el transcurrir de los asaltos resultó palpable que De la Hoya no podía salir triunfante. De ninguna manera. Por una cuestión natural. Al contrario de lo que le pasó contra Fernando Vargas (revirtió con maestría y guapeza una pelea que estaba sufriendo), esta vez la técnica y la rapidez no lograron doblegar la fuerza. Hopkins lució con menos kilos de lo habitual, en una clara estrategia para despojarse de lentitud. Pero no perdió fortaleza. Tuvo arrestos esporádicos que expusieron su mayor potencia, pero sobre todo fue cauto, muy medido en la ofensiva. Paciente. Para encontrar el resquicio, el momento, el pulso exacto.
Extraño resulta ver al boxeador de 39 años en pleno apogeo y al de 31 con su estrella en penumbras. Las millonarias ofertas se apilan a las puertas del viejo Hopkins, campeón desterrado de la consideración durante tanto tiempo, que ya piensa en Roy Jones (uno de los dos que pudieron vencerlo, hace 11 años) y en Antonio Tarver (la nueva figurita de los semipesados). No más, porque, como le prometió a su madre, fallecida, no peleará más después de cumplir 40.
De la Hoya también mencionó potenciales próximos rivales (Mayorga, Trinidad). Lo hizo después de regresar a la sonrisa que ya es marca registrada para darle el caballeresco saludo a su vencedor. Ecos de una grandeza ganada inobjetablemente por mérito pasado, pero descolorida por repetidos pasos en falso. Tics que son producto de un epílogo de carrera inminente y obcecado en no obsequiarle una sonrisa -a ningún boxeador le gusta tener que hacer las valijas de la actividad como perdedor-.
Quizá la idea lo haya atormentado, mientras se retorcía tras el latigazo al hígado. Ese que le marcó el límite que, en el boxeo, la fuerza muchas veces suele fijarle a cualquier otro atributo.
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LAS VEGAS.– “Amo el boxeo. Por lo tanto no pienso en el retiro.” Un rato después de la derrota por KO en el noveno asalto, el mexicano-norteamericano Oscar de la Hoya enfrentó a los periodistas en la sala de prensa del MGM Grand Hotel de esta ciudad y desalentó la pregunta más dolorosa de la noche: su retiro de la actividad como desenlace por tanta frustración.
“Estoy orgulloso de lo que hice”, comentó el pugilista de 31 años, que en pocos días más sumará alrededor de 30 millones de dólares a su cuenta bancaria como recompensa por la derrota ante Bernard Hopkins. Y fue el propio ganador quien aclaró el momento de la definición: “Escuché un alarido cuando lo golpeé; le di justo en el hígado y lo dejé sin aire”, sintetizó Hopkins. No hubo mucho más ante los periodistas; afuera del recinto exclusivo para la prensa, mucha gente lo esperaba. Y él, Hopkins, salió apurado. Quería reencontrarse con sus fieles seguidores, que en el estadio, entre los 16.000 espectadores, pasaron inadvertidos frente al gran porcentaje –un 80 por ciento– que apoyaban a De la Hoya.


