
La señal que advertía que un toro cambiaba de dueño
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"Llevás contramarca -dice, por ahí, Gardel-, sos ajena a mi corral...", en uno de los tantos tangos de tema rural que durante mucho tiempo intentaron disputar la primacía a los de raigambre maleva. ¿Y qué quiere decir esto? Simplemente, que se tuvo a esa mujer y que después pasó a ser de otro. Pues al venderse el ganado se le anulaba la marca colocándole al lado otra invertida, ésa era la contramarca, que dejaba en claro que el primer dueño había dejado de serlo, tras lo cual el nuevo podía aplicar el sello candente de su propia marca.
Como se ve, es, además, significativo testimonio de la asimilación zoológica que tan característica fue de las antiguas comparaciones criollas.
Quedan como hierros oxidados en galpones a los que van a morir herramientas en desuso, aperos desvencijados y monturas cuyo último pingo es un caballete de madera.
Algunas se convierten en barnizada -e incómoda- presa de los anticuarios for export , pero ni aun así tienen mayormente gracia. En verdad, hay que hacer un esfuerzo para comprender la importancia que en cierto momento se les atribuyó, por el interés que había en establecer la propiedad del ganado cuando los potreros eran desmesurados, el alambrado escaseaba y la comercialización entrañaba tropas conducidas por reseros.
Juego de iniciales
En origen individualizaban estancias -el caso paradigmático es el de La Martona, cuya famosa imagen no era sino la marca de esa propiedad de los Casares, a la vez que clásico enigma sobre si representaba a una vaca con cuernos o a una ubre dada vuelta-, pero pronto pasaron a señalar patrones, en un cambiante juego de iniciales.
Tengo presente haber visto una correspondiente a la edad dorada que ilustra a cualquier mitología que se precie de tal: el recuerdo rehace una "S" de Sánchez, bastante achatada y que parecía un 5.
Existían, naturalmente, confiables registros oficiales y eso hizo nacer una idea pretenciosa, acorde con una prosperidad a la que incautamente se suponía perpetua: puesto que se trataba era de ricos y como el Estado se había comprometido a evitar engaños y duplicaciones, muchos vislumbraron la posibilidad de que se constituyese una especie de heráldica ganadera, precisa y oronda.
Por algunas décadas hubo cierto entusiasmo al respecto y no faltaron anotaciones eruditas, libros y reseñas. Luego decayó, arrastrado, seguramente, por la decadencia general de las fantasías rioplatenses.
En el fondo, todos lo sabían: no eran escudos, ni blasones, ni emblemas, ni objeto alguno de ostentación sino de control ejercido ayer no más; no revelaban historias legendarias sino, apenas, a quién pertenecía un semoviente destinado al matadero. Y también eran instrumentos de trabajo, de un trabajo rudo en el que se entremezclaban gritos feroces, polvaredas, revolcones y víctimas.
Aunque, a la vez -según se cuenta-, ese bochinche era una de las grandes fiestas del campo, prolongada por semanas enteras. Un gentío venía al acontecimiento, había paisanos lujosos, corrían la ginebra, la guitarra y los naipes y se acercaban mozas desconocidas, de esas que no dejan rastro.
Hasta que un día desaparecieron las yerras y su rústica alegría cayó en el olvido; todavía años después algún forastero, cada tanto, machaca con eso del inútil sufrimiento infligido a los animales.





