
Arbol de presencia constante en la iconografía criolla
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"Buenos Aires, ¡patria hermosa!, / tiene la pampa grandiosa; / la pampa tiene el ombú", dicen los memorables y pueriles versos de Luis L. Domínguez. Y así fue hasta un punto cercano al agobio: presidiendo la llanura interminable, los vacadas, las tropillas y las destrezas del paisano pialador, estaba el infaltable ombú, que a veces podían ser dos, pero rara vez más. Los viejos grabados son muy machacones al respecto y su colección de gauchos felices u holgazanes -según lo prefiera el egoísmo actual- abunda en poses arquetípicas, jugando con el lazo, templando la guitarra, orejeando el naipe en cuclillas, pitando el tabaco pobretón, o dándole charla a la moza, pero siempre con ese árbol que no lo es por ahí cerca, a un costado o sobre él.
A la sazón, el ombú tenía una relación representativa con el gaucho: donde había uno había un ombú y esto, seguramente, era mucho más cierto de lo que podían imaginar los ilustradores europeos. Porque, en realidad, el ombú era -igual que el caballo, la vaca y aun el propio gaucho- un forastero en la pampa, traído precisamente por la mano del paisano, lo mismo que casi todos los otros árboles por aquí conocidos. De este modo, no se trataba sólo del reparo del gaucho, sino también de su obra.
La pampa próxima únicamente daba montes de talas y de algarrobos, no de otras cosas. Pero donde llegaba el criollo aparecía el ombú, lo que no ocurría en el país de los indios, y de ahí que Fierro y la ex cautiva volviesen de las tolderías "a la tierra en donde crece el ombú". Que, por otra parte, tampoco era demasiado prestigioso, víctima de la doble fama de dar, como la higuera, "mala sombra" y ser muy difícil de plantar, y por el hecho verdadero de que no sirve para dar leña. De esos rasgos, el primero lo cita expresamente Hudson en su célebre relato y el segundo lo sugiere, al tomarlo como referencia, en ese caso mediante el nombre de la desdichada estancia.
Pese a ello, su simiente la llevaba el criollo cuando se metía tierra adentro, quizás en función de una preferencia entonces generalizada aun entre los virreyes cuyas alamedas que no eran de álamos sino de ombúes, así que más valiera haberlas llamado ombuedas . Nadie ha explicado la razón de este capricho y tampoco por qué en alguna época -hace un siglo- dejó de ser habitual, de suerte que hoy apenas si se lo ve, casi siempre representado por ejemplares añosos, en demostración acabada de lo arduo que es conseguir que prenda.
¿Pero de dónde era el ombú, planta herbácea originaria de América del Sur según el diccionario? Remotos recuerdos escolares pugnan con vincularlo con los esteros del Iberá; no obstante, en los alrededores de éstos no lo hay.
En cambio, bastante lejos de ahí, en el departamento entrerriano de Victoria existe una curiosa sucesión de montes de ombúes, con uno que lo es por excelencia y así se lo denomina, situado bien cerca de la población cabecera y del río Paraná.
Los forman, en cada caso, cientos o miles de ejemplares y no pudieron haber sido plantados por mano del hombre -lo que sería insensato, además, a estar a las propias costumbres del país- de modo que hay que suponer que son de formación natural.
Esos montes han sido maltratados y devastados, pero todavía poseen extensión considerable y constituyen un extraño fenómeno fitogeográfico que se intenta preservar mediante leyes y reglamentaciones.
Si esa aglomeración de ombúes indica algo, sería, en todo caso, que el área de difusión originaria de la especie no se ajustaba en un todo a lo popularmente creído. Y ciertas reiteraciones insistentes en las toponimias y en las descripciones entrerrianas y uruguayas y hasta riograndeses pueden, por otra parte, hacer pensar que acaso haya un poco de novela en eso de que fue el gaucho el que universalmente implantó el ombú: Ombú Miní, Ombú Solo, Ombú-Ty, Ombúes de Lavalle, calle Ombú -por un combate de la guerra de Brasil- y, en fin, la cuchilla de Montiel con lomas y arroyos que ensayan infinitas variantes de ese nombre.





