
Según las razas y los cruzamientos, el pelo de los caballos parece dibujar en la fisonomía del animal los trazos propios del talento de un artista
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La escena de agarrar caballos era fiscalizada por el patrón, quien se esforzaba por aprender más castellano.
-Agarren el mala cara, dijo el capataz a los que estaban en el corral.
Uno de los peones hizo parar a un colorado con una ancha lista en la frente, mientras que otro apartaba un gateado, al que el blanco le llegaba a la mitad de la cara. El inglés pensaba, para sí, que el caballo solicitado debía ser el viejo percherón de pecho, que sobresalía en el grupo por su muy fea cabeza.
-Ese gateado no es mala cara, es pampa, dijo el que daba las órdenes, creando una confusión en Smith, pues La Pampa era una provincia que no identificaba con ninguna "senia" de las que el caballo tenía.
El peón mendocino dijo que agarraría el pecenio y se encaminó a agarrar el caballo al que todos llamaban "lobuno", separando del grupo a uno de capa gris, parecido al color de un ratón.
De nuevo Smith se sorprendió pues su peón de confianza lo había llamado "gateado" en otra oportunidad, igual que a todos aquellos que se distinguían por tener una raya a lo largo del lomo, que él llamaba "raya de mula". Smith se preguntaba el origen de la terminología de mula, pues la mula zaina que había llegado de Salta era uno de los pocos animales de la tropilla que no tenía esa marca en el lomo.
El patrón ya sabía que el pintado era ese caballo con pintas redondas en el anca, aunque el overo negro de uno de los muchachos tenía marcas similares por todo el cuerpo y no tan definidas en sus bordes.
Realmente el que parecía pintado era ese tobiano colorado al que algunos llamaban "tubiano" y los libros describían como pío, que parecía tener dibujado desde el cuello hasta el anca un mapa de América, con Tierra del Fuego cerca de la garganta, México en la costilla y Canadá formando parte de la cola.
Leyendo un libro de pelajes, encontró que el "castanio" era el caballo de color similar a las castañas, sólo que no llegaba a distinguir una apreciable diferencia comparándolo con los tostados, que tenían el color de las tostadas. Sus peones llamaban "zaino" a aquellos que parecían una tostada quemada, aunque si la quemazón era grande ya lo llamaban "cebruno", nada que ver con las cebraduras o rayas que cuando existen en abundancia como en las cebras son identificadas llamando al pelo "barcino".
El caballo "moro" se dejó agarrar fácilmente, tenía una mezcla de pelos negros y blancos en el cuerpo que le daban un color azulado, su cabeza era casi negra salvo la manchita en la frente; esto lo distinguía del tordillo negro al que varios también llamaban moro. Su pelaje era similar a lo largo de toda la capa, no oscureciéndose en los extremos de patas y cabeza como era el caso anterior, y parecía que con el pasar de los años, su color oscuro se perdía y se llenaba de pelos blancos.
Un efecto similar pasaba con los que llamaban "rosillos", a los que le asignaban el nombre de otro pelaje mirando el color de la cabeza que luego se mezclaba de blanco con mayor o menor intensidad en el cuerpo, pudiendo ser de esa forma gateado rosillo, rosillo colorado, etcétera.
Siempre mirando la escena, Smith no terminaba de entender la diferencia que hacía que llamaran "blanco" al arisco montado del capataz, que tenía su piel rosada en la nariz y en el resto del cuerpo, y "tordillo" al caballo que se usaba en el carro, cuyo pelaje era tan blanco como el anterior, pero tenía como diferencia su piel negra.
Su peón de confianza había logrado que dejara de decir "amarillo" al "bayo" que montaba normalmente y también había aprendido que a los negros se les dice "picazos" si tienen alguna mancha en la cabeza y en las patas y "oscuros" si no tienen blanco.
Las manchas de la cabeza eran un problema no resuelto, pues si el animal tenía en la cara un raya blanca larga y fina, le decían "lista"; si la raya era ancha, lo llamaban "mala cara", y si era muy ancha, pasaban a ser "pampas", aunque nadie sabía cuando dejaban de ser de una forma para llamarse de la otra.
Por otra parte, algo similar pasaba con las manchas de la frente, pues si eran chicas lo llamaban "lucero", y si eran grandes, "estrella". El inglés miraba sus caballos y trataba de registrar las diferencias, nadie había notado que cada vez se le hacía más complicada su intención de entender la "cromohipología".
Acaso exista alguien que no tenga este problema. El libro de Solanet lo había encaminado, el de Odriozola hacía ambiguo lo que el anterior parecía tener claro y un moderno ejemplar de Labiano encontraba coincidencias y marcaba diferencias, que parecían desencadenar un debate literario. El ensayo de Sarciat sobre el pelo yaguané, era breve y entretenido por los relatos camperos. El "Refranero Criollo" afirmó algunos conceptos y en "Las caballadas en la guerra del Indio" comprendió que no todos los blancos de Villegas eran blancos.
Para no hacer papelones decidió no comprar caballos con pelajes complicados, eso le facilitaría las cosas.
Por Martín Hardoy
El autor es especialista en doma racional.






