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Como en una historia que parece empezar una y otra vez, con cada partido, los equipos del fútbol argentino avanzan como pueden hacia el final del Clausura. Un torneo que no quedará en la historia por su prestigio, pero sí por su emotividad -se han vuelto costumbre las definiciones agónicas- y su paridad -no siempre sinónimo de categoría-.
Hoy le toca festejar a San Lorenzo, pero más vale ser cauto en la calificación: no está comprobado que esta exitosa serie de partidos, con el goleador Bernardo Romeo como estandarte, sea la base de un equipo que dejará huella. No será la primera ni la última vez que un ciclo de buenos y oportunos resultados tape la boca de los detractores, pero es bueno tener presente que a este mismo grupo, que ahora mete de a tres como costumbre, se lo ha descalificado por tener a un DT chileno (tan discriminatorio como suena), se lo ha descalificado desde la tribuna ("Me quedo más tranquilo, hay un equipo peor que Racing", se le escuchó a un hincha académico, en Avellaneda, la tarde del debut de Manuel Pellegrini) y se lo descalifica, todavía, por su supuesta endeble condición para afrontar paradas decisivas: "Ahora que aflojó River y lo alcanzó, lo quiero ver", es la interpretación, en lenguaje de tablón.
Justamente con San Lorenzo y con River como ejemplos, parece empezar a quedar claro, entre tanta medianía, que los principales rivales de los animadores del campeonato argentino son... ellos mismos. El anuncio del partido en el Monumental hacía inevitable referencia a un dato estadístico: se enfrentaban allí el primero y el último. Pues no hubo diferencias. La presentación de lo que queda por jugar hace inevitable referencia a la calidad de los rivales de los candidatos. Pues hacía. River, el puntero, tuvo las mismas carencias que Gimnasia, el último, y jugando de la manera en que juega tendrá serias dificultades para superar a Almagro o Newell´s que, cada uno a su humilde manera, han aprovechado el río revuelto de una competencia donde nadie brilla para convertirse en pescadores de valiosos puntitos.
Mientras todo esto pasa en el fútbol argentino, vuelan desde Europa hacia la lejana Sudamérica las estrellas que lo representarán, con la camiseta nacional sobre el pecho. Uno tiene la sensación de que esa Selección Argentina es algo así como la reserva de una grandeza que hizo del fútbol nuestro una verdadera potencia. Pues tenía. Don Julio Grondona ha tomado una decisión que perjudica a una institución, si es que así se puede definir la seriedad del trabajo en los seleccionado nacionales -prioridad uno- desde César Luis Menotti para acá.
Primero, Don Julio le permitió al multimillonario empresario italiano Sergio Cragnotti que descalificara la importancia de un partido del seleccionado. "Es irrisorio", dijo el hombre del compromiso contra Bolivia, en La Paz. Como si no fuera nada para la Argentina, por ejemplo, volver al escenario de una asignatura pendiente: del ciclo Passarella quedó una herida abierta en la cara de Cruz. Pero, claro, todo pasa. Enseguida, Don Julio aceptó el ¿pedido, orden, sugerencia, ruego? del mismo Cragnotti, para que los cuatro jugadores argentinos de la Lazio viajaran hacia Sudamérica cuando a él se le diera la gana. "Muñeca política", interpretamos tontamente los periodistas, confiando en que ese hombre que llegó a la cúpula de la FIFA sin hablar una palabra de inglés, algo se trae bajo el poncho.
Distinto, por suerte y lógicamente, reaccionó Marcelo Bielsa, tipo honesto y serio como el que más en este fútbol nuestro: "Si yo cumplí con las reglas siempre, ¿por qué no las cumplen ustedes?", dicen que les gritó el DT a Don Julio y también a José Pekerman, cuando se enteró de la decisión inconsulta, en Ezeiza, su lugar de trabajo, lejos de la idea de renunciar, pero sacado por tanta desprolijidad.
Se sugiere que le revisen el pasaporte y, más aún, la partida de nacimiento al hombre que apodan El Loco. Seguramente, no es argentino.


