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PARIS.- Francamente, ¿quién puede haber deseado -deseado, porque inventado no basta- un juego en el cual la llave de todo (la pelota) tiene una forma tan ovalada que sus caprichos y sus rebotes cambian el curso del tiempo, el destino de una vida, el resultado de un partido? ¿Un juego en el cual para avanzar es imperativo pasar esa escurridiza pelota hacia atrás? ¿Un juego donde el pase hacia adelante es un pecado capital?
¿Quién puede haber deseado un juego donde los pequeños, los grandes, los forzudos y los veloces, los pies y las manos, el instinto y la puntería, la inteligencia y el cerebro reptil, la viveza y la táctica se encuentran comprometidos a tal punto?
¿Qué es un hermoso gesto: un pase genial, un fantástico drop, un fabuloso try? ¿De qué belleza estamos hablando?
Para un neófito como quien firma estas líneas, la belleza del rugby reside en la precisión de los gestos y en el ritmo: en esos nanosegundos que pasan entre el momento en que el cuerpo vacila, paralizado, bloqueado, detenido en su carrera y aquel en el que la pelota, liberada, vuelve a partir. En ese momento mágico es posible ver cómo la pelota respira, vive y, a veces, hasta se ríe. Pero también hay otra belleza del rugby, de otro tipo, es verdad, pero igual de fascinante. Es el lenguaje que lo acompaña, que lo define y que lo transforma en accesible sólo para iniciados.
Para disfrutar totalmente del rugby, en catecúmeno o en adepto, no sólo hay que conocer sus sacrosantas 37 reglas (dos menos que las de la Iglesia Anglicana) y tener una cierta idea de lo que es el orden dentro del caos. También hay que poder "hablar rugby". En ese terreno, mágico, cada país tiene su propio diccionario.
Sólo que "hablar rugby" no es una cuestión de idioma: es mucho más. Como otros deportes, el rugby no escapa de la fascinación por las cifras, los detalles y las expresiones. Gran país de rugby, Francia no es la excepción: un demi de mêlée (medio scrum), une touche (el line), une transformation (conversión), un essai (try), les crampons (los botines) forman parte del léxico rugbístico cotidiano.
Pero hay otros términos, otras expresiones que permiten relatarlo, interpretarlo, explicarlo y comprenderlo.
Una palabra clave del rugby en Francia es claque (pronunciar clac). Un término que hay que saber usar, con moderación, porque cuando se emplea suele hacer daño. Según Le Petit Larousse, claque es "un golpe dado con la palma de la mano abierta, en plena cara" (es decir una bofetada). En el mundo de "ovalia", ese término se utiliza para definir una auténtica humillación.
Claque reapareció, majestuosa, el sábado pasado como principal titular del diario conservador Le Figaro , con la intención de definir -con precisión- la derrota de la selección francesa ante los Pumas: " La claque ". Después, como las ondas provocadas por una piedra en las aguas serenas de un lago, volvió a asomar en noticieros, revistas, informativos y comentarios durante todo el fin de semana. Para no escucharla, había que ser marciano.
Encerrados en su cuartel general de Marcoussis, en las afueras de París, los Bleus deben de seguir oyendo el eco siniestro de una de las palabras más terribles del rugby francés.




