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Al conocerse el horario en que los Pumas jugarían los cuartos de final de la Copa del mundo de rugby, la AFA decidió adelantar el superclásico River–Boca a las 14 para que ambos partidos no se superpongan.
En las calles y los bares de la Ciudad de Buenos Aires no sólo se sintió la pasión de los hinchas riverplatenses y xeneizes, sino que también se palpitó lo que desde que empezó el mundial de rugby se conoce como el furor Pumas.
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"Desde 1942, la mejor pizza de Palermo". Así reza la leyenda de "Kentucky", la tradicional pizzería porteña, ubicada a metros del Puente Pacífico. Aquí sale a la cancha el primer equipo, River-Boca, quienes indudablemente juegan de local. Las clásicas portadas del gráfico de los años 50 y la camiseta de Diego Armando Maradona autografiada dan cuenta de ello.
Los típicos personajes de este viejo cafetín se entreveran con la copa del "vino de la casa", el sifón de soda y la cerveza con amigos. Una bella señorita entra al local a buscar unas pizzas, pero el público, mayoritariamente masculino, está demasiado ocupado en el partido como para atender a algo más. Empiezan los primeros "uuu" con los avances del equipo de Passarella. El gol de Radamel Falcao hace estallar al público del local. Ariel Ortega convierte el segundo tanto de penal y, otra vez, la mitad de los comensales disparan un alarido de alegría.
Mientras tanto, nuestro otro equipo, el seleccionado argentino de rugby, se está preparando para el partido más importante que jamás hayan disputado los Pumas: los cuartos de final, contra Escocia.
La expulsión de Ever Banega en el final del primer tiempo y el opaco comienzo del segundo tiempo, aplacan la euforia del público, quienes no se despiertan del letargo hasta la patada que Neri Cardozo le aplica a Diego Buonanotte luego de que este le propiciara un caño. Baldassi da el pitazo final y nuevamente la mitad del bar estalla en un grito de alegría: River ganó el superclásico 2 a 0.
Sin siquiera un minuto de respiro, comienza el otro gran match. En un moderno bar de fútbol del barrio de la Recoleta (Locos x el fútbol), seis pantallas que anteriormente transmitieron en directo el superclásico ahora muestran las imágenes de los Pumas entonando emotivamente el himno nacional. El comienzo ya es distinto. Aquí no hay dos públicos alentando por equipos distintos. Todos aplauden y sufren por el seleccionado argentino.
Las reglas y el juego son otras, pero la pasión es la misma. El try de Gonzalo Longo enardece a la totalidad del público local. Tras un primer tiempo favorable para los Pumas, los nervios y la euforia se hicieron presentes en el segundo tiempo. El drop de Juan Martín Hernández hace estallar a los comensales en un mismo grito.
La Argentina ahora ganaba el partido 19 a 13, pero el equipo escocés estaba dispuesto a luchar hasta el final. Los gorros celestes y blancos apretados entre las manos y un silencio sepulcral ante los avances de los escoceses no se diferenciaron mucho de los dientes apretados ante el penal marrado por Ortega que luego fue pateado nuevamente.
Try de Escocia. Todos están expectantes en la repetición para saber si el jugador escocés había salido de la cancha, pero el try fue válido. El final es dramático. Los escoceses están al borde del segundo try.
Minuto 80. El aliento ya es ensordecedor, el partido termina, y todos saltan de sus sillas, lo más atrevidos se suben a ellas, y los más tímidos por lo menos lanzan un "¡vamos!". La emoción es total, y la adrenalina también lo fue. Tanto como en el superclásico River-Boca.



