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Tenemos memoria frágil los argentinos. Decimos que no vamos a votar a Fulano, que nunca más pondremos los ahorros en los bancos, que no abriremos más plazos fijos... Ejemplos de lo que, meses más, meses menos, igual terminaremos haciendo hay cientos. Pero saliendo de esa órbita y metiéndonos en la biosfera deportiva, fluyen las imágenes...
¿Recuerda el corredor olímpico, diseñado en un boceto para intentar convencer a los miembros COI que nos visitaban de las conveniencias de organizar los Juegos Olímpicos en Buenos Aires? En aquel momento, explicamos por qué la idea sonaba a dislate. Por todo lo que implica desarrollar un trabajo acorde con lo que necesita una sede de esa competencia. A pesar de que los Panamericanos de 1995 dejaron conformes a muchos -sobre todo, a los atletas que nos visitaron-, los Olímpicos tienen otro vuelo, diferentes necesidades, infraestructura, seguridad y presupuesto que no estaban, por aquel entonces (y parece que por siempre), al alcance de las posibilidades del país.
La elección final en Lausana, en 1997, recayó finalmente sobre Atenas. O sea, si por esas casualidades de la vida, acompañada por una buena tarea de lobby, Buenos Aires hubiese sido designada, estaríamos a pocos meses de la gran fiesta deportiva mundial. Habría que ver si, en medio de la hecatombe económica vivida hace un par de años, la sede hubiese resistido a pie firme. Pero hay algo peor: ¿puede, seriamente, un país organizar los Juegos Olímpicos cuando ni siquiera tiene medios para mantener en mínimas condiciones el llamado Centro Nacional de Alto Rendimiento, allí donde hace diez días casi muere electrocutado el luchador Mauricio Cabello?
El lamentable accidente trajo revuelo y muchos tomaron conocimiento de la precariedad en la que se entrena gran parte de los atletas argentinos; el hecho también generó cortocircuitos entre funcionarios, rumores de renuncia del secretario de Deportes, Roberto Perfumo, y la percepción del advenimiento de tufillos políticos oportunistas que no respetan ni a un deportista que rozó la fatalidad ridículamente.
Nada de eso debería ser lo importante. El deporte está más allá de los Fernández, de los Perfumo y los Morresi. Sí, en cambio, importa que el Cenard vuelva a ser lo que fue hace una década; que la pista de atletismo esté óptima; que Meolans, un top, no deba entrenarse en otra piscina. Se sabe que hay miles de urgencias en el país, pero no es excusa.
Buenos Aires 2004. O Buenos Aires 2016, 2020 o 2032. Es lo mismo. Seamos -o tratemos al menos- un poco serios. Y después de lo de Cabello, no se preocupe por nuevos papelones: la cita será en Atenas.

