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Además de época dorada del cine argentino, los años cincuenta lo fueron también del billar autóctono. En ese apogeo, Enrique Navarra consiguió un valioso segundo puesto en el torneo nacional de tres bandas, la especialidad más representativa. No había pasado hacía mucho los 30 años, pero su máximo logro llegaría un decenio luego, cuando a fines de los sesenta se coronó campeón nacional de fantasía -hoy, billar artístico-.
Su mérito fue grande: Navarra, el miembro más joven de un clan célebre en esta disciplina, se impuso al gran Marcelo Héctor López, el tribandista más exitoso de la historia argentina, dueño de siete títulos locales y ocho panamericanos. Brillante triunfo, por cierto, y sin embargo, no estuvo en ello su mayor reconocimiento.
Es que Enrique Navarra, primo de su tocayo (20 años mayor), hermano de Juan y Ezequiel (h., el mejor de todos) e hijo de Navarrita , deslumbró más por talento y carisma que por sus victorias oficiales. El menor de los cinco vástagos de Ezequiel -hasta su hermana María era una buena jugadora- falleció la semana última a los 85 años, y con él se marchó el último integrante de una familia de esas que convierten su apellido en palabra automáticamente asociada a una actividad, como la de los Heguy en el polo.
Enrique alcanzó la gloria de un mundial de fantasía, pero lo que más hizo fue ofrecer exhibiciones en las que entregaba virtuosismo y carisma, y producía placer visual y sonrisas. De hecho, hasta hace no más de un lustro, lo convocaban desde la mismísima Europa, a donde viajó una infinidad de veces, para que realizara sus presentaciones. "En ellas hago una mezcla de pool y billar. A la gente le gustan más las pruebas de pool, porque hay más bolas y colorido, y así las jugadas son más vistosas", explicó. Sobre todo, si las hacía Enrique, un gran showman, un repetido autor de carambolas de fantasía. Con su juego de bolones de pool efectuaba maravillas sobre el paño.
No retuvo egoístamente su talento. Lo ofreció generoso en clases en clubes, como Real, del microcentro porteño. La misma zona donde tantas veces asombró en el célebre Los 36 billares.
"El billar es mi vida", dijo cierta vez. O muchas. Y también Enrique Navarra resultó una porción significativa de la vida del billar argentino.



