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Se definía como un gran averiguador.Preguntador, consignaría hoy el rigor semántico del sabio Ernesto Sábato. Dueño de una sana curiosidad, Miguel Angel Deguidi progresivamente había ido aprendiendo, página por página, la complicada lectura del manual de la técnica deportiva.
Simultáneamente, siempre con su angel a cuestas, aprovechaba el conocimiento que extraía de la vida después de vivirla -según él mismo dijera- un tanto tumultuosamente para aplicarlo en la relación humana.
Cuando se trataba de recordar que había sido un cometa en el cielo del TC en 1972 le quitaba importancia porque confesaba que eso de correr por los caminos no circulaba por sus venas, explicando que sólo le interesaba la pista. Y que ganar no era más que una estación intermedia entre los apeaderos de la dedicación, el sacrificio y el entusiasmo hasta la llegada del título. "Y cuando llega eso, el título, uno sólo siente entonces que ha ganado en forma legítima si a la casa de uno llega toda la gente para festejar. Si están todos los que fueron rivales, es fiesta plena. Después, la cuestión es simple. Todo se reduce a volver a empezar". No le gustaba sorprender a nadie, aún cuando neto dominador de una palabra con notables flores expresivas, frunciera el ceño para preguntar como si todo fuera casual: "¿Sabe cuántas veces empecé yo?".
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Deguidi, impaciente, quiso ser recuerdo desde la semana última. A su pesar, todo lo que hizo -muchísimo- es capital de la memoria. Lo del TC, asombrando a propios y extraños, renovando el aire cuando en 1972 el TC atravesaba la nebulosa. Deguidi hizo grandes carreras; ellas aún no fueron contadas como debieran haberlo sido.
Después llegaba el ingreso en la Fórmula 2, precursora de la F. 3 Sudamericana y con Zarzoso renovaba la comunicación con el famoso motor 1500 de Dodge que, paradójicamente, no quería ser ni mencionado por las mayores autoridades de Chrysler. La suerte parecía querer ponerlo a más pruebas en 1984;un accidente sufrido cuando como dirigente de la Codasur marchaba a Brasil lo colocaba al borde de la vida. No faltaron los que pretendían darlo por terminado. Miguel zafaba sobre la base de una vitalidad de acero, de una formidable gana de vivir. Y como quien no quería la cosa, seguía enseñando mientras a su vez, no cesaba de aprender. A su sombra, Alejandro, su hijo, crecía. Alejandro, su mejor obra.
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La referencia que se empecina en recordar que Miguel inició una nueva carrera el martes 12 de enero, cuando solamente contaba 59 años, no es absolutamente real.
La referencia no puede disimular que Miguel Deguidi, dueño de una palabra elocuente y un ejemplo rotundo, fue uno de los alumnos más aventajados de Oreste Berta. Y uno de los pocos interlocutores de Carlos Reutemann, cuando llenaba el Autódromo y únicamente Miguel podía disfrutar del piloto de Ecclestone durante cuatro horas seguidas, ocupándose con su característica minuciosidad de la técnica de la F. 1, en la vieja oficina de YPF, en el Autódromo. A la vuelta de 20 años de aquella charla, mientras Miguel me devolvía a mi casa después de compartir el pan y el vino con sus amigos, los hermanos Ochoa, proclamaba con orgullo: "Carlos nunca habló así con nadie. Yo que soy un ignorante, me diplomé aquel mediodía. ¿Quién me quita lo bailado?" Y sonreía...
La referencia suele ser una cosa tonta, que no comprende muchas cosas...


