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En una urbe tan inmensa como Buenos Aires, la inauguración de un estadio siempre supone un test de riesgo. Por su ubicación, por la velocidad con la que se lo levantó, por sus dimensiones y capacidad muy superiores a las de cualquiera de su tipo en la ciudad, por el desafío de heredar a una casa de tanta tradición como el Buenos Aires Lawn Tennis Club y exponerse a la comparación sentimental, la puesta en funcionamiento del Parque Roca era un reto dentro del gran reto de la Copa Davis. En el riguroso examen inicial, esta gris y todavía algo esquelética estructura de hormigón armado, con cierto aire de Nuevo Gasómetro en escala reducida –a ambos los construyó la misma empresa, Astori–, se ganó una mirada aprobatoria.
La aceptación, fuera de algunos problemas de los que se dará cuenta, provino de quienes ayer lo estrenaron: algo menos de las 14.500 personas que permite la taquilla. Como todo había sido vendido, la razón de las butacas vacías que se vieron en algunos sectores habría que buscarla en el circuito informal de reparto de entradas: protocolo, gentilezas, obligaciones comerciales. Casi por unanimidad, ilustres y anónimos hablaron del estadio con entusiasmo y pocos reproches.
Parte de esas quejas escasas se oyeron temprano, por las dificultades de tránsito que muchos encontraron para acercarse al área del escenario. Fueron obstáculos en secuencia: primero, la manifestación de unos 200 habitantes de la villa de emergencia 20, de Villa Lugano, en reclamo de un plan de urbanización del asentamiento. Marcha impedida de progresar hacia el estadio –ése era su propósito– por la fuerte presencia de guardias de infantería. Las subsiguientes demoras se produjeron por causas menos esperadas; quienes desviaban hacia la avenida General Paz se toparon con una obstrucción por la poda de árboles, y finalmente con un embudo policial de utilidad desconocida.
Eso provocó que muchos ingresaran en el predio cuando Nalbandian ya había comenzado a ganarle a Philippoussis. Sorteadas las vallas previas en auto, el acceso a pie fue bastante más fluido. Cerca de las 11 había una cola considerable sobre la avenida Roca, pero avanzaba razonablemente. En la calle, mientras, florecía otro tipo de actividad: la reventa. ¿Los valores? Por un ticket para el sector H alto (uno de los codos), sólo para la jornada de ayer, se pedían $ 200, que el regateo hacía descender rápidamente a un piso de $ 150. El precio original de un abono de ese tipo era de $ 270.
El que no optaba por ese servicio igual iba a entrar con las manos llenas después de ser sometido a un abrumador reparto de folletos. La primera impresión puertas adentro del Parque Roca era gratificante: prolijidad, limpieza y una señalización bastante acertada. En esos caminitos internos la oferta se multiplicaba en stands, especialmente de ropa deportiva, comidas o entretenimientos, de cajeros automáticos al paso y de señoritas que repartían banderas argentinas. La carpita preparada para la "atención al espectador" estuvo vacía casi toda la tarde. "Vienen pocos a consultar cosas; cada tanto alguno que no encuentra su butaca, más que nada por el apuro", comentaba Silvina, una de las encargadas.
Pero el examen mayor lo asumía el estadio en sí, y en este rubro sólo se escucharon comentarios positivos. "No tenía idea de cómo estaría, pero es espectacular. Se ve bien desde todos lados", aprobó el ex Puma Juan de la Cruz Fernández Miranda. "La visión es excelente aunque uno esté en la parte más alta. Tiene accesos más amplios que el Buenos Aires", explicó Alberto Adamo, presidente de la Federación Neuquina de Tenis. Nada que objetar al respecto. ¿Cuestiones mejorables? El sistema de audio, por ejemplo: en los sectores más altos es casi imposible escuchar lo que propalan los parlantes. Tal vez, también, el espacio disponible para caminar entre las filas, un poco estrecho. A los servicios exteriores se les requirió una demanda masiva y abrupta: en lugar de dosificar sus salidas, el grueso de la gente eligió ir al baño y a comer algo entre los dos partidos. Entonces, las mujeres podían llegar a esperar diez minutos para ingresar en un sanitario, y la cola para hacerse de una hamburguesa se podía extender por más de media hora. Los sectores gastronómicos estaban bien presentados, pero después se vieron huellas del paso de la gente: papeles y botellas en el piso.
Hubo un reclamo puntual: varias personas discapacitadas y sus acompañantes se quejaron de la falta de información del personal para señalarles su ubicación. "Por teléfono me indicaron que viniera a retirar el pase, pero una vez aquí nos dijeron que estaba todo ocupado. Nadie se hacía cargo. Ahora estamos bien ubicadas, al lado de donde está Maradona, pero para eso tuvimos que esperar como tres horas, y éramos unas veinte personas en la misma situación", explicó Celina Luna Alurralde mientras circulaba en el perímetro del estadio y asistía a su amiga, Isabel Saavedra, que se mueve en silla de ruedas. Si por allí existieron otros motivos de fastidio hubo que encontrarlos entre quienes estrellaron su botella de gaseosa contra el suelo ante la imposibilidad de llevarla a la butaca.
El operativo de seguridad transcurrió casi sin novedades. "Esto no es fútbol, aquí no hay excesos", decía el subcomisario Gabriel Schonta, a cargo de los efectivos policiales en el Parque Roca. Su trabajo se complementaba con el staff de seguridad privada, que casi los triplicaba en número. Seguramente molestó a más de un oído el sobrevuelo insistente de un helicóptero en medio de los partidos. Tampoco tuvo un día agitado el personal médico (seis médicos del SAME y cinco de una empresa de medicina privada), que mayormente atendió casos de cefaleas, hipertensión, problemas gástricos y hasta algún que otro pedido de alivio para un resfrío.
Si ya había dado respuestas positivas, el Parque Roca se reservó una para el final: cuando la lluvia interrumpió todo, las tribunas se desagotaron en pocos minutos, sin tumultos y con espacio suficiente para moverse. Hoy, si el tiempo mejora, se podrá comprobar la resistencia de los accesos a un aguacero considerable, aunque la cuestión invita a recordar el barrial en que se transforman los caminos internos del Buenos Aires cuando llueve. Fuera de detalles, y en una prueba severa, el Parque Roca empezó a hacerse un buen nombre.
40 efectivos policiales de la seccional 36a custodiaron la seguridad, además del personal de control privado


