
En el pueblo de De La Canal, cercano a Tandil, se celebra desde hace 54 años un picnic con asado
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Hace unos días, la ex fábrica La Tandilera, en De La Canal, se vistió de picnic para celebrar la 54a edición del tradicional encuentro bajo la sombra de una antigua arboleda, cercana al arroyo que una vez bajó puro de las sierras. Desde las diez de la mañana la paisanada y sus familias se reunieron para degustar un asado que ya es parte de la tradición canalense.
De esta forma, los casi 800 invitados, cuchillo en mano, a la espera del lechón, los chorizos y el asado, pudieron saborear también los referentes folklóricos que animaron a la gente durante un mediodía que fue prolongándose con la charla y el vino, en una sobremesa que pretendía huir del calor de los asadores y del verano tandilense. Lo recaudado se destinó al Club Defensores de De La Canal, cuyas instalaciones bordean el viejo boliche, cercano al lugar en donde el Tata Dios, Gerónimo de Solané, ultimó a una familia a principios de 1872 y a otros pobres extranjeros que comparten la misma leyenda.
Dicen que el Tata Dios volvió a ese paraje en busca de su talismán perdido, el que, aseguran, le daba poder y así transmitía su carisma a una banda de gauchos alzados que lo seguía con la misma férrea admiración que los fans persiguen a una estrella de rock actual. Pero dejaban tras su andar una estela sangrienta que pronto los llevó a manos de la justicia. El amuleto en cuestión jamás fue hallado, pero la gente de De La Canal sigue creyendo que está en un predio que siempre se mantiene fértil y que la sequía reinante no puede contra él, como un viejo gualicho.
Oscar Alfredo Lasarte, quien preside la comisión del club desde hace unos quince años, señala, que para esta fiesta se encargaron 450 kilos de asado de vaca, casi un millar de chorizos, 25 lechones (unas 1800 piezas), 240 botellas de vino tinto y 80 de blanco, otro tanto de gaseosas, tres bolsas de papas, cinco cajones de tomates, un centenar de kilos de pan y más de un millar de naranjas, para el postre.
Lasarte, como casi todos en el pequeño poblado, mantiene una doble vida laboral. Es, además de presidente del club deportivo, el bolichero del lugar y también el tallerista, especializado en mecánica Ford. Cuenta con marcado entusiasmo que estuvo en todas las fiestas realizadas al costado del arroyo, en donde se "metía a nadar y a calmar los efectos etílicos obtenidos, a veces apresuradamente, pero sin víctimas que lamentar; sin embargo, los comentarios posteriores quedaban flotando por un tiempo".
El hombre que hacía los asados al principio salía al finalizar la reunión en su chata a caballos y cada tanto equivocaba el rumbo y, en lugar de volver a Tandil, marchaba para el lado contrario, y a veces lo encontraban camino a Rauch.
Recuerdos
Afirma Lasarte, a los cincuenta y siete años, que la primera fiesta en la que se organizó este histórico picnic fue en 1951 y que no tuvo el éxito esperado debido a que no era "bien visto" que hombres y mujeres se reunieran junto al arroyo Langueyú, cuyo recorrido es de unos 25 kilómetros y nace del encuentro del arroyo del Fuerte y el arroyo Blanco. Fue así como solamente participaron los hombres de la comisión del club. En el segundo intento, se dieron cita las familias. Pero la gente se robaba la comida y se la llevaba a los autos. Los de la comisión revisaban luego los coches mientras los comensales movían el bigote y "robaban" los víveres llevados a escondidas y éstos eran vueltos a ser ofrecidos entre los presentes. Hoy vienen unos ochocientos invitados que pagan la entrada y nadie se lleva lo que no le corresponde. Antiguamente, el terreno pertenecía a la firma Magnasco y Cía. y, en la actualidad, es de Jesús Ferreiro. El Langueyú, que supo ser una corriente cristalina en sus buenas épocas, es hoy parte de una corriente pequeña en la que no nacen más los berros y en el que nadie se anima a sumergir un dedo, mucho menos aventurarse a pescar una tararira. Como reza un viejísimo refrán, "no hay picnic sin hormigas".
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