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A los 61 años, falleció el ex remero Ricardo Daniel Ibarra, diploma olímpico en Montreal '76 y Los Ángeles '84 y triple campeón panamericano. Era miembro de la Federación Internacional de Remo, donde cumplía la función de delegado técnico para América del Sur. Sus restos descansan en el Cementerio Parque Memorial de Pilar, donde fue inhumado ayer.
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"Yo no creo ser ningún fenómeno. Soy simplemente un deportista que se entrena religiosamente todos los días del año, que busca metas de superación; que tuvo, en sus comienzos, la suerte de enfrentarse y perder con Alberto Demiddi". Ibarra lo decía con sus 25 años de sueños y realidades, poco después de la obtención de su primera medalla dorada en single scull en los Juegos Panamericanos de México 1975. Por entonces era un morocho de 1,95 de físico ceñido, trabajado en la disciplina del deporte, un abismo de diferencia con aquel muchachito de 10 años al que el tío boxeador le daba huevos con vino garnacha para reforzarlo físicamente.
Ibarra era un remero por vocación y esfuerzo que le tocó suceder a una gloria como Demiddi -medalla de plata en Munich ?72-, a quien luego tuvo como entrenador. Cargaba con el peso de que lo sindicaran como "el sucesor de Demiddi", pero su única búsqueda era crecer como atleta. Madrugaba para poder remar; tenía un trabajo de oficinista de ocho horas y todos los días cruzaba Buenos Aires: viajaba desde Florida hasta Avellaneda y luego al Tigre, para cumplir con su entrenamiento diario. Así, jornada tras jornada.
Representó al Club Hispano Argentino de Tigre, al Club de Regatas La Marina, al Náutico Mar del Plata y al Club San Fernando. Después firmó un contrato con Flamengo de Brasil, en donde residió siete años. Inconformista siempre, perseguía una constante evolución y a principios de 1980 se sometió a un entrenamiento programado para aumentar su capacidad de oxígeno. Obtuvo resultados sorprendentes: "Mi remo siempre se basó en la fuerza, pero ahora sé que con eso ya no basta. El oxígeno me permite ahorrar la fuerza para aplicarla en la fase decisiva de una carrera, que es donde se gana o se pierde. Suele decirse que un deportista ganó porque en el final mostró toda su garra. Es un cuento. No hay garra que alcance cuando uno llega al final luego de haber quemado todo el oxígeno de sus pulmones", argumentaba.
Amasó esas medallas doradas con sudor. México 1975, San Juan de Puerto Rico 1979, Caracas 1983; la gloria panamericana fue exclusivamente suya durante su plenitud. "No entiendo a los que en México me criticaron porque no hacía sociales . Es que yo no fui a los Panamericanos a hacer sociales, sino a tratar de lograr una medalla de oro...".
Recibió el honor de ser abanderado argentino en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, donde finalizó 5°. En los meses previos a aquella cita, había descripto con maestría el papel que ocupa un deportista en la sociedad: "Si gano habré obtenido una medalla dorada, no el Premio Nobel; con esto quiero decir que si triunfo no salvaré a la patria, y si pierdo no voy a mancillarla. Será, apenas, un resultado deportivo". Antes había participado en los Juegos de Munich 1972 (en el doble par) y Montreal 1976 (6° como singlista).
Siempre recordó con orgullo su victoria en la tradicional regata de Henley (Inglaterra), que él mismo bautizó como "El Wimbledon del remo". Además, participó de siete mundiales y su mejor actuación fue un 4° puesto en 1979.
Intimó con el agua desde el momento en que un entrenador le aseguró que no le veía condiciones. Así empezó con el remo: para llevarle la contra a aquel escéptico. Incluso, ya retirado de la actividad, transmitió su legado y se transformó en un maestro de jóvenes. Vaya si lo consiguió: en los Panamericanos de Winnipeg 99, bajo su conducción, la Argentina logró la inolvidable cosecha de siete medallas doradas. Dejó una huella imperecedera, gloriosa.



