Un partido asfixiante antes del grito liberador

Marcelo Gantman
Marcelo Gantman PARA LA NACION
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9 de julio de 2014  • 21:31

SAN PABLO.- Van 82 minutos de un partido de ajedrez jugado con pelota. Kuyt tiene que hacer un lateral y demora. Ninguno de sus compañeros está libre. Ninguna opción para ese pase con las manos. Argentina presiona y raspa. Muerde en cada sector de la cancha. Holanda no logra ni hacer un lateral en paz.

La explosión luego de los penales atajados por Sergio Romero devolvió el aire a los pulmones. El partido no tuvo oxígeno. Argentina hizo de su falta de equilibrio una tarea urgente por corregir y luego de dejar atrás a Bélgica y Holanda, su consistencia y su personalidad está sustentada en su capacidad defensiva.

El equipo de Sabella daba ventajas en el fondo, donde corría mucho aire y cerró huecos, agujeros, ventanas y obviamente espacios. Ya no le ofrece beneficios a nadie. De atrás para adelante el equipo se reconfiguró y exhibe esa solidez como valor. A eso desde ya le sigue agregando la presencia de Messi, un peligro latente aún cuando quede sumergido en el entramado de un partido industrial planificado por Van Gaal y redefinido por Sabella.

Una nueva generación de argentinos siente en la piel, por primera vez, lo que significa llegar a una final de un Mundial. Es un estado emotivo único. El Maracaná fue el punto de partida y el Maracaná es el punto de llegada. Parece que pasó una eternidad. Tanto pasó que Javier Mascherano era entonces el mejor "5" de la Argentina y ahora es el mejor del Mundial.

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