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PUNTA DEL ESTE.- Es una de las caras nuevas de la Starmedia Senior Cup. Pero detrás de él hay una historia envolvente, rica. Traje de baño, remera, anteojos de sol y unas sandalias lo pintan más como un personaje del surf que el de un trotamundos de la raqueta. Y un aro con una cruz colgando en la oreja izquierda porque es "católico y practicante", según se confiesa, terminan por ser las cartas de presentación de Pat Cash.
El australiano, de 34 años, que con un juego agresivo y una vincha a cuadros blanca y negra fue uno de los conquistadores de los años 80. Saque, volea, carisma, pasión, que lo convirtieron, en una tarde de 1987, en el rey de Wimbledon, dejándole la espina clavada a Ivan Lendl, que nunca pudo irse victorioso del All England. Momento imborrable para Cash, como para los ingleses: a la hora de festejar se olvidó de todo el acartonamiento y atravesó todo un sector de tribunas para ir a celebrar junto con su padre.
Pero detrás del tenista hay un personaje que reside en Londres y que muy pronto volverá a Australia para vivir en Gold Coast. Porque es entrenador (de Mark Philippoussis), vive conectado con entidades de beneficencia y, también, es otro de los músicos del circuito.
-¿Qué cambios produjo ganar Wimbledon en tu vida?
-Debo reconocer que hubo un antes y un después. El mundo del tenis puso los ojos en mí porque fui el primer australiano en ganarlo después de 16 años. Wimbledon es una meta que todos los tenistas queremos alcanzar. Es la gloria... Antes era un jugador y después me convertí en un campeón. Por eso, después esperaban todo de mí, pero este deporte es muy difícil. Las oportunidades para los grandes saltos son escasas y no siempre se puede ganar.
-¿Cuáles son las diferencias que notás entre tu tiempo y éste?
-La mayor es que antes los jugadores teníamos más golpes. Hoy es todo "pum, pum". Hay dos maestros, Agassi y Sampras, y un escalón más abajo, Philippoussis.
-Lo decís porque es tu pupilo...
-No, creo que es el tercer jugador del mundo. Está por encima de Kafelnikov. Ya le ha ganado en varias ocasiones. Está en camino de ser el Nº 1, pero tiene que seguir trabajando bastante.
-Pero tu tiempo, más allá del tenis lo tenés dividido en otras actividades.
-Sí, me preocupa mucho la gente y su calidad de vida. Trabajé durante varios años para Greenpeace y junto con John McEnroe impulsamos una campaña para recolectar fondos para el terremoto de Armenia, en 1991. También tratamos de ayudar a la gente de Sudán, Nueva Guinea y Africa. Pero ahora estoy dedicado a full con dos entidades. Una es Planet Ark, que se ocupa de campañas de reciclado, y la otra, Orchide, que está en Londres, en la que luchamos contra el cáncer.
-Y, además, la música...
-Me metí a fondo por un amigo que tocaba en la banda Roast Tatoo. Después, Vitas Gerulaitis se encargó de enseñarme a tocar la guitarra. Me gusta AC/DC, Metallica, Steve Ray Vaughan y el blues. Y, por mi amor por la música, me puse la vincha cuadriculada negra y blanca, en homenaje a un grupo pop norteamericano que se llama Cheap Trick. Y parece que a la gente le gustó: en los últimos dos años regalé casi 2500 vinchas.
-Pat, ¿cuál es el secreto del éxito del deporte australiano?
-Pasión y aprendizaje. Tenemos buenos coach de rugby, cricket y tenis. Nosotros queremos ser los mejores. Siempre. En Inglaterra hay mal tiempo y los chicos crecen con una computadora. En Australia, terminan el colegio, juegan y se divierten. Por eso quiero volver. Para que mis hijos puedan disfrutar de eso como lo hice yo.

