Cuando un ovni aterriza junto al Riachuelo y te trae la UFC

Sebastián Fest
Sebastián Fest LA NACION
Crédito: Santiago Filipuzzi
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18 de noviembre de 2018  • 20:05

Posado a la vera del Riachuelo, un ovni se mantuvo por unos días en Buenos Aires. De la máquina bajaron un par de decenas de luchadores, varios jueces, tres chicas exhibidoras de carteles y hasta las impresoras necesarias para que toda la operación funcionase a la perfección. La intervención argentina fue menos que mínima, porque los ocupantes de la nave espacial, que no era extraterrestre, sino estadounidense, se ocuparon de todo. Así, antes de que el sol del domingo llegara a calentar el día, el ovni se fue y dejó una pregunta: ¿qué es eso que vimos?

Una sucesión de hombres moliéndose a golpes. O, lo que es lo mismo, uno de los espectáculos más antiguos y populares de la humanidad, aunque ahora se llame UFC, la sigla del Ultimate Fighting Championship. Que, traducido del inglés, equivale a decir que no hay nada mejor que ellos en términos de un espectáculo de lucha.

¿Qué es la UFC? ¿Deporte? ¿Show? ¿Glorificación de la violencia? Un poco de todo eso, aunque dos cosas quedaron claras tras la noche de sábado y madrugada de domingo en Villa Soldati: una, que en la UFC hay deporte, sobre todo en el octágono, porque nadie da ni resiste esos golpes sin ser un consumado atleta. La otra, que en la UFC hay un enorme negocio en el que los hombres jóvenes son el gran objetivo.

Once años atrás, los hermanos Frank y Lorenzo Fertitta compraron una compañía llamada Pride Fighting Championships. En 2016, ya rebautizada UFC, la vendieron a IMG por 4025 millones de dólares. En el medio suavizaron las aristas más cuestionables de las artes marciales mixtas (MMA), alejándolas de modelos como el salvaje vale tudo brasileño, de manera de convertirlas en el entretenimiento perfecto. Se lo contó el ex-CEO Lorenzo Fertitta a la revista Forbes: "Nuestra audiencia se concentra en los hombres de 18 a 34 años. Para decidir qué hacer debíamos pensar qué estaba consumiendo ese grupo demográfico en términos de entretenimiento. No es una buena idea programar una fecha de la UFC en un fin de semana de pelea de Manny Pacquiao o Floyd Mayweather, pero tampoco de grandes eventos de la industria del entretenimiento. ¿Ejemplo? Un estreno de Avatar, X-Men o cualquier película que claramente apunte al corazón de nuestra audiencia principal".

Clarísimo. Y si se escucha a Lawrence Epstein, otro ex alto ejecutivo de la UFC, se entiende que lo diferente y en cierto modo inquietante de la UFC es que ahí el negocio llegó antes que el deporte mismo. Las MMA reclaman el derecho a ser entendidas como deporte gracias a los millones que mueven.

Epstein explicó que cuando la UFC decidió que Reebok sería el sponsor exclusivo que vestiría a todos los luchadores, su teléfono no tardó en vibrar. Era ESPN: "Esta es la mejor decisión que hayan tomado nunca. Vamos a mostrar más UFC ahora porque así tenemos muy claro si lo que aparece en el video es UFC o no".

Hasta entonces, los luchadores vestían marcas diversas, algunas de ellas sin el nivel necesario para una transmisión televisiva premium. Con Reebok, la UFC se despegó de los demás circuitos de MMA para convertirse por lejos en el que mejor paga y más difusión tiene. La World Series of Fighting (WSOF) tiene menos presencia y ofrece mucho menos dinero a los combatientes, luchar allí es hacerlo en segunda división. Randy Couture, leyenda de las MMA, acaba de crear una nueva organización, la Professional Fighter’s League (PFL). El negocio, está claro, atrae.

Crédito: Santiago Filipuzzi

En ese contexto hay que poner un ojo sobre los tres luchadores argentinos que enfervorizaron a los espectadores que ocuparon el Parque Roca en un 60 por ciento. Entradas caras, crisis económica y, quizás, el gasto extra de la final de la Libertadores entre River y Boca conspiraron para que llegara más gente, aunque la que había no era poca: muchos grupos de amigos de 20 a 40 años, muchos padres con sus hijos y colas enormes ante los stands de merchandising y para sacarse fotos con grandes figuras de la lucha. Hay, qué duda cabe, una pasión que crece en el país. Según un sondeo de la consultora Opinaia para Fox Sports, encargada de la transmisión televisiva, las MMA son el séptimo deporte entre los que más interesan a los argentinos, solo superadas por el fútbol, tenis, automovilismo, básquet, boxeo y rugby, pero por delante del voley, el hockey, el atletismo y la natación. El sondeo involucró a usuarios de televisión paga, y el sábado era la primera oportunidad de ver a los luchadores en vivo y en casa, de abandonar el televisor.

Para aquellos que tienen pasión por los golpes y la violencia controlada, el entretenimiento está garantizado cuando se despliega la UFC. Y Santiago Ponzinibbio, que vive desde hace años fuera del país, es un gran intérprete del fenómeno. Hubo en la noche de Soldati reiteradas menciones a las dificultades de una Argentina cíclicamente en crisis, se exhibió mucho la bandera e incluso el himno nacional sonó en loop para acompañar el ingreso de Laureano Staropoli, la refrescante aparición de 25 años que se llevó un gran triunfo. No pudo hacer lo mismo el veterano Guido Cannetti, que más allá de eso conectó con el público como pocos. Pero el rey, está claro, es Ponzinibbio, que maneja sus declaraciones públicas con la prestancia de un vendedor de los buenos. "La UFC en la Argentina, ¡lo hicimos realidad! Y les dije que les iba a regalar esta victoria, ¡se la merecen!", dijo al público, antes de subir los decibeles. "Esta mano derecha va a noquear a todos en la división. Y en 2019, ¡el cinturón de la UFC viene para la Argentina!". Emblema local de la UFC, el luchador fue directo al corazón de espectadores que llegaron a pagar entre 2200 y 6800 pesos la entrada: "Yo sé que las cosas no están fáciles acá en la Argentina, toda mi familia vive acá. Las cosas van a mejorar, nosotros nos merecemos cosas mejores, ¡vamos Argentina, carajo!".

Y hay que reconocerle algo a Ponzinibbio, además de sus puños, entrega y carisma para el negocio: está entre los diez mejores del mundo en lo que hace, algo que no demasiados argentinos pueden decir.

Eso sí, un ovni de acento yanqui aterrizando en Villa Soldati tiene sus riesgos: ninguno de los protagonistas, ni tras las peleas ni en las conferencias de prensa, se acordó de los marinos del ARA San Juan, el gran tema del fin de semana en todo el país.

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