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Gerardo Martino insiste con el libreto que, cree, más lo completa y mejor encaja en el perfil de los jugadores de la selección. Quiere hacer un culto de la posesión, del control del juego, de la salida prolija desde el arco propio. Quiere que esa cadencia sea la señal identitaria de su equipo. A Martino le gusta la cadencia del jazz. Así, cree, será la mayoría de las partituras que ejecute la Argentina en esta Copa América. "Tenemos un estilo, y ni siquiera contar o no con Messi debe hacernos cambiar", planta bandera el entrenador.
Pero a veces las circunstancias obligan a mutar de registro. Y abren la posibilidad de explorar otras influencias. La propuesta de Chile se parece bastante a lo que pregona el DT rosarino: antes con Sampaoli y ahora con Pizzi, los trasandinos le discutieron a la selección quién mandaba en la cancha. Fue entonces que hubo que activar una estrategia diferente, basada en aceptar que compartir la posesión iba a obligar al equipo a ser mejor en la recuperación y perspicaz en saber cuándo, cómo y dónde acelerar. Martino cree que solo los chilenos y Alemania pueden jugar ante Argentina de esa manera, casi como si se espejaran.
Esa versión rockera de la selección, capaz de echar las liebres a correr a campo abierto no debe ser tomada como un renunciamiento a la música original de su película preferida. Fue feliz Di María lanzado en tres o cuatro carreras, disfrutó Banega con espacio para meter sus pases, se gustó Gaitán haciendo slaloms por la banda. Todo, mientras Messi cicatrizaba heridas.
Adaptarse es crecer. No debe rascarse la cabeza Martino por eso, ni sentir que quema una lanza. Al fin de cuentas, para hacer música es mejor saber ejecutar todos los instrumentos.
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