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Los vi de a cientos, de a miles en Longchamp, con sus Nikon último modelo tomando fotos de Deep Impact como si fuera el único caballo que corría en aquel Arco de 2006, ganado por Rail Link. Los seguí encontrando años más tarde, siempre en el hipódromo de París, alentando a sus campeones de ocasión, tan cordiales, de buenos modos los hombres del pueblo hípico japonés.
El año pasado se quedaron con el grito atragantado cuando Workforce frenó a Nakayama Festa en un final tremendo. Entonces, escribí para el diario que los caballos de las antípodas pronto ganarían algo grande fuera de su frontera. Acerté. El sábado último, uno suyo, Victoire Pisa, se llevó la Dubai World Cup. Igual, no descubría la pólvora. Estaban para eso. Hace años que la Japan Racing Association viene trabajando fuerte para hacer de su turf una potencia. La entidad impulsó a su gente a realizar viajes por el mundo para aprender y copiar. Armó programas para capturar nuevos espectadores. Hoy, sus hipódromos están llenos; sus centros de formación son excelentes. Es modelo por seguir.
Pero vuelvo al aficionado al turf de la isla. Ahora los vi on line por Internet festejando el 1-2 de sus crías en Meydan. Desbordaban alegría. Se sabe. Los problemas de Japón son hoy demasiado grandes como para que un triunfo deportivo lo saque de su realidad, pero en la noche mágica de los Emiratos Arabes a muchos se les escapó una sonrisa. Los burreros japoneses tienen una gran conexión con sus caballos; poseen jockeys y cuidadores famosos, pero la estrella es el caballo. Les siguen las campañas como aquel hincha de fútbol que conoce cómo formaba su equipo hace mil años. Juegan fortunas y lo bien que le hace a la industria. Para ellos, además, un corcel en la gatera no es sólo un número al que apostar. Con aficionados de su estilo, el turf asiático tiene aseguradas varias generaciones de burreros.

