
Una época de gauchos e indios resalta el arte de Angel Della Valle
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No se le ha hecho suficiente reconocimiento a Angel Della Valle, pese a ser el más argentino de los pintores argentinos, si ello es posible decir.
Hijo de un matrimonio de italianos residente en San Telmo (calle Luján, hoy Giuffra 334), el tercer hijo, Angel Domingo Juan del Sagrado Corazón de Jesús Della Valle, nace en esta ciudad el 10 de octubre de 1855, cuando la Argentina estaba dividida desde la Revolución del 11 de septiembre de 1852 en dos naciones: la provincia de Buenos Aires, por un lado y la Confederación Argentina, con capital en Paraná, bajo la presidencia de Urquiza.
Hace las primeras letras en el Colegio San José, inicia sus estudios de arte y pintura con el pintor José Bouchet y con los artistas Martín Boneo e Ignacio Manzoni. Su padre, modesto contratista de la construcción, muere en 1871 por la fiebre amarilla y deja a su familia en la indigencia.
Sin embargo, grandes debieron ser la voluntad y la personalidad de la madre, que envía a su hijo a Italia para perfeccionarse hacia fines de 1875, cuando el joven Della Valle, golpeado de estrecheces, tiene veinte años de sueños en la cabeza. La correspondencia entre madre e hijo demuestra el esfuerzo familiar para sostener sus estudios, pese a que en Florencia vivía en una especie de cooperativa de estudiantes, que vendía sus obras y se sostenía económicamente.
Aunque la gestionó reiteradamente, nunca obtuvo una mísera beca de la provincia de Buenos Aires, ni de la Nación. Conocidas sus obras, sin embargo, se organiza una colecta en Buenos Aires para que no interrumpa sus estudios. Envía algunos cuadros y participa en la Exposición Continental de 1882. El diario La Patria Argentina expresaba que no había visto obras del joven y meritorio pintor que "ha seguido la batalla silenciosa y muchas veces de miseria que espera a los hijos de esta tierra que tienen la inspiración del arte y carecen del apoyo que debería prestarles el Estado".
Cuando regresa, a principios de 1883, Roca es presidente y el país se va transformando rápidamente. Della Valle se instala en Buenos Aires, donde ha de vivir hasta su muerte, salvo breves viajes al interior. Se introduce en la Argentina profunda, la del campo, la de la gente de trabajo, la del gaucho, ese personaje arquetípico que en sus días va desapareciendo del escenario social.
Sus amigos que compartieron sus años en Florencia, como Ballerini, Correa Morales, Cafferata, Bouchet, Giúdice y otros, como el médico Julio Lagleyze, antiguo compañero del Colegio San José, lo estimulan en su producción mientras se gana la vida como profesor de dibujo y pintura. Esta segunda actividad fue de tal importancia que corre paralela a la obra de pintor.
Su atelier
Instala su estudio en el edificio del Bon Marché (hoy Galerías Pacífico, de Córdoba y Florida) donde alquila un pequeño local, pinta retratos y dicta clases en la Sociedad Estímulo de Bellas Artes.
Así transcurre su vida laboriosa hasta su muerte. Fue testigo del crecimiento argentino y de la desaparición del gaucho y tal vez por eso se consustanció con el campo, con la tierra, con los caballos, con los ranchos, con las chinas, con el mate, con las carretas y con el hombre de trabajo.
De su vasta obra sobresale "La vuelta del malón", expuesta por primera vez en un negocio de pinturería de Nocetti y Repetto en 1892. Hacía trece años que se había erradicado el indio del desierto y allí donde había malones y asalto a las poblaciones indefensas, los rieles ferroviarios se extendían por la pampa en todas direcciones.
El sentimiento de aversión al indio era general en la población porque todos conocían las depredaciones; un siglo y cuarto después se teoriza y se ignora aquella horrorosa realidad.
En el cuadro, Della Valle muestra a un indio eufórico levantando una cruz robada en alguna capilla y a otro que lleva una cristiana cautiva semidesvanecida.
En el Salón del Ateneo, en 1893, exhibe "La corrida de sortija", que refleja una fiesta campera en alguno de los pueblitos de la provincia de Buenos Aires y es, en nuestra opinión, la obra más lograda y una de las que mejor representan la sociedad argentina del interior y quizá la más genuina pintura nacional de toda nuestra historia.
Della Valle tuvo una colorida paleta -igualada, pero no superada en nuestro país- que, al narrar la vida de campo conoció todas las vibraciones del color de la luz. Y hay que señalar una infaltable reiteración: la presencia del caballo en aquel escenario en igual o mayor cantidad que el gaucho mismo.
El paisaje con sus pastos verdes o secos, las aguadas, los cardos, los lejanos árboles reviven de nostalgia un medallón de gran realismo. Sin embargo, fue el más completo pintor animalista. Caballos en carrera, como lo exhibe en "Una carga de granaderos", que se exhibe en el Museo Histórico Nacional, caballos asustados, huyendo del incendio de los campos ("Fuego en la Pampa"), caballos en movimiento defensivo ("Enlazando"), caballos mansos y en descanso ("Paisanos a caballo") y tantos otros.
Murió bellamente, como lo hubiera deseado, sin duda: dictando clase en su atelier, en forma repentina, delante de sus alumnos, como suprema entrega docente, el 16 de julio de 1903, cuando tenía cuarenta y siete años. Fue algo así como una retirada silenciosa, tal como había vivido, fiel a su estilo y a su destino. Fue un argentino cabal, que amó su tierra, que fue la suya, la que interpretó con sus grandes condiciones artísticas, captando la esencia de cada escena cotidiana de la vida rural.
Nuestra época tiene con Della Valle una deuda de justicia para recordarlo como se lo merece. Sea éste el primer paso reivindicatorio.
El autor esdirector del Museo Histórico Nacional.





