El ocultamiento de la fiebre aftosa, otro traspié del gobierno de De la Rúa

El ocultamiento de la aftosa en su mandato representó una pérdida de credibilidad para el país
El ocultamiento de la aftosa en su mandato representó una pérdida de credibilidad para el país
Cristian Mira
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9 de julio de 2019  • 14:20

Como la Convertibilidad, el sueño de una ganadería argentina libre de fiebre aftosa sin vacunación fue otra de las herencias que Fernando de la Rúa recibió del gobierno de Carlos Menem sin tomar en cuenta las advertencias de los especialistas.

La fiebre aftosa es un virus que afecta a la ganadería (aftas que reducen su capacidad para alimentarse) y provoca serios daños económicos. Durante más de 70 años configuró un mercado internacional de la carne que dividía a los países en círculos "aftósicos" y "no aftósicos". Y la Argentina, pese a la fama mundial de su bifes, estaba en el primer grupo.

Eso sucedió hasta que a fines de los años ochenta ganaderos y autoridades se pusieron de acuerdo en que si no vacunaban a todo el rodeo vacuno el mal iba a persistir. En 1991 comenzó una campaña de vacunación masiva que, en pocos años, hizo que no se detectaran nuevos focos.

En 1997, el país fue declarado libre de aftosa con vacunación por la máxima autoridad internacional en sanidad animal, la OIE. Esa declaración entusiasmó al gobierno de Menem y a no pocos ganaderos para que la Argentina aspirara al escalón siguiente: ser declarado libre de aftosa sin vacunación. Así, podía exportar carne vacuna a Estados Unidos y a Japón, dos mercados de elevado consumo.

En abril de 1999, ocho meses antes de dejar el gobierno, Menem dio la última vacuna contra la aftosa en una estancia de Córdoba pese a que había especialistas que recomendaban proseguir con la vacunación. Había países, como Paraguay, donde la enfermedad no había sido erradicada y había un tráfico comercial importante.

El gobierno de De la Rúa no revisó la decisión y se entusiasmó con conseguir un nuevo estatus sanitario para aumentar las exportaciones de carne vacuna. En mayo de 2000, ante una nutrida delegación de funcionarios y empresarios argentinos, la OIE declaró a la Argentina "libre de aftosa sin vacunación".

La alegría duró poco. En agosto de 2000 se detectaron tres focos en Corrientes provenientes de ganado traído desde Paraguay. El Gobierno, apoyado por la mayoría de la industria frigorífica, las entidades rurales y los medios de comunicación, decidió negar los hechos y a utilizar eufemismos para nombrar a la reaparición de la enfermedad. La Secretaría de Agricultura, a cargo de Antonio Berhongaray, un dirigente histórico del radicalismo pampeano que esperaba hacerse cargo del Ministerio de Defensa, lideró ese proceso.

Las escasas crónicas que se publicaban en los diarios con denuncias de los productores sobre nuevos casos de fiebre aftosa y el estado de ocultamiento general, en una época en la que Internet daba sus primeros pasos, comenzó a generar dudas en el exterior. Se cuestionaba la credibilidad del país y del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa).

La situación se hizo insostenible. El organismo sanitario comenzó a vacunar, pero les pedía a los ganaderos mantenerse callados. En los medios de comunicación ya no era posible mantener el ocultamiento de la propagación de la enfermedad.

Finalmente, en marzo de 2001 el Senasa reconoció la existencia de más de cien focos y puso en marcha el nuevo plan de vacunación. El gobierno de De la Rúa sintió el impacto.Y a la Argentina le costó varios años recuperar la credibilidad de su organismo sanitario y de los mercados que había perdido.

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