Clubes cerrados, pelota parada: cómo hacen los jugadores de la URBA para mantener la motivación

Fuente: Archivo
Andrés Vázquez
Alejo Miranda
Agustín Monguillot
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22 de septiembre de 2020  • 09:13

El 12 de marzo, la Unión de Rugby de Buenos Aires suspendió todas las actividades relacionadas con el rugby. Cinco días después, emitió otro comunicado postergando el inicio del Top 12, pautado para el 21 de aquel mes lejano. Los jugadores siguieron entrenándose como pudieron: en sus departamentos, en el jardín de su casa los que tenían, de manera individual algunos, unidos por la tecnología a través de videoconferencias otros. La premisa era estar lo más preparados posibles para cuando regresara la actividad y no dar ventajas. Sin embargo, el virus se siguió propagando, la cuarentena se extendió ad eternum y el torneo nunca empezó. Hoy existe una mínima posibilidad de jugar un certamen reducido segmentado por zonas geográficas antes de fin de año, aunque la mira está puesta en otro lado: en reencontrarse con los amigos, en volver a disfrutar del club, en recuperar algo de lo que para todo jugador amateur es una parte esencial de su vida cotidiana.

En algunos municipios, avalados por los gobiernos locales y bajo estrictos protocolos de salubridad y distanciamiento social, los clubes reabrieron y los jugadores volvieron a los entrenamientos, aunque más no sea para correr un rato. Eso sólo, cuentan, el volver a su segunda casa y reencontrarse con quienes muchos comparten más cosas que su propia familia, ya significó un punto de inflexión y marcó una diferencia sideral en lo que se había convertido su cotidianeidad.

"A nivel clubes, el daño que se ha producido es muy grande", cuenta Agustín Gómez Di Nardo, hooker de Belgrano Athletic. "Hay actividades en redes, pero nada es igual al contacto que los socios pueden tener con sus clubes. Valoro el aporte de la tecnología para mantener el vínculo, pero es una muestra de lo lejos que estamos del contacto. Nunca va a ser igual el tercer tiempo real a una juntada por zoom. Tal vez, cuando todo vuelva a la normalidad, nos va a hacer valorar mucho más los momentos que vivimos en el club."

Di Nardo grafica de manera cabal lo que significa el rugby para un jugador del Top 12: "Es el eje de mi vida. Tengo un calendario de muchos años armado sobre eso que hoy no tengo y lo extraño mucho. Mi ordenamiento anual depende de las obligaciones que me demanda el rugby. Extraño mucho la vida del club, los entrenamientos de la semana y los sábados de partido, tanto local como visitante. Y hoy me encuentro que no tengo nada de eso."

La premisa, entonces, en esta instancia no está puesta tanto en restablecer la competencia sino en recuperar, aunque sea de a poco y paulatinamente, la vida de club.

Marcos Borghi, capitán del SIC, relata cómo se fueron desmotivando con el correr del tiempo: "Hace un mes y medio nos dieron más vía libre porque llegamos a un punto en que entrenar sin motivación no está bueno. No nos volvemos locos. Las veces que nos conectamos fue para vernos las caras. La parte del rugby ni se piensa. Lo primero que queremos es recuperar el ir al club. Juntarnos".

"Tuvimos una reunión con capitanes, entrenadores y presidentes de subcomisiones de rugby y una de las inquietudes que nos plantearon era que querían volver al club más allá de jugar", explica Santiago Marotta, presidente de la URBA. "Desde la unión les mandamos una carta a los intendentes solicitando que se puedan abrir los clubes. Desde hace un tiempo empezamos a trabajar en protocolos apoyados en el los que configuraron desde World Rugby y la Unión Argentina de Rugby para que los jugadores puedan volver a entrenarse minimizando los riesgos de contagio. Hoy estamos en una fase en la que buscamos acuerdos con los distintos municipios para que los clubes puedan abrir para que los jugadores puedan realizar actividad física, lo que a su vez contribuiría a descomprimir la densidad de gente que se entrena en espacios públicos".

Regatas de Bella Vista, por ejemplo, es uno de los clubes que pudo reabrir. No obstante, el regreso a los entrenamientos no se hizo con miras a una competencia. "Este año para nosotros ya fue. Empezamos a correr en el club la semana pasada cumpliendo un estricto protocolo, pero necesitas mínimo dos meses para poner un equipo en cancha. Nos proyectamos al 2021", afirma el ex Puma Pablo Camerlinckx, uno de los entrenadores. "Para jugar este año, Regatas pidió que un grupo de médicos digan cómo deberíamos volver después de estar casi siete meses sin golpearse, esa es nuestra única preocupación. Igual, nuestra opinión fue que no queríamos jugar."

Su par de Hindú, Lucas Ostiglia, tiene una mirada similar: "Que no haya Top 12 afecta en lo social, en el no poder compartir el club con los amigos. Después, en lo deportivo, por supuesto que se extraña mucho porque nos apasiona el rugby y el club, pero no creo que sea una catástrofe que un año no se juegue al rugby. Me gusta la idea de que se juegue, siempre y cuando no sea un riesgo para la gente y los jugadores. Si se resuelve volver es porque están dadas las condiciones. Pero soy poco optimista de que se vuelva a jugar este año sin una vacuna."

Además, muchos clubes están padeciendo por la falta de pago de los socios, que al no poder usufructuar las instalaciones y sumado a las complicaciones económicas que generó la cuarentena, por lo que la reapertura es vital también para su subsistencia.

"Siempre se sueña con que pronto podamos volver a pisar una cancha. Hace un mes apuntábamos a que en octubre íbamos a volver, ahora se complicó todo y lo veo más difícil. Pero todavía me quedan esperanzas de que podamos jugar un torneo reducido", relata Bernardo Quaranta, segunda línea de Alumni. "El año ya está perdido. Si logramos jugar, aunque sea un Top 12 reducido nos servirá de consuelo para poder compartir un momento con los compañeros. Eso es lo más importante. El resultado deportivo será lo menos."

No obstante, la posibilidad de jugar está latente y más allá de que los tiempos se acortan hay quienes ven con buenos ojos que la pelota vuelva a rodar. Desde que se suspendieron las actividades en la URBA fueron trabajando en virtud de distintos escenarios y elaborando distintos proyectos de competencia. En esta instancia, la idea que prima es que ni bien estén dadas las condiciones sanitarias los clubes tengan un mes y medio de preparación y luego realizar distintas competencias por zonas geográficas. "No perdemos la esperanza de que en algún momento se pueda jugar. Se están tomando decisiones para que cuando pase la pandemia la vuelta sea lo más ágil posible", dice Marotta.

Jugar sin la pelota

La competencia, en definitiva, es el faro que orienta la acción. Entrenarse sin tener certezas de cuándo volvería la acción, y el ver que los tiempos se dilataban, terminó en muchos casos siendo contraproducente, sumado también a las angustias que genera una situación de encierro, incertidumbre y falta de contacto social.

"Al principio pensamos que era algo por tiempo limitado, así que nos entrenábamos por zoom tres veces por semana para no perder el estado físico", cuenta Tulio Sosa, capitán de Pucará. Pero después fue decayendo la motivación. Arrancamos siendo 70 jugadores y en un momento llegamos a ser 20. Todos los chicos me decían lo mismo: ¿para qué voy a conectarme si ya este año no vamos a jugar".

En ese sentido, muchos clubes buscaron actividades que trascendieran el juego en sí. Es el caso, por ejemplo, de Newman. Lo cuenta su capitán Miguel Urtubey, que aprovechó el parate para operarse de la cadera: "Al principio, durante marzo y abril, hacíamos encuentros virtuales para hablar sobre el juego. Cuando vimos que la mano venía complicada, decidimos relajar la cabeza y pasamos a hacer encuentros para hablar como grupo, saber cómo estábamos. Algo más recreativo que rugbístico".

Para ello, Newman contrató a Alejandro Oneto Gaona, coach en actitudes mentales y liderazgo especializado en deporte. "Los entrenadores se estaban quedando sin recursos. Ponían el foco en mantener a los jugadores activos físicamente y no en ejercer la cercanía. Si no vas a jugar, no tenés que armar una rutina para jugar. La pandemia significó una oportunidad para trabajar en otros aspectos, como moldear el carácter de los jugadores, trabajar la identidad del equipo, hacer más sólido el sentido de pertenencia al club", explica.

Hombre de Newman, Oneto Gaona también trabajó en ese sentido con Pucará, San Andrés, Centro Naval, Banco Nación, Floresta, Atlético y Progreso, además de uniones como la URBA, la Unión del Sur y sesiones individuales de coaching: "Se dieron cuenta que con la falta de actividad, la ansiedad y la falta de motivación, el virus los iba a llevar puestos. Entendieron que había que poner el foco en el presente pensando en los beneficios que iba a traer en el porvenir. Así, la deserción bajó muchísimo."

Desde la URBA también alentaron acciones en este sentido. A partir del asesinato de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell a principios de año, cas que afectó la imagen del rugby, creó la comisión de Formación Integral y Mejora del Comportamiento (FIMCO), que puso sobre la mesa cuestiones como la violencia, el bullying, el consumo de alcohol y de drogas. "Al no haber juego, aprovechamos la oportunidad para profundizar en otras cuestiones importantes", justifica Marotta. La URBA también realizó capacitaciones online para entrenadores de todas las categorías sobre las distintas instancias del juego, para referís, dirigentes y sobre rugby seguro.

Otra forma de conservar el espíritu del rugby amateur sin pisar una cancha fue la realizar acciones solidarias: elaboración y reparto de viandas en zonas vulnerables, campañas de donación de sangre, cesión de inmuebles para la instalación de cuarteles de emergencia sanitaria y donaciones. Fue, a su vez, una forma de jugar en equipo sin que hubiera una pelota de por medio.

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