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WINNIPEG, Canadá.- El voleibolista Marcos Milinkovic se mata de risa con el Chapa Carlos Retegui, hombre del hockey. En el hall de entrada del Mary Research, edificio destinado a la delegación argentina dentro de la Villa Panamericana, conversan y bromean el lanzador de disco Marcelo Pugliese, la atleta Andrea Avila y el saltador Erasmo Jara. Las chicas del hockey hacen una charla técnica en la planta baja, a un costado. Los gimnastas, con los medallistas Eric Pedercini y Sergio Alvariño, se preparan para ir a comer. Hace calor y los mosquitos enloquecen al equipo nacional. Pero nadie protesta. El ambiente de los Juegos puede más que la inclemencia de los bichos.
Es la vida en la Universidad de Manitoba, centro neurálgico de los atletas en Winnipeg 99. Allí duermen, comen, se relajan, se concentran.
Algunos se hacen amigos nuevos, aunque cuentan que, esta vez, es escasa la interactividad de grupos. La concentración puede más, parece.
No todos siguen un mismo "schedule". Todo depende de las prácticas, las actuaciones, los humores. Coinciden en que se despiertan temprano, eso sí. Pero después, en general, cada uno hace la suya.
Igual, hay tiempo para relacionarse. Con la convivencia, por ejemplo, Cecilia Rognoni (hockey sobre césped) fortaleció su amistad con Alejandra García (garrocha). Y lo mismo hicieron los hombres del hockey sobre césped con los del voleibol.
Clima de Juegos sobra. Será por eso que, según la patinadora Andrea González, "la delegación argentina es la más divertida de la Villa". Y ella puede garantizarlo: "El día del desfile inaugural, íbamos todos en el ómnibus cantando canciones de cancha. Los de los otros países miraban y no entendían nada. Ellos estaban callados, aburridos. Además, entre los argentinos nos alentamos todos".
Se cruzan por la Villa y se felicitan, se preguntan cuándo compiten, se prometen presencia en las actuaciones de los demás. Y van. No fallan, a no ser que no los dejen entrar por falta de localidades.
Los más divertidos, coinciden todos, son los del voleibol y los varones del hockey sobre césped. Ellos forman la barra más ruidosa. "Cuando íbamos a entrar en la ceremonia de apertura me empezaron a cantar cosas con eso de que era la abanderada", recordó Andrea González. "Cuando entré en la Villa, después de ganar la medalla dorada, los del voley me estaban esperando y me llevaron en andas", dijo también Alejandra García.
Otros se quejan por cierto vedettismo. "Una cosa son los profesionales y otra somos los amateurs", explicó uno de los medallistas en tenis de mesa. "No hay mala onda. Sencillamente, no tenemos relación. Ellos no deben saber ni quiénes somos nosotros", continuó.
Con delegaciones de otros países los mano a mano son escasos. "Antes de competir estamos todos concentrados. Y después, nadie se queda. El que ya participó, se va. No hay gente que no tenga nada para hacer", comentó Alejandra García antes de regresar a la Argentina.
Ni siquiera en el comedor, donde coinciden cada mañana, cada mediodía, cada tarde, cada noche, llegan a hablar demasiado. "Es que a comer vamos en grupo, así que conversamos entre nosotras", señaló Paula Gatti, del basquetbol.
No hay trasnochadas y los shows planeados cada día en el Quadrangle, la plaza principal de la Villa, tampoco consiguen demasiada repercusión. "Si no estás entrenándote, estás compitiendo. Y si no, es preferible ir a ver a algún otro argentino", contó Alejandra Fernández, compañera de Paula en el basquetbol de mujeres.
Mucha concentración, se ve. Camaradería y buen ambiente, aunque no tanta interactividad como se suponía, también. Así es la vida en la Universidad de Manitoba. Así transcurren los días de los argentinos en los Juegos Panamericanos.


