De liebres y tortugas, lecciones de la Maratón de Chicago

Daniel Arcucci
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15 de octubre de 2015  • 19:26

Los edificios que rascan los cielos y las sirenas que no cesan, además de la influencia italiana en la gastronomía y algo más, remiten inevitablemente a Nueva York cuando se está en Chicago.

También su maratón, cómo no.

Pero tanto en aquellas características de la ciudad y de su historia como en este acontecimiento deportivo, social, cultural y económico, hay un matiz que las diferencia: todo parece más amigable, más ordenado, más prolijo, más pulcro y más al alcance de la mano en el corazón del estado de Illinois que en la cosmpolita Gran Manzana.

Mientras los 42,195 km neoyorquinos arrancan en Staten Island y recorren los cinco grandes distritos de la ciudad hasta terminar en el Central Park, los de Chicago empiezan y terminan en el Grant Park, al que se arriba caminando desde la zona céntrica. Los 44.000 participantes nunca llegan a amontonarse para dejar la ropa, para acceder a los corrales, para esperar la largada, para largar y para afrontar lo que propone un circuito plano, con algunos puentes, eso sí, pero nada comparables con los cinco que se deben cruzar en Nueva York.

Lo dicho debería alcanzar para entender que una de las claves de la maratón de Chicago es conectarse, emocional y físicamente, con la ciudad que se va a recorrer al trote, después de lo fácil, y fascinante, que resulta recorrerla como turista.

Eso fue lo que no hice el domingo 11 de octubre, creo, en la que sería mi quinta maratón, mi cuarto Major, después de haber corrido Berlin, Dubai, Tokyo y, por supuesto Nueva York.

De esta última me había traído un par de lecciones aprendidas, pero no supe aplicar.

Primero, no dejarse llevar por la emoción.

Segundo, no subestimar al pacer. En aquella ocasión, en noviembre de 2014 y mucho mejor entrenado que ahora, dejé atrás a la liebre de 3h45 a la altura de la media maratón, con la suficiencia de quién se siente seguro que correrá por lo menos 5 minutos por debajo de ese registro, para después verlo de nuevo, y verlo pasar, y verlo irse, a la altura del km 35, cuando ya no quedaban piernas para sostener el ritmo.

A diferencia del largo viaje hacia la gélida Staten Island, fue fácil ahora llegar hasta los corrales de largada caminando desde el cinematográfico Warwick Allerton Hotel por Michigan Av., la Magnificent Mile, esa verdadera 5th Ave. con bulevares en el medio, acompañado de miles de corredores que ya advertían, en la madrugada estrellada, que amanecía un día espectacular.

Por allí y hacia allá enfilamos con los amigos argentinos Pablo Naymark y su mujer Sil, Víctor Martinelli y Mariana Lamberti. No llevó más de 25 minutos y quedaba por delante una hora de espera.

Fue difícil no dejarse llevar por la emoción, a pesar del consejo puntual de Luis Migueles, a la hora de largar. Se parte de frente a esa masa de edificios que le da el perfil inconfundible a Chicago y la sensación es que uno los va a encarar como quien encara molinos de viento.

El recorrido sube hacia el norte por Columbus Dr y cruza por primera vez el Chicago River, por un puente amable y alfombrado de rojo, en una escena que se repetirá seis veces a lo largo del circuito. El km 1 marca 4’56, cuando ya se ha girado al oeste por Grand Av, y es la señal de que la emoción está ganando otra vez la partida. Cuestión de sosegar el ritmo cuando se baja hacia el sur por State St, cruzando por el medio el tradicional barrio del Loop, donde sólo falta que aparezca Al Capone, y se vuelve a girar al oeste por Jackson Blvd, para encarar finalmente la larguísima recta hacia el norte por LaSalle Dr.

Es cuando aparecen, entonces, los pacers de 3h45, con sus carteles en mano.

En agosto, los organizadores habían anunciado que no contratarían liebres para los atletas de élite por primera vez en más de 20 años. "Sin las liebres, los atletas necesitarán mayor concentración", había explicado Carey Pinkowski, el director de la carrera. "Eso nos permitirá ver más táctica, más estrategia y más competitividad durante toda la carrera", explicó entonces.

Bueno haberlo sabido entonces, porque seguir a los pacers de los aficionados, que sí había, fue un error. Tomando para uno las palabras del director, la concentración pasó del ritmo propio al de ellos y la estrategia quedó en los pies de otros, que parecían ir calculando el tiempo de llegada sin un andar estable.

De la bajada hacia el sur por Brodway, Clark y Sedwick no recuerdo casi nada, aunque sí una hermosa curva por North St, después de que un cantante disfrazado de Elvis cantara justo al paso la romántica canción de Ghost. No había fantasmas a esa altura, pero pasar los 21K a 4’42, después de la hermosa curva de Orleans hacia Adams, para internarse más al oeste todavía, no debía ser una buena señal. El espasmódico ritmo de las liebres marcó 4’22 en el 27K, cuestión que en el 30K se pagó carísimo, con un 5’56 de tortuga, ya dejándolos ir.

Dos kilómetros más adelante, justo en la zona más fea de un recorrido bellísimo, la carrera se convirtió más en una cuestión de cabeza que de piernas, que ya no había.

Entonces comprendí el error: por no perder de vista a los pacers, había perdido de vista una ciudad que acompaña su carrera de manera tan activa que bien puede asegurarse que hay público alentando ruidosamente por los menos en 40 de los 42 kilómetros

Quedaban por delante los últimos10K, donde se agradecían los repetidos puestos de hidratación, uno por milla, en los que se aprovechaba todo: el Gatorade, primero; el agua para tomar y echarse encima, después; la esponja para enfriar desde el cuello. Los pies se pegaban al asfalto, literal y literariamente, y hacia allá había que ir. El GPS del marcaba una diferencia en contra de casi 700m, encima, con lo cual cada kilómetro que el reloj anunciaba era un engaño a la mente.

La recta por Michigan Av desde el sur hacia el norte, hacia la meta, pareció eterna, aunque sólo tenía 4 kilómetros. Sí, 4 kilómetros y la famosa cuesta final, de 500 metros.

El orgullo impulsó a dejar atrás los vergonzantes 6 y pico que lastimaban desde la pantalla del Forerunner 620, para bajar a 5’43 en el 42K y 5’52 en el fantasmal kilómetro extra, con la famosa cuesta incluida.

Hay una atracción especial en la llegada, en las llegadas. Como un imán que atrae hacia ese Finish que es la gloria misma, con el tiempo que sea. Mágico e inexplicable, espanta definitivamente la idea de abandonar que se pueda haber cruzado por la cabeza para instalar inmediatamente la idea de salir a correr de nuevo.

El consuelo, como en Nueva York, donde el gran Kipsang ganó con 2h11m cuando un año antes había batido el récord del mundo con 2h03 y un poquito, llega cuando se conoce la noticia de los tiempos de los ganadores, de los monstruos.

El keniata Dickson Chumba le ganó en el final a su compatriota Sammy Kitwara con un registro de 2h09m25, en una carrera mucho más lenta de lo habitual para uno de los circuitos más rápidos del mundo, el mismo en el que Kipchoge, por ejemplo, había ganado el año pasado con 2h04m11.

En ese contexto, se miran de otro modo las humildes 3h53m12, lejos de la mejor marca (en Dubai 2014, 3h43m17) y más lejos aún del objetivo íntimo propuesto (3h40) más allá de los entrenamientos incumplidos a lo largo de un ajetreado 2015, personal y profesionalmente.

Según quedó impreso en la fantástica edición especial del Chicago Tribune, 9124° entre más de 44.000. Curiosamente, en las dos carreras más rápidas (Berlin y Chicago), los registros más lentos.

Tal vez a los grandes les faltaron los pacers que a algunos humanos les sobraron. Mal de elites, consuelo de aficionados.

Y lejos de males y consuelos, lo más hermoso llega al final, cuando la mente registra cuánto se ha disfrutado el esfuerzo y ya marca el próximo objetivo, las ganas de volver a correr ya mismo. Después de cinco maratones, cuatro Majors, siempre hay espacio para una y varias más.

Allá vamos, Londres.

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