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Se puede discutir si la decisión de David Pintado de no entregarle entradas a la barra brava de River Plate fue tardía o no.
Pero en algún momento alguien debía tomar la inicitiva de negarle entradas de favor a los integrantes de las barra bravas, que siempre actuaron activamente o por omisión de los dirigentes del fútbol.
Pintado lo que hizo fue plantear una oportunidad para atenuar -ya que no terminar- con la violencia en el fútbol.
Una ocasión casi única. O los colegas de Pintado se sumaban y adherían a esa posición o iban camino a que un día se encontraran con los barrabravas imponiendo condiciones, decidiendo por los dirigentes lo que había que hacer y lo que no.
Si en los clubes esto se entendió claramente o la adhesión que recibió la inicitiva del dirigente de River queda en buenas intenciones que no se cumplirán, es cosa que el tiempo pondrá en claro.
Pero no estaba en juego unas entradas de más o de menos. Había algo más importante: no ceder frente a las presiones de las barras bravas, que los propios dirigentes acostumbraron a que así funcionara una relación con ingredientes políticos muy marcados.
La actitud de Pintado -a sabiendas o no- le dio a los dirigentes una oportunidad que la tomaban o terminaban perdiendo el control de los clubes.
Lo que se conoció como "la hinchada", hace alrededor de dos décadas comenzó a transformarse en barras bravas.
El camino fue peligrosamente ascendente. Impusieron condiciones, se covirtieron en factor de presión, transformaron un estadio de fútbol en un escenario de violencia y comenzaron con una escalada que se extendió más allá del ámbito del estadio.
Siempre hubo episodios de violencia en el fútbol. Lo que significó la irrupción de las barras bravas fue la organización para la violencia y hasta para el delito.
Cada una de esas barras bravas tuvo "un padrino" político o gremial y "un referente" interno, como "El Abuelo", en Boca o "Sandokán", en River.
"Sandokán" fue protagonista, en el verano de 1993 -era por entonces jefe de la barra brava de River- de un episodio que ya comenzaba a revelar que las hinchadas se habían convertido en "barras bravas" organizadas para presionar a dirigentes y técnicos, hasta llegar acompañado por otro de los integrantes de ese grupo, de apellido Guajardo, con quien fue hasta la concentración de River para presionar a Daniel Passarella, en aquella época técnico de River.
Passarella los enfrentó y como consecuencia de ello recibió dos navajazos. Los agresores fueron apresados. "Sandokán" estuvo detenido por seis meses. Guajardo por ocho.
Aquel episodio hoy no es recordado por muchos. Sin embargo, Passarella fue uno de los pocos que les hizo frente a dos integrantes de la barra brava de River.
Sin embargo, aquello no fue suficiente para que los dirigentes del fútbol tomaran una decisión.
Desde entonces hasta ahora, muchos son los hechos violentos que rodearon un partido de fútbol. Dejaron de tener como único escenario los estadios.
Se expandieron por las calles, se adoptó la modalidad de tender emboscadas ya no al calor de un resultado -que tampoco es ni siquiera una justificación- sino antes de los partidos y el fútbol quedó envuelto en la violencia de quienes recibían favores por parte de los propios dirigentes.
Ahora todos hacen causa común con Pintado. No es la solución. Es un paso hacia ella, siempre que las palabras sean acompañadas por los hechos.
Si los dirigentes desperdician esta oportunidad, tal vez no se les presente otra y las barras bravas decidirán por ellos.



