

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.
CORDOBA.- Todo terminó cuando faltaban 11 minutos para el final del partido. A decir verdad, en el campo de juego ya no había nada más que hacer, sobre todo para Belgrano, inoperante y desorientado, víctima fatal de sus propios errores, que ya había caído muchos minutos antes, cuando Instituto, con dos latigazos de Sarría y un toque oportuno de Ojeda, lo había castigado sin piedad.
A los 34 minutos del segundo tiempo, el árbitro Daniel Giménez, de impecable actuación, luego de consultar con los jefes policiales encargados del operativo de seguridad, dijo: "No va más", y bajo el telón de un espectáculo que se perfilaba atractivo (por el buen juego del ganador) y que terminó siendo bochornoso. ¿Por qué hubo tal final? Todo tiene su historia. Y esta no es muy difícil de contar.
La impotencia del perdedor fue trasladándose, minuto a minuto, a su hinchada. Sin que mediara algún gesto discutible del árbitro o alguna desmedida reacción adversaria, los simpatizantes de Belgrano fueron recostándose sobre un costado de la tribuna sur del estadio Córdoba para hostigar al técnico Luis Blanco y a la dirigencia del club.
Fueron instantes en que sólo se escucharon voces gruesas y amenazadoras, gritos que expresaban el disconformismo por una mala actuación. Belgrano, jaqueado en la cancha, daba lugar a la crítica, pero no a lo que se vio después, mezcla de enajenación y barbarie.
Por un momento pareció que se atenuaba el hostigamiento de los hinchas. Instituto ganaba 3 a 0, dominaba el juego y recibía esporádicos ataques en su arco. Entonces, tibiamente surgió de nuevo el aliento para Belgrano. La escena registró un breve tiempo de calma, sólo quebrada con silbidos de despedida a Blanco al finalizar el primer tiempo.
Pero eso no fue más que la antesala del despropósito. Piedras y más piedras empezaron a caer sobre la pista de atletismo que circunda el césped. La policía mantuvo la cautela hasta que un grupo de hinchas intentó sortear una reja para ingresar en el campo. Sonaron las balas de goma, comenzaron a observarse corridas en la tribuna y detrás de ella, en donde los hinchas rompían baldosas para reabastecerse, ya pudo verse nítidamente el contorno diabólico del caos. Algunos jugadores de Belgrano intentaron calmar a la gente, otros quitaron las piedras de la cancha y el árbitro, luego de diálogos con los futbolistas y la fuerza de seguridad, decidió continuar.
El partido siguió esta vez sin los matices que Instituto impuso en la etapa inicial. Fue expulsado Pino, Sarría terminó de confirmar su buena labor con un par de buenos toques y alguna que otra gambeta, y el minutero seguía comiéndose un espectáculo que cayo de nivel. Instituto estaba cómodo con lo conseguido; Belgrano no podía con sus problemas.
Hasta que un grupo de hinchas del equipo local utilizó como puente un cartel de publicidad en el foso perimetral e ingresaron al campo de juego. Hasta uno de ellos se arriesgó a correr varios metros y robó una campera del personal de bomberos, que se había replegado. En ese instante Daniel Giménez, ante la posibilidad de que se produzca una invasión masiva, suspendió el encuentro.
El vandalismo no concluyó en el estadio y siguieron en los sectores aledaños al escenario del cotejo, donde un centenar de inadaptados rompían los vidrios de los vehículos ubicados en las playas de estacionamiento. El saldo de los desmanes fueron 17 omnibus y 50 automóviles dañados, entre ellos una patrulla de policía. Además hubo veinte efectivos policiales y cuatro civiles heridos.
Más tarde, el jefe del operativo de seguridad, comisario inspector, Carlos Góngora, precisó que había 49 menores y 82 mayores detenidos.
La mayoría de los menores detenidos fueron alojados en la unidad judicial 22 con asiento en el barrio Chateau Carreras. También indicaron que varios detenidos mayores de edad serían derivados a la alcaidía de tribunales, por haber infringido el Código de Faltas en algunos de sus artículos.
Tal vez lo que ocurrió ayer sea un llamado de atención para que se incrementen las medidas de seguridad en el clásico que jugarán pasado mañana Instituto y Talleres.
Como ya se hizo costumbre en estos tiempos la violencia eclipsó otra vez al fútbol. Hubo heridos y detenidos. Lamentable síntesis de otra fiesta que quedó trunca.
La violencia está enquistada en el fútbol y no es casual; en todo caso es un reflejo de una sociedad que cada día parece más debilitada y se refleja en una cancha tal como ocurre, a diario, en la vuelta de cualquier esquina. El intento de un diagnóstico nos llevaría a un laberinto que rozaría, entre otras cosas, lo social, lo psicológico; en fin, mucho aspectos que tienen que ver, en definitiva, con el hombre, nada menos.
Sin embargo, la violencia del fin de semana, con dos puntos clave: Rosario, en el partido que Boca le ganaba a Central por 3 a 0; y en Córdoba, con la victoria de Instituto sobre Belgrano, también por 3 a 0, que fueron suspendidos, nos obligaba a una reflexión, casi primaria: la falta de control en los estadios.
El sábado por la noche, en Rosario, se contabilizaron 35 bombas de estruendos que cayeron en pleno campo de juego, muchos antes del comienzo del partido.
Ayer por la mañana, en la capital cordobesa, ocurrió algo bastante similar: los hinchas, o los barrabravas, como se quiera llamarlos, también tenían en su poder bombas de estruendos, por ser benévolos. Y se sabe que en cualquier estadio, ocurre lo mismo.
¿Cómo hacen para entrar con tanto armamento y, libremente, moverse en la tribunas? No se necesita mucha imaginación: los dejan entrar. Y en muchos casos, antes de que se jueguen los partidos.
Las reponsabilidades están claras: los dirigentes, por un lado; la policía, por el otro, que no ejerce un adecuado control. Justamente ahí, en el control de los hinchas que entran en las canchas, parece estar en gran parte de la solución. No parece ser tan difícil; salvo que los dirigentes prefieran que todo sigua igual y, frente a otro acto de violencia, decidan poner el grito en el cielo. Como siempre.


