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TOULOUSE, Francia.- Al ordenadito equipo inglés se le despatarró su vocación esquemática por culpa de unos rumanos que saben poco de doctrinas y bastante de improvisación. Por ser más libres, por poder intentar cualquier cosa, por no tener exigencias, por tenerlo a Hagi que en una pierna es más jugador que casi todos los ingleses, por saber descontrolar a Inglaterra, en definitiva, ganó Rumania por 2 a 1 y se convirtió en el sexto clasificado para los octavos de final del Mundial.
Y ya no es una sorpresa, por más que la táctica sea desconocida y se apoye en la dictadura de Hagi, que hace lo que quiere, hasta quedarse en la cancha veinte minutos lesionado y sin moverse casi nada de un lateral.
El triunfo llegó con un premio extra. Puso fin a 18 años sin victorias ante Inglaterra. El último halago había sido el 15 de octubre de 1980, en Bucarest, por 2 a 1. Y paradójicamente el tanto decisivo lo marcó el actual entrenador del seleccionado rumano: Anghel Iordanescu.
Hay un detalle que no se puede obviar ni objetar. En los mundiales, a los ingleses no le sienta bien el 22 de junio. Vendría a ser su martes 13. Basta retroceder 12 años en el tiempo y rememorar la tarde en que la Argentina, con la mano y la magia de Diego Maradona, los eliminó del Mundial de México en los cuartos de final.
Por demás aburrido resultó el primer tiempo en el cual Hagi no se cansó de patear desviado -no hubo quien se animase a rezongarle- y un remate de Adrian Illie en el travesaño fue lo mejor de los cuarenta y cinco minutos que no ingresarán en la historia de los mundiales. Claro que la segunda etapa fue diferente desde el arranque mismo.
Apenas pasado el primer minuto, se descuidó Inglaterra y le birlaron un gol los rumanos. Un lateral más se convirtió en la jugada del partido por la astucia de Hagi, quien sin tocar la pelota acomodó el cuerpo para tocar por encima del recio moreno Sol Campbell. Pelota en el área y en el pecho de Viorel Moldovan tras el primer error de cálculo del libero Tony Adams. Volea y gol para callar a la tribuna inglesa. Para desorientar a sus jugadores, también.
Se desesperaron los ingleses y, al menos, mostraron que tienen sangre. Pero con el corazón de Darren Anderton no alcanzaba para escaparse de la fórmula más conocida: desborde, centro y cabezazo. Alan Shearer se cansó de bajar pelotas en el área, pero por colocarse en esa función se olvidó de su tarea de goleador.
Y falló cuando lo sorprendió un remate de Anderton que cruzó por la raya del arco rumano. Le falló el olfato a Shearer. Se ve que estaba tan desconcertado como sus compañeros.
Pero Inglaterra tiene en el banco a un pichón de crack. A Michael Owen. Dieciocho años. Jugador de Liverpool. Figura segura del próximo Mundial. Proyecto al que le alcanzaron ayer veinte minutos para darle vida a la última esperanza inglesa.
Porque mientras varios de sus camaradas se dedicaban a golpear al saberse vencidos, el pibe pidió la pelota y se hizo cargo del equipo como un veterano. Cuando convirtió con una pelota suelta en el área se lo vio como el héroe esperado. Era el chico que salvaba a todos. Pero llegó ese pelotazo larguísimo para la corrida inesperada de Dab Petrescu. Debió ser un intento sin resultado porque lo cerraba Graeme Le Saux.
Todavía se están preguntado muchos como pasó el defensor rumano, cómo pudo pegarle a esa pelota filtrada entre las piernas del arquero David Seaman, cómo se le escapó al menos un punto a este seleccionado inglés que de tan ordenada hasta lo sorprenden con muy poco.

