
Este artículo es uno de los ganadores del Concurso "Rincón Gaucho en la escuela", organizado por LA NACION y Cargill
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Algún reloj marcó la medianoche, y ése fue el momento preciso en que caballo y hombre comenzaron el viaje. Los calendarios marcaban octubre de 1948; la noche ofrecía un marco oscuro y una luna suave envolvía las siluetas apenas iluminadas. Quebraban el silencio los pasos firmes del arriero y el andar fatigado del pingo que lo seguía mansamente, con curiosa obediencia.
Pero la historia empieza un tiempo atrás, en Vedia, cuando don Pedro Burgos fijó su mirada en el picazo que estaba anotado para la próxima cuadrera. Finalmente perdió, pero una corazonada le decía que algo distinto tenía ese animal. Ya en sus pagos, le comentó a don Lorenzo Sampietro su intención de convertir al picazo en ganador. Este confió en Pedro y decidió comprar el pingo, con la condición de que Burgos fuera su cuidador. Cuando el hijo de Burgos fue a Vedia en busca del picazo, éste mostraba un aspecto poco prometedor. Sus dueños dijeron que sufría las consecuencias de un empacho producto de un atracón de choclos que se habría dado un par de días antes. Lo compraron igual. Instalado en Arribeños, Burgos logró que el maltrecho pingo recuperara progresivamente fuerzas y estampa con un tratamiento a base de malva y miel. A partir de entonces, este pueblo se convirtió en la querencia del picazo y la casa de los Burgos, en su hogar. Embrujo, nombre dado por Pedro, fue el grito que brotaría de las gargantas de los paisanos que vociferarían los triunfos del "Picazo de Arribeños". Era tiempo de probarlo en las carreras y el caballo no desentonó.
Las dos primeras fueron en Arribeños, una se dio en la calle del Prado Español y otra en la cañada del campo Garay, ambas contra un crédito de Ham. Ganó las dos y demostró que Lorenzo y Pedro no se habían equivocado. Antes de las carreras se lo veía muy campante y hasta se dormía. En cada largada paraba sus orejas, miraba al adversario de turno y, apenas tocado por su jinete, Juan Busto, salía como alma que se lleva el diablo. El pingo no tenía para nada la pinta de un ganador, pero lo era. Las alegrías se multiplicaron y aquel caballo se convirtió en el ídolo de Arribeños. Embrujo había conquistado a fuerza de galope su fama de ganador. El renombre obligó a tomar precauciones. Fijada una carrera, se lo trasladaba en un camión hasta el lugar de la competencia. Alberto Héctor, hijo de don Burgos, lo acompañaba a sol y a sombra, no fuera que algún ladino lo saboteara. Hasta dormía echado junto a él. El pingo roncaba como un cristiano, pero por la mañana lo despertaba a los relinchos y cabezazos. Cada carrera era una fiesta. Los recibidores de apuestas, en memorables Ford A, Campeonas o Buick, amontonaban los billetes de los apostadores en fajitos doblados por la mitad. No eran apuestas de mucho monto, pero la muchedumbre se entusiasmaba como si lo fuera porque el magnetismo que irradiaba el picazo alimentaba la ilusión. El buen nombre de Embrujo trascendió la zona, a tal punto que fue necesario recurrir a la viveza criolla para que algún incauto aceptara un desafío. Con un cepillo de cerda se humedecía al caballo y un jabón disolvente ayudaba a que el pelaje pareciera sudado. Confiado en ganarle al matungo siempre aceptaba alguno y formalizaba su apuesta. ¡Quién se iba a imaginar que ése era el pingo de Arribeños! Cumplida su misión, satisfecho el orgullo de Burgos y jugoso el bolsillo de Sampietro, Embrujo retomaba su rutina. Como a todo campeón, al picazo le llegó el día de enfrentar al gran rival.
Era un brioso potrillo de Venado Tuerto, apellidado Clavel, que traía fama de invencible. Compitieron en tres oportunidades. La primera fue en Colón y corrieron 300 metros; Embrujo ganó por medio cuerpo. La segunda, en Teodelina, con 100 metros más y una ventaja superior que se extendió a la paleta. La tercera se resolvió en Santa Isabel; el ganador fue repetido y la ventaja, ahora considerable: terminó cortado a la luz entre cuerpo y cuerpo. Por lo visto la estrategia del pingo eran la astucia y la ley del menor esfuerzo. A las citadas, le siguieron muchas otras victorias. Pero por esas cosas de la vida su cuidador pasó a ser don Enrique, quien no consiguió los resultados que esperaba. El picazo cambió. Se volvió desconfiado y hosco, como si se rebelara a la nueva cuida. Los Burgos, dolidos por el alejamiento, prefirieron no seguir sus andanzas. Sin embargo, recuerdan que una tarde don Enrique pasó con el caballo frente a la casa y doña Josefa, mate en mano y con lágrimas en los ojos, vio cómo Embrujo se empacaba frente a la querencia. Ella debió convencer al pingo para que avanzara.
El rastro del "Picazo de Arribeños" se perdió en el tiempo, hasta que, por casualidad, un familiar de sus cuidadores vio en un restaurante de Ingeniero Luiggi la foto de Embrujo. Al preguntar por el retrato, se enteró de que al caballo lo habían encontrado muerto en una quinta de la zona y de que, a modo de homenaje, lo habían enterrado en un predio cercado, en el que plantaron dos árboles, que hoy crecen tan fuertes como el mismo Embrujo.
La autora es alumna del 1° año del Polimodal, de la Escuela N° 4206 San Francisco de Asís, Arribeños, Buenos Aires.





