
Antonio Berni, la mejor inversión
Cuando se habla de la obra del rosarino Antonio Berni nunca es más cierto aquello de que difusión es mercado. El pintor argentino más importante del siglo XX fue el único que logró cerrar la venta de una de sus pinturas por un millón de dólares. La obra de marras es Desocupados, fresco social icónico que relata visualmente la crisis del 30 y muestra en su mayor esplendor las condiciones pictóricas del artista, que había aprendido los secretos del muralismo junto a David Alfaro Siqueiros.
Colaboró con el mexicano en el mural encargado por Natalio Botana para la quinta de Don Torcuato, donde el dueño del diario Crítica pasaba los fines de semana. Ejercicio plástico es una obra poderosa, visceral e irrepetible. Por suerte para nuestro patrimonio fracasó el intento de llevarla fuera del país y, tras un largo encierro de chapa y humedad, se exhibe restaurada en el pabellón contiguo a la Casa Rosada, acondicionado ad hoc.
Hay una fecha clave en el lanzamiento internacional de la obra de Berni, en la que mucho tuvo que ver la galerista y marchand Ruth Benzacar, conocida en el ambiente como la Zarina del arte. Fue a mediados de los años 90 cuando Jorge Glusberg, como director del Museo Nacional de Bellas Artes, organizó una muestra del artista rosarino, que fue visitada por unas 350.000 personas. Un blockbuster anunciado poco antes con la compra de Orquesta típica. La pintura elegida por Pacho O'Donnell, entonces secretario de Cultura de la Nación, tapizó la ciudad de Buenos Aires y todos nos hicimos amigos de esos músicos que tocan el bandoneón.
Berni era un pintor de éxito. Ganó fama por sus retratos de chicos de piel mate y ojos grandes, que se vendían como pan caliente entre el nuevo coleccionismo, defensor a ultranza de un arte nacional. Sus cuadros eran un imán para el público formado por jóvenes profesionales y miembros de la colectividad judía, que se contaban entre los mejores clientes de Bonino y Benzacar, cuando la Zarina atendía a la clientela en una planta baja del barrio de Caballito.
Después de la muestra del Bellas Artes llegó la salida internacional con el envío de obras de Berni a las subastas latinoamericanas, que dos veces por año congregan a lo más granado del coleccionismo continental en las salas de Sotheby's y Christie's. La gallina ciega, primero, y luego el doblete de Ramona espera (comprada por Amalita Fortabat) y Juanito dormido, adquirido por Eduardo Costantini, fueron noticia en Nueva York y convirtieron a Berni en la figurita difícil y en la mejor inversión, si se trataba, sobre todo, de la obra menos conocida que el maestro había guardado celosamente en su propia casa. Costantini tenía dos cuadros antológicos, Manifestación y La mujer del suéter rojo, pero con Juanito dormido sumó el personaje central de la saga berniana.
La cotización del pintor rosarino fue, desde entonces, imparable y sus tenedores difícilmente acepten pesificar el precio. Como ocurre con Picasso, la producción de Berni conduce a sus seguidores por los caminos más diversos. Cambia y vuelve a cambiar; se arriesga a cargar la tela de desechos de la sociedad de consumo, como estaba haciéndolo Robert Rauschenberg en Nueva York. En Manhattan pinta Chelsea Hotel, pintura impregnada de una sensualidad sin veladuras, también hoy parte de la Colección Costantini. La condición "museable" de sus cuadros los vuelve más deseados y más caros. Juanito y Ramona protagonizaron una antológica en el Museo de Houston que se vio luego en el Malba. Y por si algo faltaba, la presidenta Cristina Kirchner inauguró el nuevo guión del Museo de Bellas Artes rodeada de cuadros de Berni, justamente en la sala que lleva su nombre.
Sentado en las primeras filas estaba el comprador de Desocupados. Buena inversión. Como se dice en la jerga: hoy ese cuadro "no tiene precio".







