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"El Mundial me llega en mi mejor momento". La frase no es una más. La dijo, hace un par de días, el Pato Abbondanzieri, en una entrevista con LA NACION. También hacía referencia a que no entendía el porqué de las críticas que recibió, pero que no creía que hubiese una campaña en su contra. Aunque esto último podríamos discutirlo, habiendo visto portadas socarronas e hirientes y escuchado comentarios plagados de tendenciosidad.
Así como las eventuales inclusiones de determinados jugadores en la lista de 23 que Pekerman dará a conocer dentro de diez días sigue siendo tema de debate, hubo un lapso en el cual pasó a ser casi una cuestión de estado futbolero el tema del arquero del seleccionado para el Mundial. Y la preocupación se extendió hasta a quiénes serían los tres elegidos de la nómina de cuatro que se perfiló en la recta final: Abbondanzieri, Lux, Franco y Ustari.
Puede entenderse que, de acuerdo con preferencias y simpatías, exista una bipolaridad; no en vano Abbondanzieri y Lux juegan en Boca y en River. También, que ninguno de los arqueros, por diferentes razones, conforme plenamente, una costumbre en la antesala de cada Mundial desde el retiro de Fillol.
Lo que nunca llegué a entender fue la importancia que se le asignaba al tercer arquero. Uno puede decir que, por experiencia y antecedentes, Abbondanzieri debe arrancar y no está mal. Ahora, discutir por el tercero parece irrelevante.
Esto no implica menoscabar a Franco y Ustari, si antojadizamente los ubicáramos en la disputa por ese casillero. La referencia apunta a la relativa importancia que puede tener un tercer guardavallas en un Mundial. Un rápido repaso marcará que de los últimos diez torneos -en 1970 la Argentina no participó-, en sólo dos se necesitó de un segundo arquero: en 1974, en el último partido (sin incidencia), en el que Fillol reemplazó a Carnevali, y en 1990, cuando Goycochea sustituyó a Pumpido, por lesión. En el resto, no hubo relevos: de principio a fin estuvieron Roma (1966), Fillol (1978 y 1982), Pumpido (1986), Islas (1994), Roa (1998) y Cavallero (2002). Y nadie se acordó de Irusta, Gatti, Baley, Lavolpe, Zelada, Comizzo, Cancelarich, Scoponi, Burgos y Bonano.
Conclusión: no tiene sentido hacer un mundo por el tercer guardián . Y si el Pato de hoy no es como el Pato del ayer, al menos sí se le puede hacer sentir que tiene respaldo más allá del que pueda darle el DT. Hace cuatro años, cuando todo transitaba por la euforia y expectación de saberse candidatos, Cavallero tampoco era Fillol. Y sólo le marcaron dos goles: uno de penal y otro de tiro libre. Es cierto: con otro estilo de juego, más protagónico, lejos del área propia y los centros cruzados. Pero dos goles al fin.
Tal vez, algunas cuestiones se analicen demasiado y sean más simples.

