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Héctor y Gustavo Calvente son jockeys y representan un fenómeno que pocas veces se ve en el deporte: un padre y un hijo compitiendo codo con codo.
Esta historia empezó en Rojas en 1982, cuando Héctor, con 16 años, debutó en las cuadreras. A los 20 comenzó a viajar a San Isidro y Palermo, siempre corría caballos del interior, no le iba mal y empezó también a montar caballos de cuidadores de la Capital. En ese momento hubo que tomar una decisión importante: quedarse en el interior o mudarse a la Capital y apuntar a las ligas mayores. Así ve hoy este hombre al joven que fue ayer: "Tuve la oportunidad de irme, pero no me animé a encarar. Yo acá en las cuadreras tuve la suerte de tener una buena caballada y me iba bien".
Héctor tenía 21 años cuando nació Gustavo, su primer hijo varón. El niño mostró prontamente su gusto por los caballos: "De chiquito le compré un petiso y lo tenía en un stud -cuenta el padre-. Un día, a los dos años y medio, le pegó un chirlo al petiso y salieron al galope; los tuvimos que correr. A los 4 años ya andaba solito en los caballos de andar y a los 10 se subió a varear uno de carrera".
Gustavo siempre fue muy apegado al padre y además demostraba mucho entusiasmo por el turf. Héctor Calvente cuenta que cuando su hijo tenía cinco años a veces tenía que salir a la noche, a escondidas, para viajar a alguna provincia a correr. De otra manera Gustavo se despertaba e insistía hasta que lo dejaban acompañar a su padre a las carreras.
Como se dijo más arriba, el pequeño Calvente casi se había criado arriba de los caballos, y por eso le llegó tan temprano la hora del debut. Así lo cuenta su padre: "A los 11 años ya se veía que él tenía un dominio muy especial de los pura sangre. Un día, cuando tenía 13, yo estaba por correr una yegua de Pergamino y le pedimos al cuidador si dejaba que me reemplazara Gustavo. Casi tuvimos que pagar para que corriera, tuve que firmar un papel con la policía para autorizarlo".
Gustavo corrió y entró segundo, para esa época pesaba 35 kilos y tuvo que esperar dos años más para que llegara su día de gloria. Fue un 1° de mayo. El Día del Trabajador tuvo su oportunidad este chico que se había esforzado cada día para lograr su objetivo: llegar a ser jockey profesional.
La fortuna le dio una mano porque su padre tenía varias montas en esa fecha, pero estaba suspendido, y entonces volvió a pedir el lugar vacante para su hijo Gustavo. El chico no defraudó y ganó tres de las cuatro carreras que corrió ese día.
Calvente padre no quería que su hijo cometiera su mismo error de juventud y así fue como Gustavo, recomendado por Héctor, empezó a trabajar en la Capital, primero como vareador del entrenador Nelson González y luego empezó a correr caballos del mismo cuidador.
Desde ese momento fue cuando el público pudo empezar a ver esa situación tan especial: cuando Héctor viajaba a Buenos Aires se los podía ver a ambos, padre e hijo, en la pista, y que gane el mejor. Y en este caso la paternidad sigue en la competencia. Aunque Gustavo secundó dos años seguidos a Pablo Falero en cantidad de carreras ganadas, todavía no puede vencer a su padre en un mano a mano: "Siempre que corrimos juntos yo llegué atrás. En el cuarto de jockeys nos hacemos cargadas, pero una vez que subimos a los caballos lo veo como un competidor más", afirma Gustavo.
Los Calvente, familia de turf, están a punto de cumplir otro sueño: Franco, el hermano menor de Gustavo, tiene 12 años y ya está corriendo cuadreras en Ramallo. El pequeño le pidió un favor muy especial al padre: "No te retires hasta que podamos correr los tres juntos".


