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La inminente Copa del Mundo reavivó el oficio y el negocio de los famosos sanadores zulúes. En los atestados mercadillos de Johannesburgo, un anciano de barba blanca vendía a compradores inciertos la llamada "pócima mágica para ganar el Mundial". Algo más o menos así: una botella de whisky barato rellena de un líquido amarillento que, según el mago zulú, era grasa de ardilla. Los efectos son inmediatos para el jugador que se atreva a probarla: velocidad, precisión y suerte divina. En otros puestos se venden polvos mágicos y amuletos de los dioses. No faltan los adivinos, que son capaces de predecir el próximo campeón con sólo tirar al aire un manojo de huesos de pollo.
Son parte del paisaje habitual de Johannesburgo. Están parados en el cordón de la vereda; llevan una pechera fluorescente y un trapo naranja, como única arma. Sí, los trapitos, cuidacoches o simplemente guardianes, como les dicen en Sudáfrica. En medio del despliegue policial en la ciudad para evitar crímenes durante el torneo, la municipalidad local decidió en estos días darles estatus oficial y ahora pueden lucir en su pechera la palabra "seguridad". Cualquier turista distraído creerá que es un policía más. Se sacará la duda cuando, ante cualquier favor, el hombre haga el gesto universal de extender la mano y exigir una amable colaboración.
Todavía ruegan que su estado de salud le permita aparecer en la apertura del Mundial. Pero Nelson Mandela estará bien presente ante todos los visitantes que lleguen a Johannesburgo. Ayer, el gobierno de la provincia de Gauteng terminó de desplegar una gigantografía del adorado "Madiba", abrazado a la Copa del Mundo en el puente que lleva directo al centro de la ciudad.
Los conductores del nuevo sistema de ómnibus de Johannesburgo hicieron ayer una huelga. Los choferes de Rea Vaya, el plan que transformó los viajes urbanos, presionaron con la medida de fuerza para que se reconozca a su sindicato.



