
Dinámico y emprendedor y con la disciplina y la voluntad heredadas de sus mayores, este joven industrial cordobés, que comenzó a fabricar con sus propias manos pulverizadoras en El Fortín, pueblo cercano a Marcos Juárez, es hoy el artífice del desarrollo de su establecimiento
1 minuto de lectura'
Ruta 9, kilómetro 443, Marcos Juárez, Córdoba. Viniendo de Buenos Aires se ve, a la izquierda, la renovada planta de Metalfor, fábrica nacional de pulverizadoras y fertilizadoras.
Atractiva es la playa de exposición y amplio y ordenado el taller. Las oficinas son modernas y funcionales. Viendo todo esto es muy difícil comprender los comienzos de esta empresa, en los años 70, en el patio de una vieja casona de un pueblito de 800 personas llamado El Fortín, a 120 kilómetros de Marcos Juárez y a 250 de la capital provincial.
Allí, bajo la sombra de un paraíso, y con las ganas que pueden la pasión por los fierros y el amor por el campo, Luis Angel Dadomo comenzó a darle forma a lo que hoy es Metalfor (por Metalúrgica El Fortín), firma industrial que, pese a la coyuntura del sector agropecuario, se aferra al crecimiento, con una facturación anual de 19 millones de pesos.
A ese pueblo habían llegado de Italia sus cuatro abuelos y allí nacieron sus padres. Ellos trabajaron el campo desde muy abajo...
Con nostalgia y respeto recuerda a su padre, Florencio -fallecido hace cinco años-, "un gringo luchador y de palabra sincera", productor agropecuario, y a su madre, Italia Olivero, "compañera incondicional" de aquél en las tareas rurales y en todo aspecto.
El matrimonio pudo comprar 200 hectáreas y en ese campo llegaron los hijos, dos mujeres y un varón: Luis, "el del medio", nació el 3 de julio de 1954.
El comienzo
Desde sus primeros pasos comenzó a querer el campo. Fue también cuando por las mañanas muy temprano, con frío y con lluvia, mientras arriaba la hacienda o arreglaba alambrados, empezó a meter mano en los arados y en un viejo tractor.
La escuela primaria estaba en el pueblo, a siete kilómetros de su casa. Los hacía a caballo o en bicicleta. O en sulky, cuando iba con sus hermanas.
"Me hubiese gustado seguir estudiando alguna carrera relacionada con la mecánica -reflexionó Dadomo-. Pero a los 12 años, cuando terminé la primaria, mi padre ya me necesitaba para que trabaje a su lado en el campo."
Recordó Dadomo que eran tiempos difíciles. "Teníamos 200 hectáreas, el tractor, la sembradora, las vacas... Era un capital de 500.000 dólares y cinco los que trabajábamos (la familia entera) todos los días, incluidos sábados y domingos. Pero no llegábamos a sacar los 2000 o 2500 dólares que ingresaban en una familia tipo que vivía en el pueblo.
"A esa edad (12 años) ya vislumbraba esa desigualdad y empecé a rebelarme. No podía ser que el que producía estuviera marginado. Percibía que el campo no era redituable y se lo discutía, en el buen sentido, a mi padre."
-¿Cuándo comenzó a sentir que su futuro estaba en la maquinaria agrícola?
-A los 14 años, cuando crecía mi rebeldía hacia esa asimetría entre el productor y el empresario que comercializaba lo que aquél generaba con su trabajo, al mismo tiempo se iba forjando mi pasión por los fierros que, por otra parte incluía autos de carrera y motos. Teníamos un tractor, con embrague manual, que se rompía una vez por día, entonces a fuerza de repararlo comencé a aprender. También observaba a los mecánicos que venían a arreglar la maquinaria.
Recuerdo que mi padre nunca pudo comprar un tractor nuevo. Una vez vino un vendedor para tentarnos por un Deutz 55, un tractorcito lindo para la época. Este hombre se llevó los cheques, pero pasaron los treinta días estipulados para la entrega y el tractor no aparecía. Lo entregaron como a los tres meses. Entonces advertí que había gente que se aprovechaba de la confianza del productor. En ese momento me planteé: no nací para esto.
Decidido a cambiar su vida Dadomo se mudó al pueblo y comenzó una vertiginosa y sacrificada carrera, primero solo, y luego, con la ayuda de colaboradores. Fueron muchas las mudanzas y transformaciones de su empresa hasta llegar a instalarse en Marcos Juárez, el 15 de febrero de 1993.
Hoy, en su escritorio de empresario, -aunque a él mucho no le gusta ese status-, Dadomo comanda a más de 100 empleados. Con cordialidad provinciana recibió a La Nación . No usa saco y corbata. Prefiere jeans y una campera, con lo cual se siente más cómodo para sus cotidianas e incesantes recorridas por los 6000 metros cuadrados que tiene el establecimiento.
Inquieto y de personalidad arrolladora, le gusta hablar en plural, porque, a pesar de haberse iniciado solo, sostiene la idea de que Metalfor "trabaja en equipo". Su consigna es dar ejemplos de trabajo y conducta "desde la cabeza de la empresa hacia abajo".
Todo ello no impide a Dadomo comprender la realidad del sector. "En la empresa entendemos al productor, que no tiene un peso, carece de renta y plantea la necesidad de una máquina y somos conscientes de que hoy tenemos esta empresa gracias al hombre de campo."






