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MELBOURNE.- Es sábado por la tarde. Camino por Docklands, barrio pintoresco, con pinceladas de Puerto Madero, marina y un largo puente que cruza el río Yarra, el mismo en el que en 1992 y en 1993 Jim Courier se zambulló con ropa de tenista, después de ganar el Grand Slam. Paso por Southern Cross, la estación central de trenes, que impacta por la altura de sus techos y de sus ventanales. Detrás de un edificio, surge, increíblemente en medio del centro financiero de la ciudad, un impactante estadio, el Etihad, construido en 2000, con capacidad para 56.000 personas. En quince minutos, Melbourne Victory, uno de los equipos más fuertes desde que en 2004 se refundó la liga aussie , y viste una camiseta prácticamente igual a la de Vélez, recibirá a Adelaide United. Familias enteras se acercan en calma, vestidos como si concurrieran a una obra teatral. Un puñado de policías mira, perezoso; en realidad, no necesita vigilar nada. "¿Qué hace un periodista argentino aquí?", se sorprende el empleado que me revisa la entrada que acabo de pasar por un escáner. Comercios de merchandising , comidas rápidas, pubs y hasta una casa de apuestas abrazan el anillo inferior de un escenario con tres pisos. Detrás de un arco, el grupo más bullicioso (hijos de italianos, croatas y griegos), con banderas de mástil, sigue las indicaciones de un calvo forzudo que grita por megáfono.
Comprando una cerveza, dentro del propio estadio, me pierdo el primer gol, a los 25 segundos de juego?, increíble; a mi lado, un hombre de tez rojiza no se inmuta, sigue aferrado a su vaso de Whiscola y charla animadamente con otro, que bebe vodka. Todo permitido, menos el cigarrillo; a nadie se le ocurre prender uno. Aún hay luz natural, pero despliegan el techo retráctil y encienden el aire acondicionado. "Eso lo elige el técnico, para que retumben más los cantos", me cuenta Sergio, un cordobés que lleva la camiseta de Belgrano. El juego es malo; hay limitaciones técnicas e ingenuidades. Aunque ninguno de los que veo tienen lugar en el seleccionado aussie que ocupará el Grupo D del Mundial. Con poco, Carlos Hernández, costarricense con unos kilos de más, saca diferencias en los locales. Me explican que un jugador puede llegar a ganar 100.000 dólares al año, nada mal. Unas 20.300 personas gritan? de a ratos. Faltan dos minutos para el final y el Melbourne Victory aumenta, de penal. El partido termina. En la pantalla gigante ponen la marcha oficial y la música aturde. En menos de cinco minutos, el estadio se desocupa. ¡Cuánto orden! Pero la fiesta no termina. Los socios entran en un salón a tomar cerveza y a esperar que los jugadores, vestidos de camisa y corbata, pasen por allí a firmarles autógrafos. Es tarde. Me vuelo al hotel, sin saber si vi un partido de fútbol o una obra de teatro.


