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En una columna publicada en la edición dominical de El Mercurio, de Chile, el periodista Felipe Bianchi Leiton analiza la violenta jornada del viernes último en el estadio del Parque O´Higgins, en ocasión del partido por la Copa Davis entre chilenos y argentinos. A continuación se transcribe textualmente la columna.
SANTIAGO, Chile.- Pudieron hacerlo de otro modo. Organizar todo con más criterio. Tener sillas fijas, por ejemplo. O no vender trago (¿cuántos vasos de cerveza se consumieron durante el día?). Es cierto: hubo errores fenomenales que ayudaron a que se desencadenara el escándalo. Y la cuenta de eso tiene que ir para la Federación.
Pero no hay que engañarse: lo del estadio techado era una buena idea. No es culpa del estadio lo que pasó.Tampoco del árbitro. ¿Cuándo vamos a aprender que el árbitro puede equivocarse, que es parte de las reglas y las posibilidades? ¿No sabe eso Patricio Cornejo? Es la ley que sostiene al deporte. Uno solo decide: el árbitro, aunque se equivoque. Si no, no se podría jugar tenis. Ni fútbol. Ni nada. Sólo queda hacerle caso. Aparte que esta vez el árbitro ni siquiera se equivocó. Hizo lo que tenía que hacer ante la barbarie y la incultura desatada.
¿Culpa de Zabaleta? Tampoco. Sus empujoncitos o su mala educación dentro de la cancha (bastante parecida a la de Massú, por lo demás) no tenían por qué encender el descontrol. De todos modos, el infierno comenzó mucho antes, desde que entró el primer chileno en el estadio. Echarle ahora la culpa a Zabaleta no sólo es impresentable. Es una estupidez. Y la verdad es que está bien, muy bien, que los argentinos se hayan ido.
Lo que pasó no se podía olvidar. Chile tiene que ser castigado. Debe ser castigado. Ojalá sea castigado. Lo ocurrido tiene una carga muy fuerte. Se generó - antes de caer a la cancha convertido en botellas, sillas, monedas, piedras y vidrios- en la cabeza de la gente que estaba en el estadio. En su modo de vivir, en su historia, en sus motivaciones, en su formación. Y ojo, que nada tiene que ver con el precio de las entradas, como se ha dicho con una falta de respeto feroz. Lo que pasó el viernes cruza todos los segmentos sociales. Está en todas partes. Es un ejercicio de mala educación general. Se llama patriotería. Y es un sentimiento insoportable, bajo, inferior, indecoroso.
¿Hacer lo que hicieron es patria? ¿Esa es su patria? ¿Esas estupideces las hacen por la bandera? Les regalo entonces su patria y su bandera. Basura. Es pura basura. Si eso es Chile, si eso es defender a Chile, quédense con Chile. No me interesa. Prefiero no tener país. Mil veces.
Lo del viernes fue un asco. Como lo del Maracaná en el 89 (¿se acuerda del apedreo a la embajada de Brasil?). Más aún en el mundo del deporte, que debiera estar exactamente en la vereda opuesta al pensamiento limítrofe de los patriotitas. Lo del viernes es reflejo de una mentalidad perniciosa que sólo genera problemas y vergüenzas. En la calle, en los estadios, en los cuarteles, en las universidades, en los barrios, en los partidos políticos, en los clubes de fútbol, en las casas, en los colegios. Donde sea.
Hay que pelear contra eso. Contra esa forma de pensar Chile. Con esos chilenos no tenemos nada que ver. Nada. Sólo dan pena. Sólo puede haber distancia, desprecio. Ojalá que quede en la memoria de todos, como una pieza de colección, la imagen de esa señora en la platea absolutamente desaforada, patética, desencajada, gritándoles hijos de puta a los argentinos como si tuviera un fusil en la boca. Que eso no se olvide nunca. Porque si esa porquería es la patria, mejor que no exista.



