
Una investigación desarrollada por la Facultad de Agronomía de la UBA sacó a la luz un material apto para preservar cultivos sin contaminar.
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Una investigación sobre producción de plásticos biodegradables, desarrollada en la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (UBA), obtuvo la mayor calificación por parte de la Unión Europea y como consecuencia, su correspondiente subsidio.
Junto al laboratorio de genética bacteriana de la Facultad de Ciencias Exactas (UBA) y laboratorios de Alemania, España y Brasil, los científicos lograron películas con distintas flexibilidades y resistencias mecánicas, pero con la misma característica de no contaminar el medio ambiente.
"El interés por reemplazar los plásticos convencionales se debe a que los residuos sólidos urbanos no se degradan. Numerosos envases se acumulan y provocan un impacto negativo en el ambiente y los sitios para la disposición final de los residuos no alcanzan", comentó la doctora Silvia Miyazaki, profesora titular del Departamento de Microbiología en la Facultad de Agronomía.
Si bien el problema se hace más evidente en las grandes ciudades, el campo no escapa del riesgo de contaminación por la manipulación de materiales plásticos que permanecen inalterables por más de cien años en la tierra.
Aplicaciones
Debido a su alto grado de presencia en la producción agropecuaria, se estudia la posibilidad de utilizar estos nuevos poliésteres como envases biodegradables de herbicidas, fungicidas, insecticidas o fertilizantes. También, como protección temprana de cultivos, en especial de frutilla, para que luego de cumplir su función de evitar que el fruto toque el piso, no causen perjuicios a la tierra.
Actualmente, han logrado microencapsular proteínas para que permanezcan en el silo por más tiempo sin perder ninguna de sus propiedades. De esta forma, se favorece en gran medida la conservación de forrajes.
Con más de una década de trabajo en sus espaldas, Miyazaki detalla los procedimientos para fabricar estos bioplásticos, conocidos como polihidroxialcanoatos o PHA.
Dichas sustancias, descubiertas en 1926 en el Instituto Pasteur de París son fabricadas por microorganismos a diferencia de los plásticos conocidos hasta ahora, que son elaborados a partir del petróleo. Por medio de técnicas fermentativas, se multiplican la cantidad de Azotobacter, una bacteria muy común en los campos, en cuyas células se acumula el plástico.
"Utilizamos como sustrato melaza de caña de azúcar, un residuo agroindustrial que resulta muy barato en relación con otras fuentes carbonadas. Las bacterias se alimentan de esta sustancia orgánica y crecen en nuestros fermentadores de seis litros de capacidad (los utilizados en las fábricas varían entre 1000 y 10.000 litros de capacidad). Estos microorganismos viven en forma natural en el suelo. Cuando disminuye la cantidad de nitrógeno en los tanques de fermentación, comienzan a acumular plástico como reserva dentro de su célula, de un modo análogo a como los mamíferos almacenan grasas o los vegetales, como la papa, guardan almidón."
A los 5 días de fermentación, producen el equivalente al 80% de su peso seco en plástico (o polímero). Luego, se centrifugan y se rompen para extraer el poliéster. Después de separar las sustancias que no interesan, el polímero se somete a un proceso de purificación.
Resultados de calidad
Sometido a los análisis de resonancia magnética protónica, carbono 13, infrarrojo, entre otros, el polímero obtenido resultó termoplástico, altamente resistente a los cambios de temperatura, sólo soluble en solventes halogenados como cloroformo y diclorometano, y degradable en 30 días cuando se lo entierra.
"Debemos distinguir -señala la especialista- entre estos plásticos biodegradables verdaderos , que se descomponen en sustancias no tóxicas tales como dióxido de carbono y agua, y los meramente biodestructibles. Estos últimos están constituidos por polímeros derivados del petróleo que incluyen mezclas de almidón degradable. En este caso, lo único que se disgrega en el medio ambiente es su componente de almidón, pero dejando el polímero sintético inalterable detrás."
La compañía química británica ICI fue pionera en este tipo de investigación y actualmente produce verdaderos bioplásticos que van desde el flexible polietileno al polipropileno rígido. La inquietud surgió como respuesta al aumento de precio del petróleo en los años ochenta. Por esos años, se pensó en incorporar al mercado, plásticos que tuvieran otro origen que no sea la industria petroquímica. Pero para que la idea fuera viable, debieron ajustar los costos para reducir el precio del nuevo material.
En la actualidad, Novamont, una compañía de cosméticos alemana, está vendiendo su champú en envases de PHA.
La experiencia de estas empresas europeas permite soñar con un futuro lleno de envases biodegradables. Una alternativa que reúne lo ecológicamente conveniente y lo económicamente viable.
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