
Encontrá las guías de servicio con tips de los expertos sobre cómo actuar frente a problemas cotidianos: Adicciones, violencia, abuso, tecnología, depresión, suicidio, apuestas online, bullying, transtornos de la conducta alimentaria y más.


Siempre hay un familiar, vecino o conocido que juega a la lotería continuamente, como si se tratara de un negocio más. Cuando se pregunta por el retorno de esta inversión, la respuesta no exhibe dudas: sumando éxitos y fracasos, se asegura, se le va ganando a la suerte. Pero si la estadística todavía significa algo, esa convicción debería revisarse. Acertar a la última cifra de la quiniela paga siete veces la apuesta, pero hay diez cifras posibles. Por lo tanto, la apuesta está estructurada para que el jugador pierda en el largo plazo. Y si no fuera así, si de verdad la mayoría ganara, la lotería no sería un negocio sino una forma excéntrica de redistribución del ingreso.
Esta contabilidad imaginaria que enuncian los jugadores empedernidos podría encerrar un sesgo típico: la ilusión de control. Aunque el resultado dependa enteramente del azar, mucha gente siente que elegir personalmente un número le otorga una ventaja decisiva, como si hubiera combinaciones esperando ser descubiertas por intuición o experiencia. La ilusión de control se basa en una verdad incontrovertible: el número elegido se soñó, es la edad que alcanza un cumpleañero, la patente que recordamos, o alguna otra referencia. Y si el número que salió no está entre las opciones, enseguida nos corregimos explicando que no se consideró lo obvio, que la suerte premió la cantidad de escalones de la casa de la abuela.
Lo interesante de los jugadores que apuestan todas las semanas es que pueden ser excesivamente prudentes en otros terrenos. Es común, por ejemplo, verlos pagar seguros carísimos para cubrir riesgos menores, como cuando aceptan extender garantías de electrodomésticos a precios descabellados. Otros evitan cualquier inversión rentable solo por terror al escenario más negativo, aún cuando la chance de que ocurra sea muy pequeña. Hay quienes prefieren dejar la plata quieta antes que verla oscilar un poco.
La convivencia en una misma persona de la pasión por la lotería y de la aversión por enfrentar pérdidas pequeñas o poco probables nos alerta contra las simplificaciones excesivas en el análisis de cómo se relacionan en la práctica los individuos con el riesgo. La economía más elemental tiende a clasificar a las personas de una única manera: somos amantes, neutrales o aversas al riesgo. Pero más que una actitud fija frente al riesgo, lo que aparece en la práctica es una disposición cambiante, muy sensible a cada situación.
Una de las ideas más robustas de la economía del comportamiento es que las pérdidas pesan más que las ganancias equivalentes. Perder duele más de lo que alegra ganar la misma cantidad. Una posible pérdida concreta se siente inmediata, vívida, personal; una potencial ganancia similar muchas veces no compensa ese dolor anticipado. La realidad financiera argentina refleja este sesgo a la perfección. Muchos ahorristas evitan vender dólares que bajaron de precio porque, mientras no lo hagan, no sentirán que se realiza la pérdida. Mejor esperar a que rebote porque, a la larga, “el dólar siempre sube”.
Otro factor importante en nuestra relación con el riesgo es que las probabilidades muy pequeñas siguen una lógica especial. Una posibilidad microscópica de pegar un salto económico extraordinario puede volverse psicológicamente muy atractiva. En esos casos, no pesa tanto la chance real de ganar como la posibilidad imaginada de cambiar de vida. Los billetes de loterías con mucho premio acumulado casi no valen nada si se compara su valor con la fantasía de una vida nueva. Si bien jugar repetidamente a la quiniela no alberga muchas esperanzas, hacerlo cada tanto y por un premio grande tiene todo el sentido del mundo.
Estas vicisitudes psicológicas frente al riesgo se trasladan al problema de las apuestas deportivas, sospechadas con justicia de estar plagadas de sesgos. El más inmediato es, una vez más, la ilusión de control. A diferencia de la lotería, donde el azar es evidente y las probabilidades son medibles, en las apuestas deportivas es normal sentir la aventura de apostar como un desafío al conocimiento, lo que se refleja en algunas publicidades que te piden “demostrar lo que sabés”. Cuando el azar viene envuelto en la apariencia de conocimiento, el riesgo suele volverse más seductor.
Las apuestas deportivas se apoyan en la memoria selectiva de los aciertos y en la tendencia a encontrar patrones donde seguramente solo hay ruido. Si un delantero metió un par de dobletes seguidos, enseguida aparece la impresión de que “está derecho” (la versión futbolística de la mano caliente del básquet). Otro sesgo es la sobreconfianza típica de una buena racha de aciertos al apostar. Las seguidillas ganando, tanto en el fútbol como en la bolsa, se interpretan como un destello de calidad de nuestras decisiones, y casi nunca se asignan al puro azar. Y si se producen fallos, no hay problema, se pueden reinterpretar como “casi aciertos”, o simplemente mala suerte.
A estos sesgos de las apuestas deportivas se agregan otros, menos vistosos pero igual de presentes. Uno es el sesgo de confirmación, según el cual es apostador construye sus chances reuniendo solo los datos que favorecen su predicción. Otro es el sesgo de disponibilidad, que asigna a lo último que vio pasar un peso excesivo. Un equipo que viene de golear parece haber encontrado la fórmula, y uno que perdió dos partidos seguidos transmite una decadencia que se juzga terminal.
Quizás lo más peligroso de estos fallos se manifiesta cuando la apuesta involucra al club del que se es hincha. Este sesgo afectivo no evalúa con la cabeza sino con el corazón, y confunde lealtad con información objetiva. A pocos meses del mundial, se impone una recomendación para suavizar emociones a la hora de apostar: en un partido de Argentina, lo ideal es jugar plata a favor del rival, para diversificar el resultado: de ganar estarás contento, y si se pierde tendrás una compensación monetaria. Pero cuidado, no hay que excederse en la apuesta porque se corre el riesgo de dejar de lado a la patria por algo de plata.
Acaso lo más riesgoso ocurra después de perder una apuesta deportiva. Ahí aparece con toda fuerza la búsqueda de revancha. Tras el fracaso, la apuesta siguiente ya no busca tanto ganar como recuperar, lo que activa la falacia del costo hundido. Después de haber puesto tanto dinero, tiempo o ilusión en una apuesta a la que se le tenía fe, se siente la necesidad de insistir. El resultado es un cóctel explosivo: se apuesta creyendo que se sabe, se insiste para recuperar lo perdido, y se posterga indefinidamente la cuenta final.
La lección incómoda de todas estas fallas es que la relación con el riesgo se parece poco a la de los manuales. No somos coherentes, ni estables, ni calculadores racionales, especialmente cuando se trata de elaborar pronósticos y apostar por ellos. Nuestra naturaleza es más bien la de ser sensibles a cómo se nos presenta cada posibilidad de perder o ganar. Por eso se compran esperanzas absurdas, se evitan pérdidas mínimas como si fueran catástrofes y se convierte al azar en una narrativa comprensible donde siempre aparecen señales y pistas para explotarlo. El problema no es solo un cálculo equivocado, sino que se necesita darle sentido a lo incierto. Y esa búsqueda puede terminar en perder plata… y el control.



