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Toda rivalidad futbolística tiene un comienzo. Un hecho o condición que define para siempre la relación entre dos equipos y que consiste en la base de una enemistad eterna. En general se trata de conflictos de vecindad, con una constante búsqueda de ser mejor que el otro en cada competencia regional o continental en las que se cruzan.
En el caso de la Argentina e Inglaterra, dos seleccionados separados por un océano, el disparador fue singular. La relación futbolística entre ambos había sido hasta 1966 muy cordial; incluso se habían enfrentado sin inconvenientes en amistosos y, cuatro años antes, en el Mundial de Chile, cuando los europeos vencieron por 3-1. Todo muy normal... hasta las 15.35 del 23 de julio de 1966, cuando en un cuarto de final del Mundial de Inglaterra, en Wembley, el árbitro Rudolf Kreitlein decidió expulsar a Antonio Ubaldo Rattin. Y entonces...
“Yo veía que cobraba todo a favor de Inglaterra este señor alemán. Bah, «señor» no. Retiro lo dicho. Este guacho les daba todo a ellos: corners, fouls, hasta inventaba manos. Todo para los locales. Ante eso le muestro el brazalete de capitán y durante varios minutos le pido un intérprete para pedirle explicaciones. A los 35 minutos del primer tiempo, cuando Roma saca una pelota del arco y se la pasa a Marzolini a la izquierda, yo le insisto al juez con que entre un intérprete, y me expulsa”, narra medio siglo después El Rata, a los 79 años, en una charla con LA NACION.
–¿Cuál fue tu reacción?
–No lo podía creer. Me quedé parado en el medio del campo y mis compañeros me rodearon para que no me echaran. Pero entonces entró el vicepresidente de la FIFA y varios dirigentes más, y no tuve otra que irme al vestuario.
–Pero tardaste en llegar...
–Era tan injusta la expulsión, que de la bronca me senté en la alfombra roja del palco de la reina. Ella no estaba en el estadio, pero me quedé unos cinco minutos ahí. Después me fui al vestuario, que estaba atrás del arco. No había túnel. Mientras caminaba veía que los hinchas me tiraban chocolate aireado, que para mí era toda una novedad. Nosotros no los conocíamos todavía. Yo abría el envoltorio, masticaba un poco y se lo devolvía. Entonces llegué a la esquina del campo y vi que en los postes de los corners flameaba una banderita británica. Y la retorcí toda con la mano, miré a los hinchas y les dije: “Ingleses hijos de p...”. Se ve que se habían acabado los chocolates porque ahí empezaron a tirarme latas de cerveza cerradas. Entonces, medio salí corriendo para evitar que me pegara una en la cabeza.
–¿Cómo miraste el partido?
–Por una ventanita del vestuario, con una impotencia total. No me quedaba otra.
–Hay quienes piensan que la Argentina no tenía chances de ganar ni siquiera con 11 jugadores.
–Para nada. Tras mi expulsión nunca se notó el hombre de menos. Incluso el gol de ellos, que fue a 10 minutos del final, fue un centro al primer palo, en el que el delantero de ellos [Hurst] pifió con la cabeza y eso descolocó a Roma.
–Tras el partido, el DT inglés, Alf Ramsey, calificó a los argentinos como “animals”.
–Pobrecito. Así está. Murió hace varios años...
–¿Qué te genera que hayan pasado 50 años?
–Me gustaría que me llevaran allá. Bajo del avión, voy a conocer el nuevo Wembley, charlo de nuevo con Bobby Charlton, voy a ver a la Reina –que todavía vive– y vuelvo.
La Argentina tenía en el Mundial un gran plantel. “La mejor selección que integré”, recuerda Rattin. Formaba con Roma; Ferreiro, Perfumo, Albrecht y Marzolini; Solari, Rattín y Alberto González (Gonzalito); Ermindo Onega, Artime y Más. El entrenador era Juan Carlos “Toto” Lorenzo.
En su zona, la Argentina le había ganado a Suiza por 2 a 0 y con eso quedaba primera en el Grupo 2 y tenía a Uruguay en el horizonte, pero un gol de Uwe Seeler a seis minutos del final para el 2 a 1 sobre España hizo que Alemania superara al equipo albiceleste por diferencia de goles. Los germanos se convirtieron en el rival del conjunto charrúa y enviaron a los argentinos a Londres, para enfrentarse con el local.
–¿Cómo calificás tu expulsión, que dio paso a una rivalidad histórica?
–Fue un acontecimiento atípico. Anormal. Pero de aquel torneo hacia atrás, los que organizaban los mundiales tenían prácticamente garantizado llegar a la final. Y era muy difícil pelear contra eso.
La expulsión a Antonio Rattin en 1966 marcó un antes y un después también para el arbitraje. Hasta el Mundial de Inglaterra, los árbitros echaban a los futbolista con gestos y palabras. Como consecuencia de la confusión que generó la situación entre el juez germano Rudolf Kreitlein y el capitán argentino, la FIFA consideró necesario incorporar un elemento que indicara que un jugador era expulsado. Ese año, y en un viaje en auto, el juez inglés Ken Aston halló la solución al quedar frente a un semáforo: amarillo, precaución; rojo, impedimento. Cuando se lo comentó a Hulda, su esposa, ella le confeccionó con papel dos tarjetas rectangulares de un tamaño como para que estuvieran en un bolsillo. Aston expuso esa propuesta ante la Comisión de Árbitros de la FIFA, de la cual era miembro, y su idea fue aceptada e instrumentada a partir del mundial siguiente, México 1970.


