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HANNOVER.- No quedará para la historia ni una sola palabra de Mauro Camoranesi sobre su debut en el Mundial con la camiseta del seleccionado italiano. Y eso no será algo que a él le importe demasiado, seguramente. Acostumbrado a crecer en silencio -como que la mayoría se preguntaba quién era ese muchacho argentino cuando jugó por primera vez para Italia, hace tres años-, habrá agradecido que le tocó el control antidoping después del triunfo contra Ghana, por 2 a 0, y así pudo unirse a sus compañeros, que lo esperaban en el ómnibus para irse, después de recorrer un camino diferente del del resto. Otra metáfora de su carrera, si se quiere.
Lo cierto, concreto y objetivo es que Camoranesi -el primer argentino que vuelve a jugar un Mundial para Italia desde 1962- es una pieza importante en ese equipo italiano que llegó a Alemania con un objetivo claro y definido: cambiar su imagen, fuera y dentro de la cancha.
Afuera, se sabe, el calcio está aquejado por una crisis de credibilidad que obviamente afectó a su seleccionado. Bastaría con decir que en el plantel hay cinco jugadores de Juventus, el club más involucrado en las denuncias de corrupción, pero hasta el técnico Marcello Lippi quedó salpicado. Pero fue él, justamente, el DT, quien impulsó el otro cambio, el que implica modificar la imagen dentro de la cancha. Adiós al cattenaccio , bienvenido el juego del riesgo, sería la definición más extrema, aunque no necesite llegar a tanto para ser -como lo demostró ante Ghana- una Italia distinta.
Seguramente, la clave está en ese medio campo en el que Camoranesi no fue titular, aunque habitualmente lo es. Un rombo en el que Andrea Pirlo, el volante de Milan es fundamental, por sus características de ex mediocampista ofensivo devenido defensivo. Hacia la izquierda se abre De Rossi y hacia la derecha Perrotta (o Camoranesi, más ofensivo todavía). Delante de ellos, Francesco Totti. Y con él, símbolo del equipo, los dos tanques: Toni y Gilardino.
Para vencer a Ghana, fue clave imponerse en esa zona de gestación, ante el rombo que oponían, en funciones casi espejadas, Addo, Appiah, Muntari y Essien. Por lo demás, el equipo africano fue un equipo africano: ingenuos y torpes atrás, con un arquero imprevisible; bien intencionados y fuertes en el medio; desprolijos o nulos arriba. Demasiado poco para oponerse a una Italia que no por renovarse deja de lado las bases de su tradición. Básicamente, dos marcadores centrales magníficos, como Nesta y Cannavaro, figuras en la noche de Hannover junto con Pirlo.
Justamente el volante de Milan abrió el camino de la victoria, con un derechazo de afuera que pasó por el hueco que dejó Gilardino al agacharse (lo único bueno del delantero de Milan en todo el encuentro), y lo cerró otro tanque, Iaquinta, ante la enésima ingenuidad de los defensores ghaneses, cuando ya Italia controlaba el encuentro a un ritmo más cansino.
En el segundo tiempo fue cuando le tocó entrar a Camoranesi. Italia ya había hecho lo suficiente para acreditarse como un candidato serio, pero él le aportó lo que mejor sabe y lo que seguramente le resultará muy útil en esta búsqueda de cambio, durante Alemania 2006: desbordes por la banda derecha, después de recuperar la pelota, y mucha, mucha dinámica.
A Mauro Camoranesi lo impulsa una energía que emana desde el origen mismo de esta historia. Se habla de 1934 y de aquellos argentinos que, como él hoy, defendieron la camiseta del seleccionado italiano como si fuera propia, al punto de ayudarla a convertirse en el símbolo de la primera hegemonía mundial que el fútbol recuerde.
En Italia 34, la azzurra se elevó por primera vez por encima del resto contando en sus filas con cuatro oriundi , como se les llamaba a los futbolistas nacionalizados en aquellos tiempos. Raimundo "Mumo" Orsi, entonces figura de el mismo Juventus en el que ahora juega Camoranesi, fue fundamental en aquel equipo que jugó bajo las amenazas de Benito Mussolini. Il Duce en persona se había acercado a la concentración para hacerles saber a los jugadores que en la final ante Checoslovaquia no tenían alternativa: "Ganar o morir", fue el mensaje, y no era un eufemismo. Cuando faltaban 14 minutos para que todo terminara, el mismo Orsi logró el empate y obligó a un alargue, en el que el italiano Schiavio consiguió el tanto salvador, también festejado por otros tres argentinos: Luis Monti, que jugó 5 encuentros; Atilio Demaría, que disputó 1, y Enrique Guaita, que estuvo en 4 y logró un tanto tan fundamental como polémico, ante Francia, en las semifinales.
Hoy, el ambiente en el que se mueve Camoranesi es afortunadamente más sereno en el contexto político de su país de adopción, aunque no lo es tanto por el clima que rodea a la azzurra : el mayor escándalo de corrupción que se recuerde en la historia del calcio -y ha tenido varios- encuentra a su equipo, Juventus, en el centro de la tormenta, y a la Nazionale como un barco que intenta salir indemne de semejante problema. También en Chile 62 el tandilense puede encontrar precedente. Enrique Omar Sivori y Humberto Dionisio Maschio jugaron en aquel equipo que quedó eliminado en la primera rueda y protagonizó la recordada "batalla de Santiago", partido en el que perdieron ante el local por 2 a 0 y el mismo Maschio terminó con la nariz rota y sangrante.
Camoranesi no es precisamente de los muchachos más tranquilos, pero seguramente hay mucho de su espíritu guerrero para transmitirle a Italia. No dijo una palabra sobre eso, se sabe. Pero ya habrá tiempo de que hable en la cancha.
Para Italia jugaron los argentinos Orsi (35 partidos / 13 goles), Monti (18 / 1), Libonatti (17 / 15), Demaria (13 / 3) , Montuori (12 / 2), Cesarini (11 / 3), Guaita (10 / 5), Sivori (9 / 8), Loiacono (8 / 5), Ricagni (3 / 2), Valentín Angelillo (2 / 1), Maschio (2 / 0), Martino (1 / 0), Pesaola (1 / 0), Scopelli (1 / 0) y Camoranesi (19 / 1).
Llamaban la atención con la camiseta N° 16 de Camoranesi. "¿Son familiares?", fue la pregunta. "¿Y qué te parece?", fue la respuesta; eran la esposa, los dos hijos, los padres y amigos.
El público volvió a agotar las localidades. Pero no sólo eso: también hace sentir su opinión. Estruendosa silbatina para Iaquinta, cuando el delantero de Udinese dramatizó una lesión.
Al final del partido, tanto Camoranesi como De Rossi y algún otro futbolista italiano se acercaron a consolar a Kuffour, el defensor ghanés que le regaló con un error el segundo gol a Iaquinta.
Todos los futbolistas italianos juegan en Italia. Parece una obviedad, tratándose de un país importador de jugadores, pero no lo es. España, tiene a varios de los suyos jugando en Inglaterra.



