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HERZOGENAURACH.- Matías Brignone se desgañitaba desde el portón de acceso al predio HerzogsPark. "Pulga, Pulga, Pulga Soy yo, Matías... Pero mirá vos, ché, no lo puedo creer. Me vengo hasta acá y no tengo manera de poder charlar un minuto", se lamentaba. Sus gritos pretendían llamar la atención de Lionel Messi, que en forma cansina bajaba del ómnibus, cargaba su bolso al hombro y entraba dentro del casco principal sin apenas mirar al grupo de hinchas que se agolpaba en el ingreso.
Llamar al jugador de Barcelona por el apelativo de "Pulga" no se trataba de un exceso de confianza. Brignone aseguraba conocer a Messi de la época infantil, cuando jugaban juntos en Rosario. "Yo era N° 5 y él ya se veía que tenía pinta de crack. Ahora, cada tanto mantengo contacto con él a través del chat", comentó este rosarino, de 20 años, "leproso hasta la médula", como le gustó definir su fanatismo por Newell s. Lleva cinco meses en Alemania, pero piensa permanecer mucho menos que los cinco años que suma su hermano. "Trabajo en una heladería y con lo que estoy ahorrando por mes pienso volver a Rosario y ponerme un bar. Acá me tratan muy bien, pero se extraña mucho, a la familia, los amigos, todo", expresó.
Los que ayer se acercaron a recibir al seleccionado en la concentración tuvieron algo de estoicos para esperar durante más de un par de horas bajo una lluvia incesante y un frío que calaba hasta los huesos . En el grupo que montó guardia había argentinos y algunos alemanes movidos más por una medida curiosidad que por una irresistible tentación de estar cerca y tocar a los jugadores, que fueron inaccesibles para todos por igual porque entraron con el ómnibus hasta adentro del predio. De ahí que algunos se sintieron decepcionados. Y no faltó quien lanzó un grito desafiante: "Saluden amargos". Imposibilitados de compartir un momento con los futbolistas, los hinchas, envueltos en algunas de las banderas argentinas que habían llevado, terminaron sacándose fotos y siendo filmados por los medios periodísticos de nuestro país.
No será la primera vez que se hable de la diferencia para relacionarse en situaciones de este tipo entre los jugadores brasileños y los argentinos. Mientras aquellos hacen gala de una sociabilidad mucho más natural y espontánea ante la gente, nuestros compatriotas suelen adoptar una postura más distante y desconfiada. Acostumbran a mostrar buena predisposición y receptividad cuando se trata de algo organizado y debidamente previsto, como ocurrió con la emotiva despedida en el Monumental, pero tienden a evadirse si es por sorpresa.
En comparación, la recepción de ayer fue muchos menos numerosa y cálida que la vivida por el anterior seleccionado en el J-Village, de Japón. Hace cuatro años hubo más chicos y a la delegación se la agasajó con flores y un número musical. Ayer, todo fue más privado: un grupo de una orquesta local terminó interpretando algunos temas dentro del hall de entrada, a resguardo del mal tiempo que le había impedido tocar al aire libre.


