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"Yo soy jockey..." Beto Díaz acompaña la frase con los ojos más claros que nunca. Será porque se ponen húmedos. Sentado en su silla de ruedas eléctrica, en el stud de Palermo que comparte con sus hijos Pablo e Ignacio. La mayoría de la gente del turf sólo lo conoció de esa forma, no de pie ni sobre la silla de un pura sangre.
Desde el 20 de diciembre de 1968, su vida en movimiento es así, pero alrededor poco cambió. La profesión es otra, la familia está desde siempre. El caballo también. "Estaba trabajando un caballo, en San Isidro, al lado de Sosa. El mío saltó de la tercera pista a la cuarta, había una ligustrina en el medio, nada más. Pasé con caballo y todo, pero caí de espaldas y medio de cabeza, y me fracturé. Se aplastó la quinta y sexta dorsal, el disco vertebral y comprime la médula, aunque no la secciona".
Beto no perdió el conocimiento, pero ya no pudo mover las piernas, no las sentía. "Vino el cuidador y le digo 'mire que quedé paralítico'. Me dice 'no, cómo decís eso'. Gracias a Dios no me operaron. Me llevaron al Sanatorio del Jockey Club". Pasó 52 días allí. "Después me derivaron a Alpi, y pasé casi dos meses. Tenía que rehabilitarme para andar con los aparatos ortopédicos, pero me escapé. No soportaba eso. Pablo cumplía 3 años y les dije «llévenme porque cumple años mi hijo, y ya me quedo». Me moría de tristeza allá, aparte estaba hinchado de corticoides, me estaba abandonando". Su mujer, María del Carmen, y su madre Elena, se multiplicaban para acompañarlo y estar con los chicos.
Pablo está ahí, y también María Emilia, su hija, estudiante avanzada de veterinaria en la UBA. No hay para ella mejor lugar. Los caballos de su padre y los de su abuelo son sus primeros pacientes, asistiendo a Gustavo Gatti.
"El día que me caí, dicen que había como 200 personas en el parque del sanatorio. Los propietarios me decían «yo te voy a comprar dos caballos». El primer caballo para cuidar me lo tuve que comprar yo. Es la historia del turf: si ganás, sos un fenómeno; si perdés, un desgraciado." Para ser jockey, también la tuvo que pelear, Beto. Nacido en una familia de buena posición y sin prosapia burrera, no fue fácil entrar en un stud. "Vivíamos en San Isidro. Siempre me gustaron las carreras. Fui recomendado por un amigo de mi padre y trabajé, pero no podía montar". El inexperto que se cayó la primera vez que subió un puro sólo se hizo jinete cuando partió a Río Cuarto y San Luis.
De regreso, al autodidacta Díaz se le cruza Temporal, con el que terminaría ganando el clásico General San Martín. Entre un accidente y suspensiones, pasando alguna zozobra por los implacables kilos, corre apenas dos años. "Tenía 29 cuando me caí". Principella le da el primer triunfo como entrenador. "Me fue muy bien", confiesa, pero se va a España detrás de Pablo e Ignacio, cuidadores los dos -Ignacio pasó por la Escuela de Aprendices-, y les va mejor, a los tres. "Ellos lo llevan en la sangre". Hasta que estalla la burbuja en Europa. Fue el último en irse y el último en volver.
"Volví a mi casa de Boulogne, pero cambié San Isidro por Palermo para cuidar", cuenta José Alberto Díaz. Un auto japonés de comandos manuales lo traslada todas las mañanas.
"Nunca, ni en los peores momentos, me arrepentí de haber entrado a un stud para ser jockey. Si hubiera sabido que a los 29 años quedaba en silla de ruedas, lo hacía igual. Pasé por los purgatorios, por los «nene, poné la patita bien», los insultos, todo, pero lo llevo adentro. No se cambia por nada". Al hombre sin estirpe de turf, el oficio que lo postró le está dando dos generaciones de profesionales para continuarlo. Y no lo cambia por nada.



