
Se encarga de los caballos de polo de la familia Heguy desde hace más de 50 años, tiene una capacidad innata para percibir el estado de cada animal que maneja y es considerado el mejor del mundo en su oficio
1 minuto de lectura'
Esta es la historia de un joven de carácter rebelde, para el que los caballos representaban el principal interés. A los 14 años fue contratado como petisero en la estancia Santo Domingo, propiedad de la familia Heguy, pero por entonces alquilada a Mario Ortiz Mazzei. Comenzó su jornada un viernes del año 1945. El fin de semana los patrones debieron viajar al pueblo cercano y el adolescente quedó de guardia a cargo de dos magníficas yeguas.
Tentado por el buen estado en que se encontraban los animales, y considerando una picardía dejar pasar esa oportunidad, decidió probar suerte con ellos en las cuadreras del domingo. Del resultado de la competencia nadie guarda memoria. Lo que sí se recuerda aún en la zona de Intendente Alvear son los gritos de Doña Ortiz Mazzei cuando vio llegar al novel petisero con sus dos yeguas al trote. "Te vas a ir de acá y vas a salir de croto," le gritó señalando la salida de la estancia. El muchacho pegó la vuelta y rumbeó resignado para el pueblo. Por esas vueltas del destino, el 2 de mayo de 1947 reingresó en Santo Domingo, pero esta vez con patrón nuevo. En aquel entonces había en la estancia un caballo muy veloz al que llamaban Eclipse. El joven petisero, que a los 16 años ya podía evaluar certeramente a un animal con sólo echarle un vistazo, se entusiasmó con su potencial.
Llegó el fin de semana y el mejor caballo de Antonio Heguy ganó gloriosamente en Intendente Alvear eclipsando a sus competidores. Pero esta vez el petisero había aprendido la lección, y el lunes siguiente le contó a su patrón: "Ayer hubo carreras en el pueblo y lo hice correr al Eclipse". Heguy cambió de color. Comenzó a tartamudear como hacía cuando estaba colérico. Pero, a diferencia de su antigua patrona, el muchacho tuvo la suerte de que su empleador fuera tanto o más aficionado a los caballos que él. "¿Y cómo salió?", preguntó. "Ganó", fue la respuesta. El vasco pegó la vuelta enojado, pero el orgullo por el triunfo de su caballo había podido más que la indignación.
La anécdota corre por cuenta de Alberto Pedro Heguy y el muchacho en cuestión es Héctor "Tito" Lezcano, el mejor petisero de polo del mundo. Si la aseveración parece exagerada, bastará con escuchar la opinión de Juan Carlos Harriot (h.), considerado el mejor polista de la historia. "Tito Lezcano es una institución. Lo conozco desde la época de Antonio Heguy. Hoy trabaja para Marcos Heguy y debe haber pocos tipos que tengan los caballos como él. Es un señor petisero y un amigo."
Y así debe ser porque, además de hablar sobre él con cariño y admiración, cuando Harriot se retiró del polo competitivo le regaló a Tito la Engañera, una buena yegua de su cría.
Tito pasea en bicicleta por Intendente Alvear, el pueblo donde ha pasado toda su vida. Un dolor en la rodilla le impide seguir andando a caballo. De todas maneras, a los 74 años conserva la agilidad y se mantiene flaco y distinguido.
Lezcano agradece al polo la posibilidad de trabajar en algo que lo apasiona. "Lo que más me gusta de este oficio es que puedo estar todo el tiempo con los animales y alegrarme con los triunfos que logran", dice este hombre, con el orgullo propio de quien los crió de potrillos.
De frases cortas y sin vueltas, Tito habla de los chicos Heguy como si fueran propios. "Empecé con el abuelo Antonio, seguí con Alberto y Horacio, después quedé con Horacio y ahora estoy con Marcos, pero soy compañero de todos."
A su mejor amigo también se lo dio el polo: Fermín Burgos, conocido como "Burguitos" en el ambiente, es otro grande de este deporte. Petisero de Juan Echeverz y actualmente de su hijo Juan Carlos y su nieto Juan Manuel, comparte con Tito el podio de los "héroes anónimos", como llama Juan Carlos Harriot (h.) a estos hombres que sin disfrutar de la gloria de sus patrones, se esfuerzan para que los caballos vuelen si es necesario en la cancha.
"Somos los dos más viejos que quedamos", es lo primero que comenta Burgos, con una sonrisa, cuando se lo consulta por Lezcano.
Reconocimiento mundial
Hace 7 meses murió Rosa, la mujer que estuvo a su lado durante cuarenta años. Pero la gente de Alvear compensa con afecto el espacio que su compañera dejó vacío.
Lezcano es de esas personas de las que sus coterráneos están orgullosos. Arrancando su carrera hace más de cincuenta años, este maestro de petiseros logró todos los objetivos que su oficio ofrece.
Tito, al igual que sus patrones, trascendió Intendente Alvear, la Argentina y se ganó la celebridad en el ambiente del polo mundial. "Cuando Horacio Heguy se casó en 1963 me llevó a Inglaterra y ahí estuvimos dos temporadas. También conocí Francia y Estados Unidos", recuerda Lezcano.
No resulta para nada una exageración afirmar que si alguien menciona su nombre a cualquier miembro de la realeza británica, éste sabrá que se está hablando de uno de los hombres que más sabe de caballos en el mundo.
Pero a él le importa poco el costado aristocrático del deporte. Pasa gran parte del día entre los jóvenes Heguy, mateando y comiendo asados hasta mediados de agosto. Ese mes empiezan a "calentar los motores" para los tres grandes campeonatos del circuito argentino. "A fin del invierno me traslado al club La Varonesa, en Pilar. Tengo cinco muchachos que trabajan conmigo y con ellos vamos poniendo a punto los caballos", explica.
Intuición innata
A diferencia del polo amateur en el que Tito se formó donde todo se hacía a pulmón, ahora hay mucha más plata en juego y, por lo tanto, más gente. "Yo me ocupo de los caballos que están en La Varonesa y en el club Centauros de Pilar", señaló.
"En Los Indios, en San Miguel, están otros petiseros y además ahora existen los pilotos que son jugadores que se ocupan de mantener los caballos entrenados", destacó Lezcano, en referencia a las verdaderas organizaciones que existen actualmente detrás de los polistas de alto handicap.
Pero a pesar de que hoy se muevan fortunas, en esencia, este deporte sigue dependiendo de la pericia de hombres como Tito Lezcano, poseedores de una intuición innata para interpretar a los animales, para leer en el mínimo gesto la aptitud con que éste llegará a la competencia. Los grandes jugadores de polo entienden de esto y reconocen la capacidad de estos sabios que hacen "milagros" con los equinos.
Y como prueba vale una anécdota: en 1986 el equipo de Indios Chapaleufú integrado por los novatos Marcos, Gonzalo y Horacio Heguy (h.), más Alejandro Garrahan, lograban la hazaña de ganarle al poderoso La Espadaña, máquina invencible por aquel entonces.
Aquella mañana Eduardo Heguy había pasado por los boxes a tomar unos mates con Lezcano. Tito estaba confiado: "Si no ganamos hoy no ganamos nunca más".
Había arrancado temprano a la mañana y a cada caballo le había encargado un tratamiento especial. Luego de observarlos, daba las órdenes. A tal había que darle tal comida, a cual había que varearlo porque estaba nervioso, al otro había que dejarlo tranquilo porque su estado era óptimo, y a dos de las yeguas había que atracarle la jeringa (inyectarles un estimulante) porque andaban de orejas caídas.
Hasta ese punto alcanzaba la sensibilidad de Tito para intuir con precisión el estado de cada uno de los animales que manejaba.






