Cómo los influencers están corrompiendo el festival más experimental del mundo

Crédito: Fast Company
Burning Man se convirtió en uno de los eventos artísticos más icónicos a nivel global, combatiendo las fuerzas del mercado, pero ahora su espíritu está en peligro ante el avance de las redes sociales
Carrie Battan
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7 de septiembre de 2019  

Era la mitad de la semana en Black Rock City, Nevada, y la gente se veía desaliñada. Días de acampada, cocinar, explorar y hacer fiestas con recursos limitados en el remoto terreno árido donde se realiza Burning Man al final de agosto cada año había dejado a la mayoría de los participantes sin nada del aspecto bruñido con el que pudieron haber llegado.

Pero un grupo de personas se veía sospechosamente bien preservada. Parecían recién duchados con sus disfraces cuidadosamente seleccionados, en muchos casos combinaban alas, brillo y vientres expuestos. Parecían ir rumbo a una sesión de fotos y algunos de ellos posaban para fotos en el desierto dignas de Instagram con todos los hashtags relevantes. Mientras que la mayoría de los más de 70.000 participantes de Burning Man se acomodaron en casas rodantes y carpas improvisadas, un número creciente de estas personas acicaladas disfrutó de instalaciones más lujuriosas: campamentos all-inclusive con aire acondicionado, duchas, wi-fi confiable y camas grandes. Una fortaleza estilo hotel boutique ofreció una selección de "carpas beduinas" (US$25.000 la semana) y alojamientos de dos dormitorios (US$100.000 la semana) junto con "sherpas personales" para los invitados. Los organizadores del hotel habían promovido estas comodidades online como "el lugar perfecto donde escapar de toda la locura".

A lo largo de sus 33 años de historia, Burning Man, un experimento de ocho días de vida radical libre del afán mercantilista ha atraído una multitud locamente diversa. Ha albergado hippies, artistas y activistas; bromistas, fiesteros y tecnoutopistas; entusiastas del punk, el grunge y la música electrónica; libertarios, socialistas e incluso multimillonarios. Todos han abrazado -en distintos grados- los 10 principios que estableció el fundador Larry Harvey en 2004, incluyendo depender de uno mismo, auto expresión, inclusión, ser dadivoso y cierto espíritu anticapitalisa. Pero durante el evento de 2018 muchos habitantes de la playa (como llaman los participantes al Desierto de Black Rock) se encontraron con un grupo que les resultaba difícil asimilar. Habían llegado los influencers.

Aunque los organizadores de Burning Man tratan de evitar el término "festival", prefieren llamarlo un "catalizador de cultura creativa", el evento es parte de un boom global de encuentros centrados en la cultura interdisciplinarios que hoy incluyen todo, desde el nuevo festival de música e ideas Something in the Water de Pharrell Williams, pasando por el Goop Wellness de Gwyneth Paltrow, hasta baluartes como las ferias de arte Frieze y South by Southwest. Se pronostica que los eventos de música en vivo crecerán de US$25.600 a ser una industria global valuada en US$31.000 millones para 2022. Coachella, por ejemplo, atrajo 125.000 participantes en cada uno de sus dos fines de semanas en 2017 y recaudó US$116 millones, multiplicando por diez los ingresos de 2007, alimentado por la venta de entradas y merchandising, patrocinios corporativos y otras asociaciones con marcas. El evento de 2018 de Coachella generó 4 millones de hashtags, muchos de influencers de redes sociales que usaron el festival como telón de fondo para promocionar un producto.

Burning Man, que se llevó a cabo la última semana, recauda más de US$45 millones anuales, pero obcecadamente ha resistido la mercantilización, usando la mayoría de sus ingresos por la venta de entradas para promover actividades comunitarias en todo el planeta y ofrecer subsidios a artistas para crear instalaciones a gran escala. No hay mesas de comercialización ni proveedores de alimentos en Burning Man: todas las experiencias -música, arte y más- son gratis. Según la CEO de Burning Man Project, Marian Goodell, que dirige la ONG de 120 empleados desde el 2013, la organización ha rechazado sponsors y marcas a lo largo de los años. La ubicación remota y escasa conectividad de Burning Man le ha hecho relativamente fácil resistir las fuerzas comerciales. Pero el encuentro de 2018 -el primero sin el fundador Larry Harvey, que había fallecido pocos meses antes- fue diferente.

Goodell y otros miembros del equipo de conducción advirtieron demasiadas rupturas en el tejido social de la playa: demasiados celulares, esos campamentos privados, gente aparentemente más interesada en cumplir con sus objetivos personales que en sumarse a una comunidad. Ella y sus colegas supieron de una mujer de 70 años que trató de subirse a una suerte de carroza y fue rechazada por no ser "una chica hot". Goodell misma recuerda el encuentro con un auto con música electrónica atronadora que se negó a bajar el volumen durante la ceremonia anual de quema del templo del evento, momento que habitualmente invita a los participantes a la reflexión. Goodell tuvo la sensación de que un contingente en Burning Man se estaba comportando como si estuviera en "una fiesta de año nuevo".

Peor aún fue la actividad comercial. Por pedido de Goodell los empleados armaron un informe de 55 páginas documentando todo. Estaban los servicios de viaje estilo conserjería y los campamentos plug-and-play. Hubo una app de redes sociales aún en versión beta que utilizó las listas de correo de Burning Man para conseguir usuarios. El diseñador de moda Manish Arora, participante de larga data, mostró una colección en la semana de la moda de París que incorporó imágenes y palabras de instalaciones de Burning Man sin aprobación de los artistas. Hubo sesiones de fotografía, muestras de productos e incluso algunos lanzamientos en Black Rock City. "Hay gente en Instagram diciendo qué marca de bicicleta [usan en Burning Man], qué botas tienen" dice Goodell. "¿Por qué harían eso? No entienden nada".

Burning Man se define por su ética tolerante, pero Goodell decidió imponer algunos límites. En febrero publicó un artículo extenso en el sitio de Burning Man anunciando el mandato de volver a centrar Burning Man en sus principios centrales. Goodell dijo que Burning Man estaba introduciendo más de sus entradas de "bajos ingresos" (por US$210) y reduciendo la cantidad de las de precios más elevados, que llegan a US$1400, según cuando se las compre. También prioriza el acceso a colectivos de arte establecidos y analizando cuidadosamente las solicitudes de gente que quiere armar un campamento temático. "Si un campamento es demasiado grande y llamativo es nuestra responsabilidad decir 'empiecen más pequeño'", dice Goodell. Por empezar no se volvió a invitar a Humano para 2019. "El mundo exterior tiene herramientas que están comenzando a afectar nuestros valores", dice Goodell. "Pero nosotros no chillamos ni dijimos a todos que guardaran sus celulares. ¿Cómo puede la organización hacer esto por sí sola... No podemos. Tenemos que hacerlo con la comunidad". De última, para preservar la integridad de Burning Man -para que siga siendo un lugar que refracta en vez de reflejar el mundo más allá de la playa- Goodell busca que los participantes cambien su modo de actuar. Pero en la era de los sponsors, cuando cada fotografía es potencialmente un apoyo a un producto y cada persona es una marca que aguarda una promoción, el ecosistema desértico de Burning Man está cada vez más en peligro.

"Basta ver unas pocas fotos de Burning Man para saber que es dramáticamente hermoso", dice John Styn, que se hace llamar Halcyon y lleva el pelo rosa y grandes perforaciones en las orejas. Los últimos 20 veranos ha hecho la peregrinación al paraje bañado de sol de Black Rock City, cubierto de obras de arte absurdas, gigantes, que se ven como algo soñado por diseñadores de Disney drogados con LSD. "Si uno hizo una carrera de ser dramáticamente hermoso y ser influencer, tiene sentido ir."

El año pasado, una modelo de Los Ángeles llamada Natasha Wagner, una de cientos de influencers que usan el hashtag #Burnerettes, participó de Burning Man por tercera vez. Fue parte de un grupo llamado Camp 747, que arrastró un viejo Boeing 747 al desierto y lo convirtió en un boliche. Algunos participantes vieron el esfuerzo como el pináculo de la imaginación, otros lo vieron como una muestra elitista y ostentosa. Su campamento ofreció a los invitados dos comidas diarias, junto con duchas, productos para el pelo Paul Mitchell y tequila Patrón, provistos por el CEO de Paul Mitchell, cofundador de Patrón y participante de 747, John Paul DeJoria.

Una diseñadora amiga había dado a Wagner un chaleco imitación piel para usar en Burning Man. Wagner no tuvo conexión de celular en Black Rock City, pero cuando volvió a casa, nombró a la diseñadora en uno de sus mensajes de Instagram y le mandó una foto. La diseñadora subió la imagen a su cuenta de IG. Más tarde, luego de leer acerca de los "esfuerzos de corrección de curso cultural" de Burning Man, Wagner advirtió que esto era una infracción a la ética de Burning Man. "No queremos que Burning Man se convierta en una gran campaña corporativa" admite.

Esta no es precisamente la primera vez que Burning Man ha tenido que luchar por su alma. Cualquier participante de larga data bromeará acerca de la larga historia de crisis de identidad del evento. El encuentro comenzó cuando Larry Harvey, un artista de San Francisco, construyó una estructura de madera de tres metros de alto representando un hombre en 1986 y la quemó en una playa local con algunos amigos. Repitió la ceremonia catártica al año siguiente y pronto se convirtió en una tradición anual en su comunidad artística de San Francisco. Eventualmente Harvey obtuvo un permiso del estado de Nevada para formalizar el evento en el desierto.

La noticia corrió de boca en boca en las comunidades artística y tecnológica y para mediados de la década del '90, alrededor de 10.000 personas tomaban rumbo al desierto cada agosto para experimentar lo que se había convertido en una bacanal de esculturas que emitían fuego, flotas adornadas, fiestas y disfraces alocados (o sin ropa), sin policía ni seguridad y sin reglas oficiales. No se prohibieron las armas hasta 1997.

Hoy la frontera se hace aún más borrosa para artistas cuyas instalaciones a menudo requieren miles de horas de trabajo (a menudo sin paga) y decenas de miles de dólares de materiales. El año pasado un colectivo de arte llamado Studio drift creó un proyecto de drone enorme en Burning Man, un emprendimiento que originalmente se presentó en Art Basel con fondos de BMW. ¿Eso asocia a Burning Man con BMW? "Tenemos que manejar ese tipo de ejemplos considerando cada caso", dice Goodell, que señala que la presentación del drone en Burning Man no fue financiada por la empresa automotriz.

La música es aún más complicada. Muchos de los más ardientes concurrentes a Burning Man resistieron fuertemente la avasallante fuerza de la cultura rave. "Creo que fui el primer DJ famoso" dice la leyenda de la música electrónica Paul Oakenfold, que comenzó a participar de Burning Man en 1999. "Amigos me alertaron que no era un festival de música y que todo lo de Burning Man debía ser privado y que no debía documentarlo, lo que me resultó extraño".

La llegada de DJ conocidos trajo un nuevo tipo de asistente, incluyendo los influencers que van en bandada a los festivales musicales de todo el mundo. Oakenfold fundó un campamento centrado en la música electrónica en 2013, llamado White Ocean, que invitaba DJ y organizaba fiestas. El campamento fue atacado en 2016 por un grupo de antiguos participantes del encuentro buscando expresar su repudio. Oakenfold sigue participando de Burning Man, aunque White Ocean no ha vuelto.

"Creo que White Ocean fue atacado injustamente", dice. "Yo trabajo en la música y no se trata de decir 'esto es mío'. Se trata de compartir y avanzar". Ve un profundo cambio cultural en el futuro. "Era natural que las redes sociales fueran el siguiente paso. Burning Man iba a ir por ese camino inevitablemente".

Como sea, Burning Man está en un cruce de caminos. Puede seguir educando al público, energizar a la comunidad, alentar las mejores prácticas y proteger su propiedad intelectual. Pero al esforzarse demasiado por preservarse, corre el riesgo de socavar el espíritu libre del evento y crear una especie de guerra civil en el desierto. Goodell dice que hasta ahora se siente alentada por la reacción por su mensaje de corrección de curso: cree que tuvo un impulso extra online luego de los documentales en Netflix y Hulu acerca del Fyre Festival basado en los influenciadores, que describe como un "gran campamento plug-and-play".

Pero Goodell enfrenta una nueva amenaza. En junio las autoridades del estado de Nevada, que otorgan el permiso de Burning Man para su realización en el desierto de Black Rock, difundieron una declaración de impacto ambiental que recomendó, entre otras cosas, contratar una firma de seguridad privada para controlar el ingreso de drogas y armas. Goodell rápidamente condenó la idea de someter "un encuentro pacífico de gente al control de armas sin causa probable más que el deseo de participar de Burning Man". Y -como cualquier buena CEO -ha contratado una firma de lobby de primera línea de Washington DC para que ayude a apelar esa propuesta.

Traducción Gabriel Zadunaisky

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